Andreu Mas-Colell y yo

El exconsejero de Economía autonómico catalán, Andreu Mas-Colell.
El exconsejero de Economía autonómico catalán, Andreu Mas-Colell.

Hace ahora veinte años tuve la ocasión de estrechar la mano de Andreu Mas-Colell. Él era entonces consejero del Departamento de Universidades, Investigación y Sociedad de la Información, el flamante DURSI, en el último Gobierno de Jordi Pujol. Yo era un alumno que acababa de examinarse de Selectividad. La Generalitat había previsto una recepción y un pequeño premio (50.000 pesetas a gastar en libros en la librería Díaz de Santos) para los estudiantes que habíamos obtenido las calificaciones más altas en Cataluña.

La recepción se quiso solemne, en el Palacio de la Generalitat. Una sala repleta de estudiantes orgullosos, a punto de entrar en la Universidad, con sus no menos orgullosos padres y hermanos, así como los directores de los institutos, algunos casi más ilusionados por el reconocimiento que los propios estudiantes. Todos de gala, la mayoría tan sonrientes como controladamente nerviosos, con esa excitación ingenua de quien se siente por primera vez invitado a uno de esos lugares diseñados para exudar majestad y poder.

Mas-Colell presidió la ceremonia. Sobre su Departamento recaía la organización de las pruebas de acceso a la Universidad y correspondía también, por tanto, otorgar aquellos premios, que quizá habían sido (buena) idea suya. Todo transcurrió sin sorpresas, dentro del orden y según los cánones del mundo feliz que era la Cataluña pujolista de entonces. El acto fue exclusivamente en catalán, por supuesto.

El consejero Mas-Colell nos dirigió una amable arenga en la que combinó la previsible loa al mérito y a la feina ben feta con una ampulosa invitación, vagamente paternalista, a que dedicáramos nuestros futuros esfuerzos académicos, científicos, artísticos, técnicos, a hacer grande “Cataluña”, en justo retorno a las expectativas que “Cataluña” había puesto en nosotros.

Nadie pareció incómodo por el excurso patriótico. Al fin y al cabo, los que le escuchábamos, deslumbrados por los oropeles, halagados por las deferencias, orgullosos de nosotros mismos y encantados de ser tratados como elites investidas de tan alta misión nacional (catalana, no cabía duda al respecto), éramos las criaturas de la Generalitat y de TV3 y el Club Super3, del pujolismo y la inmersión.

Nacidos entre 1983 y 1984, escolarizados en los años 90 en escuelas y aulas presididas por el sonriente retrato de Pujol i Soley planeando sobre nuestra infancia. A punto de convertirnos en la vanguardia científica de una Cataluña catalana y catalanista (una insistencia machacona en la que todo imaginario nacionalista puede regodearse indefinidamente) que había crecido con nosotros.

Seguramente hubo otros discursos, pero sólo recuerdo el del honorable conseller, con su sutil recordatorio de las responsabilidades patrióticas que contraíamos. Tras las intervenciones, nos fueron llamando uno a uno, y todos recibimos el diploma y la medalla, la felicitación, la unción y el saludo del eminente académico, pero sobre todo insigne político convergente, entre los aplausos de la sala y la mirada orgullosa, emocionada, de padres y profesores.

Agradecí el diploma, estreché la mano, acepté con orgullo el premio y gasté con avidez el cheque en libros de la carrera, pero hice caso omiso del llamamiento patriótico. Nunca (tampoco mientras escuchaba su amable arenga) he creído que la ciencia tenga patria. O, más bien, no creo en una ciencia patriótica, limitada a los estrechos márgenes de un imaginario nacional (nacionalista).

Menos aún creo en una patria, como esa Cataluña pujolista que se homenajeaba a sí misma a través de nuestros cuerpos mortales, que reclama ser el alfa y el omega del conocimiento, del arte o de la ciencia que se produce dentro de su perímetro.

Quizá por ello, en parte, he acabado trabajando lejos de Barcelona, fuera de España, en un país donde mi trabajo científico no se mezcla con las ensoñaciones identitarias. O en el que, al menos, ningún responsable político me ha invitado a poner uno al servicio del otro, como entonces hizo el honorable conseller. No le guardo rencor por ello. Por su boca hablaba simplemente la doxa más banal del nacionalismo catalanista, que planea todavía sobre Cataluña.

