Aniquilación o progreso de la humanidad

Stephen Hawking nos acaba de prevenir del riesgo de autoaniquilación que sufre la humanidad. El aviso lo realizó ante una audiencia de 400 personas en la Royal Institution de Londres, en el coloquio que siguió a la Conferencia Reith que la BBC organiza anualmente y que esta vez versaba sobre los agujeros negros. Tanto la Royal Institution como las Reith Lectures son instituciones muy prestigiosas, ejemplos de la relevancia y el respeto que el Reino Unido asigna a la ciencia, y que forman parte de su tradición histórica. La Royal Institution fue creada en 1799 por los científicos británicos más acreditados de la época, incluyendo a Cavendish, mientras que la serie de las Reith Lectures fueron inauguradas en 1948 con una conferencia del gran Bertrand Russell. Ojalá tuviéramos en nuestro país iniciativas de este estilo y supiésemos conservarlas.

Durante su conferencia, que la BBC ha emitido estos días, Hawking nos advertía que el progreso científico, junto con las indudables mejoras de las condiciones de vida en el mundo, entraña los peligros mayores con los que se ha de enfrentar la civilización. No son ideas nuevas, no es ésta la primera vez que Hawking se refiere a las amenazas que sufre el ‘Homo Sapiens’. Varias veces se ha referido a su miedo por un desarrollo incontrolado de la inteligencia artificial. Hace unos meses, junto al visionario emprendedor Elon Musk (el presidente de las empresas Tesla y Space X), al cofundador de Apple, Steve Wozniak, al profesor del MIT Noam Chomsky, y otros más de mil expertos del mundo de la ciencia y de la tecnología, denunciaba los peligros de la aplicación de la inteligencia artificial para crear armas autónomas, lo que denominamos a veces robots asesinos.

aniquilacion-o-progreso-de-la-humanidadCon estas advertencias, Hawking también se suma a las inquietantes señales que viene lanzando el Astrónomo Real del Reino Unido, Sir Martin Rees, quien en su libro ‘Nuestra hora final’ desgrana de manera pormenorizada los peligros de los desarrollos científicos y tecnológicos. De entre todos estos riesgos quisiera destacar, en primer lugar, el nuclear, pues esta amenaza fue la primera que se vislumbró con un alcance potencial verdaderamente global. En efecto, Hiroshima y Nagasaki enfrentaron a la humanidad por vez primera con la evidencia de que su autoaniquilación era perfectamente posible y, durante la Guerra Fría, uno de los ejercicios favoritos de los que miraban hacia el futuro era calcular cuántas veces se podría destruir el planeta con las armas nucleares existentes.

Aunque no acapare la atención en la actualidad, pues las únicas referencias recientes al tema son las alusivas a los arsenales que pudiesen guardar Corea del Norte e Irán, la amenaza nuclear subsiste latente y siempre al acecho. En la actualidad, como un anacronismo remanente de la Guerra Fría, siguen existiendo misiles nucleares dispuestos bajo alerta inmediata. Se cifra en más de 15.000 el número de armas nucleares acumuladas actualmente en el mundo, casi todas ellas mucho más potentes que las que se lanzaron en Japón en 1945, un enorme polvorín que se justifica con fines disuasorios. Lejos de tratar de reducir este gran número de armas tan extremadamente peligrosas, y que resultan tan costosas al contribuyente, algunas administraciones se plantean incrementar el gasto considerablemente durante las dos próximas décadas para desarrollar una nueva generación de armas más sofisticadas. Sería conveniente volver a traer todo este arsenal nuclear al debate público, pues mantenerlo silenciado sólo puede aumentar su amenaza.

