André Chénier y la monarquía constitucional

El estreno ayer en el Real de la maravillosa ópera de Giordano Andrea Chenier reaviva un par de ideas que se me pasaron por la cabeza cuando tuve la suerte de verla en diciembre en París. En el plano narrativo es la ocasión idónea para proclamar la superioridad épica de muchas historias verdaderas sobre los trabajos correlativos de la imaginación. Y en el del debate ideológico, la oportunidad perfecta para romper un tabú y reivindicar la parte no revolucionaria de la Revolución Francesa.

Giancarlo del Monaco ha construido una producción deslumbrante que si en el primer acto comunica con elegante ironía la decadencia del Antiguo Régimen, en el segundo y sobre todo en el tercero -durante el juicio en el Tribunal Revolucionario- transmite todo el fervor callejero y mucha de la furia institucional del Terror. Lo hace con una escenografía poderosa e impactante que comulga a la perfección con las tonalidades de una música que va incrustando los propios aires del «Ça ira! Ça ira!».

Sólo le pondría dos peros a su formidable trabajo. Uno, de detalle, es el error de resumir la irrupción del populacho hambriento al final del primer acto -«Sua grandezza la miseria..!»- en un único personaje con un niño en los brazos. Por patético que resulte, omite la dimensión coral de la plebe que por primera vez entra en la escena de la Historia, anticipando la rebelión de las masas.

El segundo error es por adición y me parece más grave, pues falsifica un aspecto esencial de la iconografía -y sobre todo de la sociología- de la Revolución. Me refiero a la presencia efectista de un verdugo saltimbanqui con un hacha en ristre en un cuadro que incluye un busto en memoria de Marat y que por lo tanto sitúa la acción después del 13 de agosto de 1793, fecha de su asesinato. No sólo es que desde la primavera del año anterior la única forma de ejecución legal en Francia fuera la guillotina, sino que desde el propio comienzo de la Revolución existió la obsesión por eliminar el descabezamiento mediante el hacha o la espada, pues eran alternativas reservadas a la nobleza frente a la soga de la que se pendía a los plebeyos. De hecho el ahorcamiento del marqués de Favras marca en fecha tan temprana como el 19 de febrero de 1790 todo un hito en la anhelada democratización de la pena capital.

Por supuesto que ninguna de estas dos transgresiones se comete ni en la canónica producción de 1961, interpretada por su padre Mario del Monaco y Renata Tebaldi, ni en ninguna de las posteriores que tuvieron a Plácido Domingo o José Carreras como protagonistas. Pero tampoco, insisto, ninguna de ellas alcanza ni remotamente la espectacularidad escénica de ésta de Giancarlo del Monaco, certeramente impregnada por el humo del mayor incendio político de la edad contemporánea y en la que el tenor argentino Marcelo Álvarez se erige en muy digno émulo de semejantes gigantes.

Veamos lo que ocurre antes y después de las llamas. El libreto que firmara en 1896 Luigi Illica cuenta el drama del joven poeta André Chénier, comprometido con los valores de la Revolución, pero engullido finalmente por su garganta saturnal, a través de su historia de amor con una ficticia Magdalena de Coigny y de los ambiguos registros, entre la complicidad y el odio, de su relación con un no menos imaginario Gérard, transfigurado de criado de los ricos en amo de sus destinos.

El personaje femenino es, en realidad, fruto del cruce de las distintas amadas por André Chénier con su última musa -Aimée de Coigny- de la que toma el apellido. Chénier conoció a la aristócrata Aimée de Coigny ya en la prisión de Saint Lazare y le dedicó su emocionante poema La Joven Cautiva, terminado la propia víspera de que lo guillotinaran. Es un intenso canto a la belleza mediante el que el poeta se aferra a la vida -«Je veux achever ma journée, Je ne veux pas mourir encore»- que sin duda inspiró el dúo final de la ópera.

Así como es fácil entender la conveniencia narrativa de esta alteración de lo que realmente pasó, pues o bien habría que haber prescindido del personaje femenino durante los tres primeros actos, o bien habría que haber situado toda la acción en los cinco meses que transcurren desde la detención del poeta hasta su ejecución, no logro comprender que en el otro eje del conflicto se invente una historia mucho menos rica en posibilidades dramáticas que la verdadera. Y es que el personaje de Gérard, el fanático oportunista con buen corazón, no es sino el trasunto del propio hermano del poeta, Marie-Joseph Chénier.

Los Chénier habían nacido en Constantinopla, donde su padre alternaba el comercio con la representación consular de Francia y donde su madre, originaria de una familia cristiana de oriente, era apodada la Bella Griega. De vuelta a su país de origen, ambos se enrolaron en el ejército -así lo refleja el aria más popular de la ópera: «Si, fui soldato e glorioso affrontato ho la morte»-, ambos se entregaron con pasión a la literatura y ambos respaldaron el proceso revolucionario. Pero mientras André desarrollaba una poesía intimista de mucha más calidad que resonancia y se alineaba con los aristócratas progresistas y burgueses moderados que defendían una monarquía constitucional a la inglesa, Marie-Joseph triunfaba en el teatro con su Charles IX -vitriólica parodia de Luis XVI a través del débil rey que autorizó la masacre de la noche de San Bartolomé- y se convertía en una de las plumas emblemáticas de los jacobinos radicales.

Esa divergencia partió en dos a la familia -el padre, moderado como André; la Bella Griega, extremista como Marie-Joseph- y alcanzó carácter de enfrentamiento público cuando André comenzó a escribir durísimas diatribas contra el Club de los Jacobinos en Le Journal de Paris y Marie-Joseph se sintió obligado a contestarle en el oficialista Moniteur. El choque alcanzó su paroxismo cuando Marie-Joseph promovió un homenaje a los soldados suizos que se habían sublevado contra sus oficiales y asesinado a su comandante en nombre de la Revolución, y André les dedicó un feroz poema satírico, pidiendo el boicot del acto. Su principal aliado en esa campaña fue el también poeta Jean-Antoine Roucher, guillotinado junto a él y correctamente presentado como su amigo y confidente en la ópera de Giordano.