Recordaba esa tarde de verano, aquel discurso y aquel apretón de manos, al leer las peripecias y los problemas judiciales (en realidad, administrativos) de Andreu Mas-Colell.

El que fuera conseller del DURSI con Jordi Pujol fue más tarde consejero de Economía en el posterior Gobierno de Artur Mas, entre 2010 y 2016. Un período en que el nacionalismo convergente transitó del pospujolismo al nacional-populismo descarnado, abiertamente excluyente, crecientemente autoritario y frontalmente separatista. Una caída de máscaras que espantó a algunos (pocos) convergentes, pero no a Mas-Colell.

En su segunda vida de conseller, Mas-Colell se implicó a fondo en la estrategia insurreccional del nacionalismo catalán. Y lo hizo con dos aportaciones mayores. La primera, como aval académico de un proceso reaccionario y xenófobo, cada vez más agresivo hacia los catalanes no nacionalistas, al servicio del cual puso su (nunca discutido) prestigio académico.

La segunda, como máximo responsable de un abultado presupuesto autonómico orientado a alimentar la lógica del agravio, el resentimiento y la confrontación dentro y fuera de Cataluña, hasta convertir la secesión en un hecho consumado.

Se trató (se sigue tratando, aunque con menor ostentación) tanto de intimidar internamente a los amplios sectores de la población catalana contrarios a su proyecto de secesión como de silenciar en el exterior la pluralidad de la sociedad catalana, en particular intoxicando la opinión pública internacional (comprando con dinero público voces y voluntades mediáticas más o menos desaprensivas) con un relato de la situación en la que los millones de catalanes como yo y como mi familia o no existíamos, o no deberíamos haber existido, o no tendríamos lugar para existir en la futura Cataluña “rica y plena” que Mas-Colell y sus conmilitones nos preparaban.

La culminación de esa estrategia de intimidación social y radicalización identitaria en el seno de la sociedad catalana, generosamente regada por fondos públicos estampados con el sello del Departamento de Economía del honorable Mas-Colell, resultó, como es conocido, en el intento de autogolpe materializado en la supresión de las garantías constitucionales y parlamentarias del 6 y el 7 de septiembre de 2017, seguido de la mascarada pseudoplebiscitaria del 1-O, con la que el poder separatista pretendió legitimar su putsch tras haberse situado por encima de las leyes, de los tribunales, del Estatuto y de la Constitución vigente.

Andreu Mas-Colell se había apartado oportunamente de primera línea cuando se consumó el golpe y millones de catalanes (los no nacionalistas, claro) temieron por sus bienes y por su futuro, por sus derechos y por su propia integridad (“quan es giri la truita” –había prometido un destacado separatista, subido al mismo barco que el honorable conseller– “quien no sea independentista será un traidor”) en septiembre y octubre de 2017.

Pero su retirada táctica en el último momento no impresionó al Tribunal de Cuentas, que vino a pedirle a Mas-Colell lo que va de suyo, cuentas, por su responsabilidad durante su mandato, entre 2011 y 2016, en la presunta malversación de fondos destinados a la preparación y financiación del proceso separatista que iba a tener su clímax en el 1-O.

Un montante que el Tribunal, máximo órgano administrativo de fiscalización de los recursos públicos en España, cifra en varios millones de euros, lo que parece una estimación bastante tímida de los ingentes recursos dedicados a preparar la secesión en todos los frentes.

No hay resolución definitiva aún. Y, cuando la haya, estará sujeta (como es natural) a recursos. Además de expuesta a conjuras políticas al más alto nivel (el del Gobierno) para dejar sin efecto las posibles multas (esto ya es menos natural).

Al parecer, para algunos es escandaloso, de todo punto indignante, que se pidan responsabilidades (políticas, administrativas, contables, penales) a políticos que deciden sobre hombres y recursos. En este caso, sobre muy cuantiosos recursos públicos. Al parecer, la verdadera democracia consiste en que una casta de intocables (la del patricio Mas-Colell) decida con total impunidad, sin ser jamás importunada, sin que jamás nadie ose fiscalizar el impacto, la legalidad, la legitimidad de tales decisiones.

