Annapolis

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 18/11/07):

Annapolis es una pequeña y atractiva localidad situada a menos de una hora de coche de Washington. Capital del estado de Maryland, posee numerosas tiendas de antigüedades y tiene la fama de ser la capital de la navegación a vela de Estados Unidos. La última semana de noviembre acogerá la conferencia de paz sobre Oriente Medio. Asistirán Condoleezza Rice, secretaria de Estado estadounidense; Ehud Olmert, primer ministro israelí, y Mahmud Abas, el presidente de Cisjordania y Gaza. La Unión Europea estará representada. Aún no está claro si los saudíes y egipcios enviarán a sus ministros de Asuntos Exteriores o únicamente a sus embajadores.

¿Por qué ahora una conferencia de paz? Porque la Administración Bush ha sido blanco de la crítica por no hacer nada por promover la paz – o, al menos, alcanzar un acuerdo duradero entre palestinos e israelíes- a lo largo de los últimos cinco años (si tal esfuerzo se habría visto coronado por el éxito es harina de otro costal).

¿Qué posibilidades de éxito tiene la conferencia de Annapolis? Tanto Mahmud Abas como Olmert han pronunciado últimamente discursos de matiz optimista; Olmert, incluso, ha indicado que está dispuesto a hacer concesiones relativas a Jerusalén. Pero escasos observadores se muestran optimistas y todo el mundo sabe por qué. Tanto israelíes como palestinos deberían interesarse en los progresos hacia la paz. Los israelíes, porque han de ser conscientes de que en el plazo de pocos años afrontarán una situación peor en el sentido de que, si los iraníes se entrometen directamente en sus asuntos, es posible que deban lidiar con otro frente. Los palestinos, porque han de ser conscientes de que a menos que renuncien a parte de sus aspiraciones y exigencias faltas de realismo como la del regreso de todos los refugiados y sus descendientes, nunca obtendrán un Estado propio. También han de saber que la ayuda iraní no es en absoluto altruista y que tal vez deban pagar un día un alto precio por ella.

No obstante, las fuerzas que tanto en Israel como en Palestina se oponen a las concesiones son, de momento, demasiado fuertes.

En Israel cabe hablar del problema de los colonos que deberían haber sido evacuados de Cisjordania; algunos de ellos lucharán antes que ceder sus asentamientos. La mayoría, tarde o temprano, deberán ser evacuados, si es menester por la fuerza, pero ningún gobierno israelí se siente actualmente lo suficientemente fuerte para proceder a ello. La mayoría de la opinión pública israelí se opone, sobre todo mientras casi a diario se lancen misiles desde Gaza contra territorio israelí. “Hemos evacuado Gaza – se dicen-, ¿y qué hemos ganado con ello?”.

La posición de Mahmud Abas es aún más débil; Hamas, que boicotea la conferencia de Annapolis, cuenta con el apoyo de una mayoría de la población en Gaza y mantiene una posición fuerte en Cisjordania. En las elecciones del 2006 fue la formación más votada, y obtuvo un 44% de los votos y la mayoría parlamentaria. Hamas no reconoce la existencia del Estado de Israel y no quiere la paz, a lo sumo un armisticio. Quieren ser gobierno y oposición a la vez en el Estado palestino, mantener relaciones normales con el resto del mundo y proseguir con el terrorismo. Indudablemente han perdido parte de su popularidad desde las últimas elecciones porque la situación económica se ha deteriorado bajo su mandato. Pero también de modo indudable son suficientemente fuertes como para sabotear cualquier acuerdo con Israel. En otras palabras, sólo una guerra civil tanto en Israel como en los territorios palestinos en la que fueran derrotadas las fuerzas hostiles a los compromisos sería susceptible de propiciar progresos en dirección de la paz. Algunas voces en Europa razonan que debe hablarse con Hamas aun cuando esta formación no quiera renunciar al terrorismo y el lanzamiento de misiles contra Israel.

¿Qué porvenir aguarda en caso de un fracaso de la conferencia de Annapolis? Algunos han dicho que sería el mayor desastre imaginable y que podría desembocar probablemente en una nueva guerra. Hubo un tiempo en que muchos en Occidente creían que la disputa árabe-israelí constituía el mayor peligro para la paz mundial y que, si podía solucionarse, los problemas restantes de Oriente Medio y aún más allá también se solucionarían.

En la actualidad, pocos lo creen así. Aun si este conflicto milagrosamente se resolviera, la situación en Pakistán seguiría siendo muy peligrosa, como también la de Kurdistán. El peligro de la bomba nuclear iraní seguiría en pie y el precio del petróleo no bajaría.

En los últimos años ha cambiado la situación. La mayoría de países árabes temen mucho más a Teherán que a Tel Aviv; saben que el poder de Irán es mayor y que con ayuda del armamento nuclear quiere controlar los yacimientos petrolíferos de Oriente Medio. Intentan ocultar sus ambiciones a largo plazo pero los árabes suníes son un pueblo muy suspicaz y receloso, y no sin razón. Aborrecen las provocaciones de Irán a través de sus protegidos Hamas y Hizbulah. Una guerra o incluso un mayor grado de tensión entre israelíes y palestinos satisfarían admirablemente los propósitos de Teherán: desviar la atención mundial de sus actividades nucleares.

En resumen, cada vez más gente está interesada en la paz entre Israel y los palestinos, pero ¿cómo alcanzar este objetivo? Una falta de progresos en Annapolis no sería el fin del mundo: otra media docena de problemas tan peligrosos o más acechan actualmente en el mundo musulmán. Pero, dada la inestabilidad de esta región, sería aún más peligroso y podría desembocar en una crisis importante, tal vez no de forma inmediata pero sí en el plazo de uno o dos años.