Annapolis, el día después

Por Samuel Hadas, analista diplomático; primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede (LA VANGUARDIA, 29/11/07):

Pocas conferencias internacionales en la historia de Oriente Medio han sido recibidas con la cuantía de cinismo, escepticismo, incertidumbres y dudas, pero también de falsas ilusiones, con que se dio la bienvenida a la conferencia de Annapolis, desde el momento mismo en que fue anunciada. Pero la conferencia, que en un principio fue considerada una improvisación, finalmente tuvo lugar con la participación de cincuenta países y organizaciones internacionales.

Quizás su resultado más importante ha sido el logrado aún antes de su inicio: una declaración conjunta palestino-israelí a tono con las circunstancias. Lo que ambas partes no pudieron conseguir en meses de negociaciones, lo obtuvo la apisonadora que la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, puso en marcha a última hora. El primer ministro Ehud Olmert y el presidente Mahmud Abas se han comprometido a reanudar, a partir del 12 de diciembre, e ininterrumpidamente, las negociaciones con la meta de alcanzar un acuerdo de paz antes de finales del 2008, coincidiendo con el término del mandato del presidente George W. Bush.

Palestinos e israelíes se comprometieron a cumplir con las obligaciones contraídas en el marco del plan de paz del Cuarteto, la hoja de ruta, y acordaron crear un mecanismo para el seguimiento de su implementación.

Pero nadie olvida que en Oriente Medio las fechas tope no son sagradas y que raramente se cumplieron en el pasado. Difícilmente sus protagonistas esperan completar hasta entonces unas más que complejas negociaciones. El mecanismo de las negociaciones, que serán bilaterales, está aún poco claro, pero es evidente que Washington ha decidido asumir esta vez el papel de árbitro e intentará probablemente, después de siete años de inacción, presionar sobre las partes y precipitar un acuerdo que podría ser el único éxito importante de Bush en Oriente Medio y así mejorar su dañada imagen internacional. ¿Después de los siete años de vacas flacas, vendrán por fin los del auge? Para Bush “tiene lugar una batalla por el destino de Oriente Medio”, pero también por su lugar en los anales de la historia.

La declaración conjunta nos recuerda la “ambigüedad constructiva” con que el anterior secretario de Estado Henry Kissinger pudo lograr trabajosamente los acuerdos que pusieron fin a la guerra del Yom Kippur de 1973. Sus textos pudieron dar satisfacción a cada una de las partes involucradas. Sin mencionarlos, Olmert y Abas acordaron negociar los temas en conflicto: el trazado de las fronteras definitivas, la seguridad de los israelíes, el problema de los refugiados y el futuro de Jerusalén, el más espinoso. Cada vez que intentaron negociarlos en el pasado, con o sin mediadores, fracasaron lastimosamente. De ello se ocuparon, sobre todo, una y otra vez, las organizaciones terroristas fundamentalistas palestinas, pero también la acción política de los ultranacionalistas israelíes. Nadie está exento de responsabilidad por lo sucedido en el pasado.

Los fundamentalistas islámicos no ceden. Irán ha criticado la participación de los países árabes. El presidente iraní Mahmud Ahmadineyad criticó la decisión de la Liga Árabe de hacerse presentes en Annapolis, no sin agregar que “el régimen sionista, respaldado por la arrogancia mundial, está buscando un nuevo apoyo con el que pueda acceder a sus objetivos contra el pueblo palestino”. No faltaron, como era de esperar, las críticas de sus protegidos Hizbulah, en el Líbano, y Hamas, en Gaza, fanáticos islámicos para quienes los gobiernos participantes son poco menos que traidores. El país más importante en la conferencia de Annapolis – escribe un destacado analista político israelí- es uno que no ha participado en ella, Irán. La participación de decenas de países árabes y musulmanes tiene menos que ver con el conflicto palestino-israelí que con su creciente temor ante un Irán nuclear y la amenaza que representan para sus regímenes los fundamentalistas islámicos. Sean o no esas las razones, es evidente que la participación árabe ha significado un importante apoyo a Abas.

Desde que se anunció la conferencia de Annapolis, sus convocantes y principales protagonistas han ido reduciendo expectativas, ante la imposibilidad de redactar un documento conjunto significativo y ante la posibilidad real de que no se logren sus objetivos. Ahora que la conferencia es ya un hito de la historia de Oriente Medio, comienza la cuenta adelante del día después. Cunde el escepticismo sobre la capacidad de los liderazgos palestinos e israelíes. El incierto panorama político doméstico israelí, y las profundas divisiones internas palestinas así como la incapacidad de su gobierno para poner fin al terrorismo, harán muy difícil la reconducción del proceso y podrían descarrilarlo en el momento más inesperado, como sucedió en el pasado.

Si lo que Bush y Rice buscan es un acuerdo permanente en lo que resta de su mandato, escribe Dennis Ross, el diplomático norteamericano con más horas de mediación en el conflicto, están destinados a decepcionarse. Pero, agrega, una seria continuación de Annapolis podría contribuir al progreso de las negociaciones y a acuerdos limitados.

¿Será recordada la conferencia como una nueva oportunidad perdida o como la base para un acuerdo histórico? Israelíes y palestinos deberán transigir. La ocupación deberá acabar, pero los palestinos deberán abjurar del terrorismo islámico. Israelíes y palestinos deben comprender que la ecuación seguridad para Israel y soberanía para los palestinos, es lo que traerá la paz que ambos pueblos, agobiados por su casi centenario conflicto, desean y esperan.