Hay indignaciones que proceden directamente del medievo. Con sus privilegios, sus señores y sus villanos, sus corporaciones y sus vasallajes, sus estamentos y sus gremios. Aprovechando uno de esos reflejos de solidaridad corporativa ciega, o estamental, que tanto desprestigian a la comunidad académica, el entorno de Mas-Colell ha movilizado a sus redes de influencia y su capital social en el mandarinato universitario internacional.

Egregios académicos, incluidos decenas de premios Nobel, respetables sociedades científicas americanas y europeas, no han dudado en firmar manifiestos y tribunas donde se escandalizan de que uno de los Suyos pueda ser condenado por malversación de fondos públicos.

En algunos casos, el ardor abajofirmante se ha enfriado al conocer un poco más en detalle el asunto en el que Mas-Colell está implicado (algo que honra a los que han retirado su firma, pero también da idea del valor que puede tener la posición de un académico abajofirmante cuando se aventura más allá de sus competencias).

No les preocupa, obsérvese el matiz, que alguno de los Suyos malverse. Lo que les indigna es que un organismo de control del dinero público, como los que existen en todas las democracias avanzadas, se atreva a poner a uno de los Suyos ante sus responsabilidades.

No deseo ningún mal al señor Mas-Colell. Por no desearle, no le deseo ni siquiera el mal (la angustia, el miedo) que él y sus socios infligieron deliberadamente a mi familia y amigos en aquellos días de septiembre y octubre de 2017, aquellos días de los que Mas-Colell se declaraba “orgulloso”.

Los mismos en que su Gobierno suspendió las leyes y dejó clara, tras años de escalar en su xenofobia, su intención de ir “hasta el final” en su intento de volvernos forasteros o visitantes, de romper y degradar nuestra ciudadanía, de borrarnos más allá de garantías o derechos civiles y políticos.

Aquellos días en los que el jefe político de los Mossos (hoy indultado) amenazaba con un conflicto armado si no se aceptaba el putsch, y las turbas nacionalistas campaban impunemente por las calles (esos carrers que serán siempre suyos, de ellos, tal y como coreaban por si alguien en casa todavía lo dudaba).

Supongo que la Cataluña que nos animaba a hacer grande con nuestra ciencia en el año 2001 era esa Cataluña cainita y asfixiante, rota y excluyente, en la que ni yo ni los míos teníamos cabida, y que el Gobierno de Mas-Colell dejó por escrito en sus leyes de transitoriedad.

Tampoco me corresponde a mí estimar las responsabilidades penales o administrativas de Mas-Colell en el autogolpe de 2017. A diferencia de la siniestra Cataluña identitaria que nos prepararon sus conmilitones, en la España y en la Cataluña de hoy hay (todavía) tribunales independientes para investigar y determinar esas responsabilidades, si es que les permiten hacer su trabajo.

Pero sí puedo apreciar la responsabilidad política del Mas-Colell, como intelectual respetado y como máximo responsable económico del Gobierno separatista, en un proceso de secesión ilegal, identitario y antidemocrático que fue (sigue siendo) especialmente agresivo hacia los catalanes que no compartimos sus premisas ideológicas.

20 años después, aceptaría con el mismo orgullo aquel premio y gastaría con igual liberalidad aquel cheque. Pero, a la vista de en qué consiste realmente la Cataluña que nos animaba a regar con nuestra ciencia aquella tarde de julio, el apretón de manos no habría lugar.

Lo cual no tiene, desde luego, la menor importancia. Qué es una mano sin estrechar, qué es un aplauso de menos en una audiencia entregada, cuando se cuenta con los recursos que Mas-Colell ha podido movilizar en defensa de su patrimonio.

No sólo sus redes de influencia académicas respondieron con admirable celeridad a la lastimera llamada de su hijo. No sólo mi alma mater ha salido a apoyarle, dejando claro que la Universidad en la que cursé estudios, como toda institución pública en Cataluña, es suya y no mía, ni de los catalanes que fueron agredidos por su Gobierno.