El sangriento derrocamiento de la monarquía mediante el asalto a las Tullerías el 10 de agosto de 1792 zanjó el debate fratricida en la medida en que dos días después Le Journal de Paris fue saqueado y prohibido y André se vio obligado a salir de la capital y pasar a una fase de semiclandestinidad. Es en esta etapa, por cierto, en la que desempeñó un papel activo en el intento del gobierno español, tan insuficientemente investigado como poco esclarecido, de salvar a Luis XVI, corrompiendo a parte de los miembros de la Convención que habían comenzado a juzgarle.

Solamente esta trama ya merecería otra ópera o desde luego cualquier soporte literario, pues un bisoño Godoy recién llegado al poder dio orden al único diplomático que quedaba en la embajada en París, el «caballero Ocáriz», de preservar la vida del primo de su real señor por los medios que fuera. Fracasados los intentos de permutarla por un tratado de neutralidad, Ocáriz consiguió un préstamo de la banca Le Couteulx de dos millones doscientas mil libras -o francos- y comenzó a distribuir el dinero, según algunas tesis entre los diputados moderados, según la más verosímil entre los amigos de Danton, con el ex capuchino Chabot quedándose la parte del león. Pues bien, en el corazón de esa intriga aparecen dos mujeres misteriosas, la entonces amante y luego esposa de Ocáriz, Lucrece d’Estat y Fanny casada con uno de los hermanos Le Couteulx. André era amigo de la primera y estaba locamente enamorado de la segunda.

Ambas aparecen de hecho relacionadas con el confuso episodio que desembocó en la detención del poeta en Versalles un año después de la ejecución del Rey; y la denuncia de dos confidentes policiales, infiltrados en la cárcel, avala la teoría de que Chénier guardaba documentos comprometedores para importantes miembros de la Convención que Ocáriz le habría entregado antes de salir de Francia y que eso determinó su perdición. André Chénier fue guillotinado el 8 Thermidor del año III -26 de julio de 1794- al formar parte de la última carreta que salió rumbo al patíbulo la víspera del derrocamiento de Robespierre y del fin oficial del Terror. En contra de la leyenda que le perseguiría durante gran parte de su vida -«¿Caín, dónde está tu hermano?», clamarían sus adversarios- Marie-Joseph trató vanamente de salvarle hasta el último momento, después de haberle ayudado a esconderse.

Teniendo en cuenta que hacía más de un siglo que Andrea Chenier no se representaba en París y que volvía a escena en un teatro bautizado como La Bastille y construido en el mismo enclave de la prisión cuyo asalto desencadenó la Revolución, me pareció inaudito que el acontecimiento cultural no reabriera en diciembre en Francia el debate político sobre la figura de este «fogoso moderado» y la opción que encarnaba. Ni siquiera el programa de mano, rico en la evocación literaria de Chénier, ayudaba a recordar la postura de quienes abogaron por la reforma del absolutismo a través de la monarquía constitucional.

Se trata, sin embargo, de uno de los más sugerentes qué hubiera ocurrido si de la historia alternativa. Es la incógnita de cuál hubiera sido el ejemplo que Francia habría dado al mundo si el sueño de la razón no hubiera engendrado el monstruo del Terror, si la incesante evolución hacia el progreso -ya detectada por Tocqueville en la sociedad estamental del Antiguo Régimen- no se hubiera visto truncada por la violenta fantasía de quienes cuando no les cuadraban las cuentas fabricaban dinero y cuando no les gustaban las personas les cortaban la cabeza.

Todas las naciones que han logrado superar situaciones dictatoriales en muy diversos momentos históricos han tenido ante sí la disyuntiva entre ruptura y reforma. La propia España del siglo XX experimentó ambos caminos de forma sucesiva, y con los dispares resultados de todos conocidos, en los años 30 y 70. Incluso podríamos decir que algunas proyecciones de las peores sombras del pasado sobre el presente parecen sugerir que hay lugares de España en los que significativas minorías consideran que la cuestión sigue sin estar zanjada.

André Chénier no se llamaba a engaño sobre las imperfecciones del orden institucional de su tiempo y las personas que lo encarnaban. El célebre retrato de Charles-Louis Muller lo muestra pensativo, recostado sobre la silla en el patio de la prisión, con una mano en la frente y la otra sobre el papel y el lápiz, en una actitud muy similar a la del Jovellanos de Goya. Es la decepción de la Ilustración ante el furor de los acontecimientos. Pero el posibilismo de las ilusiones y esperanzas del Siglo de las Luces también quedó plasmado en el artículo con que Chénier acogió la efímera vigencia de la Constitución de 1791 que convertía al Rey en primer representante del pueblo: «Así, al término de sus trabajos en los que han destruido y edificado, los legisladores van a disponer del mayor poder que los hombres han ejercido legítimamente nunca. Así la nación va a demostrar si es digna y capaz de la libertad. Así, después de dos años de fatigas e inquietudes, la ley va a hablar para no callarse jamás».

Desgraciadamente no fue así y muy pronto las personas que pensaban como él se vieron acosadas por la pregunta inquisitorial con la que Robespierre justificaba todos los horrores: «¿Ciudadanos, queréis hacer una revolución sin revolución?». La respuesta de André Chénier era «sí» y por ese empeño merece ser recordado mientras «passa la sua vita como una bianca vela» sobre el azul oleaje de la música.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.