Un segundo riesgo al que se refieren hoy continuamente los científicos y, afortunadamente, cada vez más la clase política e incluso las autoridades religiosas, es el cambio climático. La reciente cumbre de París ha traído este tema a la primera línea en todo el mundo y ya no se discute sobre la realidad científica de los datos de calentamiento global ni del incremento de concentración atmosférica de gases de efecto invernadero, sino que la discusión se centra en las medidas que son imprescindibles para frenar este galopante proceso. Las disposiciones adoptadas en París son ciertamente insuficientes, pero constituyen un paso importante para una concienciación global. Es de esperar que según los efectos del cambio climático se hagan más patentes y funestos, estaremos más dispuestos a tomar medidas más efectivas; confiemos en que no lleguemos a una situación verdaderamente irreversible.

En tercer lugar destacaré los riesgos que conllevan la microbiología y la ingeniería genética. Varias naciones han mantenido programas secretos y de gran magnitud para el desarrollo de armas químicas y biológicas. En 1992, Boris Yeltsin admitió que las 66 muertes misteriosas acaecidas en Sverdlovsk (hoy Ekaterimburgo) en 1979 habían sido causadas por esporas de ántrax que se habían filtrado accidentalmente de un laboratorio de Biopreparat, el programa soviético que ocupó a miles de investigadores en el desarrollo de armas biológicas. Otros lamentables episodios en torno al ántrax tuvieron lugar después en Japón y en los ataques terroristas, mediante cartas de correos, sufridos en Estados Unidos. Hoy la amenaza de las armas biológicas se ve agravada substancialmente por el progreso de la ingeniería genética que permite producir artificialmente (deliberada o accidentalmente) nuevos virus letales que tras ser dispersados por el aire pueden ocasionar daños sin precedentes. El control de las armas químicas y biológicas es mucho más difícil que el de las nucleares, pues su desarrollo está al alcance de un mayor número de países e incluso de grupos relativamente pequeños, lo que puede propiciar el desarrollo de acciones terroristas de gran alcance.

Contrariamente a lo que podría parecer a primera vista, no creo que haya que ver en estas advertencias de Hawking, Rees y muchos otros científicos, un deseo de predisponer a la sociedad en contra de la ciencia. Los científicos consideramos la investigación como una oportunidad de progreso, un camino para mejorar el mundo, y además somos conscientes de que la ciencia seguirá progresando a una velocidad acelerada ofreciendo más y más ventajas. Lo vemos en las noticias cada jornada: un día es el bosón de Higgs, el siguiente es un experimento de clonación, y el de después la invención de un nuevo robot. Pero, de manera similar a como un martillo puede ayudar a construir una casa o a consumar un asesinato, los desarrollos científicos son herramientas que nos permiten tanto el progreso como la autoaniquilación.

No debemos ser catastrofistas, pero tampoco debemos ignorar estos riesgos. Estamos ante desafíos de escala global y, por tanto, la toma de conciencia de estos riesgos a nivel planetario es un primer paso imprescindible para enfrentarse a ellos. El ‘Homo Sapiens’ posee habilidades extraordinarias: es capaz de construir una riqueza colectiva de conocimientos que posibilita la cooperación en pos de unos objetivos comunes. La nueva conciencia planetaria debería poner en marcha políticas que vayan más allá del bienestar momentáneo para, enfrentándose a los retos descritos más arriba, abordar un modo de vida sostenible a largo plazo. En este proceso de progreso, los científicos que, mediante sus avances, proyectan y construyen el futuro y son capaces de elaborar paradigmas verificables y aceptables por la colectividad, deben jugar un papel importante. Pero los nuevos debates han de realizarse involucrando a toda la humanidad, para ello se necesitan organizaciones supranacionales que sean verdaderamente eficaces y que posibiliten mecanismos democráticos de escala global. Pero, sobre todo, se necesita que al desarrollo científico y tecnológico acompañe un desarrollo humanista y moral que permita tomar decisiones de manera beneficiosa para todo el planeta, de forma que la civilización pueda, no sólo escapar a la autoaniquilación, sino seguir progresando en la construcción de un mundo mejor.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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