También sus aliados políticos, tanto sus antiguos compañeros en el Consell Executiu, que siguen gobernando en Barcelona, como los que hoy gobiernan en Madrid con su apoyo, están haciendo todo lo posible (mans i mànigues, decimos en catalán) por neutralizar el (irrisorio) procedimiento abierto contra él en el Tribunal de Cuentas.

Y es posible que tengan éxito. En España, el nacionalismo es uno de los pasaportes más eficaces a la impunidad.

Pero incluso el poder más ostentosamente exhibido presenta ángulos muertos. A juzgar por la campaña mediática que han puesto en marcha, se diría que el patricio Mas-Colell preferiría que su figura se recuerde como la del ilustre profesor, el afable matemático, el brillante académico, incluso el eficaz gestor universitario que por otro lado fue.

En ello están sus muy influyentes amigos, dispuestos a firmar toda clase de manifiestos y a ejercer toda clase de presiones para que así sea. Incluso para que así conste en la Historia oficial. Que, como es sabido, sólo escriben los vencedores.

Pero el éxito de esa campaña de blanqueamiento será siempre incompleto y provisional. Para muchos catalanes, incluidos algunos de los que le aplaudimos y estrechamos su mano aquella tarde de julio, Mas-Colell quedará como lo que decidió ser: uno de los gobernantes que puso todo su empeño en convertirnos (a nosotros, a nuestras familias) en extranjeros, en víctimas colaterales de su obsesión patriótica, mutilada y excluyente, tronada y triste.

La de una Cataluña nacionalista que ya en 2001 resultaba mezquina, y que una década después resultó además incompatible con la convivencia democrática. Agresiva y peligrosa, febril y amenazante, poseída por una fascinación por la violencia, la aclamación, el culto y la depuración identitaria que no hemos olvidado.

Mas-Colell fue uno de los gobernantes que ideó y dirigió (no sólo se dejó arrastrar por) ese ominoso esfuerzo totalitario, sostenido y azuzado durante años. Invirtió y se dejó su cuantioso capital de sabio y académico en la empresa, en el tramposo intento de dotar de respetabilidad y de inexorabilidad (las leyes de la Voluntad y de la Historia) lo que nunca dejó de ser una estrategia criminal de regresión identitaria, intimidación social, enfrentamiento civil y quiebra democrática.

Una estrategia que ha ensangrentado Europa hasta no hace tanto y sin que ello arredrara a los prohombres nacionalistas. Cuando corre la sangre, siempre es la de otros. Mas-Colell se jugaba otro capital y lo ha perdido, incluso aunque su patrimonio pecuniario salga finalmente indemne.

El aura de sabio apacible se ha desvanecido y en muchas memorias ya no regresará jamás. En su lugar, persistirá el recuerdo del entusiasta operario de una pesada maquinaria de exclusión, confrontación y ruptura, lanzada contra más de la mitad de los catalanes, y que sólo aminoró, a regañadientes, cuando la democracia mandó parar.

El ardor patriótico de Mas-Colell (del que ahora tímidamente parece alejarse) le habría asegurado, a cambio de sus credenciales académicas, pedestales, placas y loas en los libros de Historia al prócer de la nueva patria, si el putsch hubiera tenido éxito. Pero no lo tuvo (aunque el grado de fracaso esté aún por establecer), porque aquí seguimos los que deberíamos haber desaparecido del mapa.

No tenemos Nobeles, ni audiencias internacionales. No alineamos facultades ni sociedades científicas. No disponemos de escaños con los que poner y quitar reyes monclovitas en Madrid. Seguramente no escribiremos la Historia oficial.

Éramos, todo lo más, algunos entre el público de aquella sala del Palacio de la Generalitat, donde se jugaba a ungir como elites nacionales catalanas, tropas de choque intelectuales de las batallas por venir, a los buenos y aplicados estudiantes del pujolismo.

Pero somos, y somos muchos más fuera de ese Palacio. Han pasado 20 años. Nos queda la memoria de lo que ha sucedido en ellos. Y como recordaría el poeta, también nos queda la palabra.

Juan Antonio Cordero es ingeniero de Telecomunicaciones (UPC) y Doctor en Telemática de la École Polytechnique (Francia).

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