Andrujovich, escritor ucraniano

En su reciente libro titulado Pequeñas guerras, lugares remotos (Taurus) el historiador británico Michael Burleigh daría repaso a ese no final de la Segunda Guerra Mundial que tuvo lugar tras 1945. Es decir, un leve y tranquilizante fin de las carnicerías que según este ensayista no supuso el comienzo de la paz sino una prolongada transición a conflictos con una localización en ocasiones más remota, derivados de un choque de ideologías más amplio y complejo. O, si se prefiere, un eterno conflicto latente, jamás resuelto, como se ha demostrado ahora con ese «país de fronteras» por excelencia, ese tormentoso cruce de caminos, disputado tradicionalmente por ardorosos pretendientes, que en sí parecería cerrar por el Este el continente europeo.

Enclave eslavo y a la vez polvorín de múltiples memorias históricas confluyendo en un mismo sitio, Ucrania, con sus vastas y fértiles llanuras proclives a golosos invasores, ha despertado desde siempre un ávido apetito para numerosos vecinos: rusos, polacos, austríacos, alemanes y lituanos. En realidad, su propio nombre ya generaría toda esa inquietud geopolítica. Un nombre que significa «borde», «paso de frontera» o bien, simplemente, «confines». Un lugar que ha ofrecido estos últimos tiempos a una Europa occidental mimada, desencantada, aburrida, adormecida y de tentaciones euronegacionistas, euroescépticas o eurorupturistas, una valerosa y emocionante lección. Mientras en otras partes algunos se querían dar de baja de la Unión Europea, en Ucrania la gente reunida en la plaza Maidan durante meses soportaba temperaturas de veinte bajo cero para formar parte como sea de una Europa percibida con sus valores más altos y encomiables: como tierra de la libertad, del progreso y de la defensa de los derechos humanos.

Lugares de confines cuya nítida y clara descodificación por parte de los occidentales no siempre es fácil. Así nos lo recuerda Michael Burleigh en su citado y excelente libro, hablando de Jrushchev, el líder soviético que medró espectacularmente en los años 30. Participó voluntariamente en las sangrientas purgas de aquella década, en las que sacrificó a amigos personales, firmó sin piedad órdenes de arresto y de ejecución y fue premiado con el nombramiento de primer secretario del Partido en Ucrania. Aquel poder le deparó bienestar material: aparte de su enorme piso a pocas manzanas del Kremlin, poseía una inmensa villa –como la que ahora se ha descubierto del implacable y neosoviético Yanukóvich– desde donde divisaba todo Kiev. Durante la Gran Guerra Patriótica –como llamarían los rusos a la Segunda Guerra Mundial–, Jrushchev fue comisario político y ascendió a teniente general. Tras la «reconquista» de Kiev, una vez superada la feroz ocupación de los nazis de esa región, Jrushchev regresó triunfalmente como virrey de Ucrania, que era entonces, como dice Burleigh, «un enorme osario repleto de ciudades reducidas a polvo, aldeas carbonizadas y miles de cadáveres en descomposición», yaciendo por aquí y allá. Jrushchev arremetió sin piedad contra los nacionalistas que supuestamente habían intentado subirse al carro de la ocupación nazi y que a comienzos de la década de los 60 aún seguían combatiendo. No deja de sorprender –añade Burleigh– que los medios occidentales, tras el indiscutible pasado de recio dirigente soviético de Jrushchev simplemente se dedicaran «a resaltar su aspecto regordete y su sonrisa de dientes picados, sin hacer referencia alguna a su historial». Un historial que incluía el haberse cargado al mismísimo y sádico Beria, georgiano psicópata y célebre jefe de la policía secreta.

Los occidentales, efectivamente, no siempre hemos tenido una hoja de ruta adecuada para orientarnos por derroteros que lleven más allá de Bruselas o Munich. Los «nuevos» países provenientes de la Europa Central y del Este integrados en la Comunidad Europea, en ocasiones, para muchos, provenían de enormes y profundos agujeros negros de desconocimiento. Sin embargo, las publicaciones aparecidas estos últimos años en nuestros país no han dejado de proporcionar, para aquél que las ha buscado, numerosas claves, tanto de carácter literario y ensayístico, como en forma de memorias, acerca de estos familiares nuestros algo lejanos geográficamente hablando. Ahí estarían obras de altísima calidad, por citar sólo algunos autores, de los húngaros Péter Esterházy y László Krasznahorkai, de los polacos Czeslaw Milosz y Adam Zagajewski, del rumano Norman Manea, de los serbios Ivo Andric o Danilo Kis, de los checos Hasek y Hrabal, o de un autor espléndido y sumamente singular como es el ucraniano Yuri Andrujovich, uno de los talentos más notables con los que cuenta actualmente Europa, y decir esto, evidentemente, en los momentos actuales, es toda una declaración de principios.

Nacido en Ivano-Frankivsk en 1960, un lugar enclavado en la Ucrania occidental, en la antigua Galitzia austrohúngara, cuya capital era la bellísima Lvov –el Leópolis latino o el Lemberg alemán–, Galitzia daría algunos de los mayores genios literarios del pasado siglo XX, como es el caso de Joseph Roth y de Bruno Schulz, o del XIX, como sería el caso de Leopold von Sacher-Masoch. Publicado regularmente en España por la editorial Acantilado, Andrujovich es autor de geniales novelas como Moscoviada, Recreaciones, Doce anillos y Perverzion, de ensayos como El último territorio y también de un maravilloso homenaje a nuestro atribulado continente de fronteras siempre disputadas, titulado Mi Europa, escrito mano a mano con otro gran escritor de su misma generación, el polaco Andrzej Stasiuk. Un libro por el que Andrujovich navegaría melancólica y apasionadamente entre fascinantes reflexiones, retratos entre nostálgicos y desencantados, y confesiones de lúcido amor por ese «último territorio», «esa eterna zona transitoria» o «campos entre Europa y No-Europa», que se vio obligado siempre a sobrevivir «entre rusos y alemanes». Una predestinación en realidad de toda la Europa Central, como él mismo añade. O entre múltiples infiernos sucesivos, desde los de las utopías a los de los ultranacionalismos xenófobos y racistas que se llevaron por delante a minorías incómodas, como fue el caso de los judíos, muy presentes y documentadas en el terrible Libronegro de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg (Galaxia Gutenberg).

Hace poco más de un mes Andrujovich enviaría una desesperada carta abierta a amigos y, como él decía, «en especial a periodistas y editores extranjeros», con el objeto de explicar lo que estaba pasando en Kiev y en Ucrania en general. Por qué la gente acudía a diario a Maidan –como era el caso de él, su mujer y su hija– teniendo que soportar que la policía y el gobierno dictatorial de Yanukovich, así como la prensa rusa, los definiera de terroristas o extremistas radicales, en lugar de como ciudadanos exasperados, a los que les había sido negada la posibilidad de un futuro mejor para ellos y sus hijos. El final de su carta era desgarrador y resumía esa llamada angustiada hecha a un Occidente tantas veces ignorante, que no pocas veces volvió la espalda, en medio de la más total indiferencia, a estas sufridas partes orientales y legítimas de Europa: «¡Por favor, muestren su solidaridad con nosotros! ¡Piensen en nosotros!».

Mercedes Monmany, escritora.

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