Andalucía y algo más

El PSOE, que sigue siendo el partido más votado en Andalucía, ha perdido casi medio millón de votos (492.000) respecto a las elecciones anteriores, pasando de un 35,4% al 28% sobre los votos emitidos. Las «confluencias» de Podemos (Adelante Andalucía) también han sufrido una merma de 283.000 votos. El PP también ha perdido 317.000 votos. Los dos partidos que han avanzado son Ciudadanos, que ha ganado 290.000 votos, y Vox, que se ha estrenado con 396.000 votos y doce diputados.

Procuraré huir en lo que sigue de las interpretaciones -ya publicadas- en torno a los resultados de esta cita electoral, pero sí haré mención a un par de asuntos. El primero de ellos, inmediato: el atractivo electoral del PSOE se ha visto maltratado a mi juicio por dos causas: el desgaste por tantos años de Gobierno sin resultados apreciables en desarrollo económico y social, pues Andalucía sigue siendo una de las regiones más atrasadas de Europa. Y la «aventura» de Pedro Sánchez (que tuvo el apoyo de todos los que niegan la Constitución para llegar a La Moncloa. Luego el «diálogo» con los separatistas, la entrega a la Generalitat de políticos presos, la intervención torticera en el campo judicial a favor de los golpistas…), acompañada de un discurso confuso y vacilante, con rectificaciones sin cuento, que ha puesto en solfa el crédito intelectual y político de un Gobierno sostenido con alfileres.

El segundo, de larga data: el PSOE se ha dejado invadir por lo que se conoce como «políticamente correcto», dentro de lo cual destacan el radicalismo feminista, un buenismo mentiroso e insufrible y unas posiciones constitucionales impracticables («España nación de naciones») que chocan de frente con los artículos principales (que están en el Preámbulo y en el Título I) de la Constitución. En fin, que el PSOE de Sánchez se parece al PSOE de 1982-1996 como un huevo a una castaña.

La raíz identitaria que tiene esta invasión política e ideológica no afecta sólo al PSOE, también ¡y de qué manera! a Podemos, e incluso a los sindicatos. Todo lo cual ha convertido a la izquierda española en reaccionaria (Félix Ovejero dixit).

De esta invasión nace una izquierda incapaz de sostener las verdades antiguas, como que la desigualdad de rentas entre personas y grupos no proviene ni principal ni únicamente de las diferencias de género, sino mucho más de los orígenes sociales, y que la igualdad de oportunidades está muy lejos de alcanzarse. Por otro lado, ya no se habla del sistema fiscal, cada vez más injusto y basculando en torno a un IRPF que apenas obtiene ingresos fuera de los bolsillos de los asalariados. En otras palabras, los verdaderos problemas sociales carecen de visibilidad en la sociedad española a causa de que la nueva izquierda está en otra cosa, en un discurso plagado de lugares comunes y preñado de ideologías identitarias que nada tienen que ver con las aspiraciones legítimas de «los de abajo».

Ejemplo: Sánchez sabe que al reclamo de Franco y sus restos entran al trapo, como imbéciles, todos y cada uno de los medios, que jamás ponen en primer plano ni el desastre fiscal ni los problemas demográficos, aunque estos últimos pueden llevar al país al abismo.

Frente a este discurso inane de la nueva izquierda y el «espera que la están peinando» del PP con Rajoy ha sido lógico que apareciera en la derecha una formación con las ideas claras, que ha izado banderas tan «incorrectas» como eficaces. Por ejemplo, en torno a la inmigración irregular.

En efecto, en España hasta ahora nadie había levantado la voz a este respecto y se ha sostenido hasta ayer que ésta era una tierra de promisión… hasta que llegó Vox y se montó el lío. Lo explicaré por medio de unos datos significativos.

Si tomamos, por un lado, el porcentaje de población extranjera empadronada el 1 de enero de 2018 en cada provincia andaluza y, por otro, el porcentaje de votos obtenidos por Vox en cada una de esas provincias, la correlación entre una y otra variable es altísima: el 75% (r=0,75); y si en lugar de todos los extranjeros tomamos sólo el porcentaje de marroquíes, la correlación sube al 86% (r=0,86).

Esto demuestra que en Andalucía existe la misma sensación de «invasión» que en Italia, y más tras este verano de pateras.

Claro que el asunto tiene fácil arreglo. Se les llama a los de Vox «xenófobos» y «racistas»… y todos tan contentos. Es fácil llamar xenófobos y racistas a los votantes de El Ejido desde un chalet en Galapagar, donde no tienes que aguantar los «usos y costumbres» de los marroquíes.

Mientras no se pongan en marcha verdaderas políticas de integración y se eche de una vez al vertedero la multiculturalidad, que sólo produce guetos, seguiremos aguantando los efectos perversos de la inmigración irregular.

Joaquín Leguina fue presidente de la Comunidad de Madrid.

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