Añoranza del enemigo

¿Dónde está la izquierda hoy? Slavoj Zizek, en el texto que publicó en Die Zeit sobre los ataques terroristas en París, conjuraba a la izquierda radical. La guerra entre el liberalismo sin savia y sin fuerza de Occidente y el apasionado fundamentalismo religioso sólo puede terminarla la izquierda radical. ¿Cómo ha de entenderse eso? Zizek relaciona el fundamentalismo antiterrorista en primer lugar con su síndrome de inferioridad. Según él, los fundamentalistas se sienten atacados por los no creyentes y los atacan a su vez. En cambio, un budista, que se encontrara con un hedonista occidental, apenas lo condenaría; más bien, constataría con benevolencia que su búsqueda de la felicidad está condenada al fracaso. A diferencia de estos verdaderos fundamentalistas, el terrorismo pseudofundamentalista está fascinado por la vida pecadora de los incrédulos. Ellos intentan impugnar su propia tentación cuando impugnan a los otros como pecadores.

La pasión de los terroristas islámicos, continúa Zizek, delata en realidad un defecto de persuasión auténtica. Se pregunta cuán achacosa tiene que ser la fe de un musulmán para que se encuentre amenazado por una caricatura tonta. El terror islámico radica, a su juicio, en que los terroristas en secreto se consideran inferiores. A los fundamentalistas musulmanes les falta la persuasión de la propia superioridad.

Añoranza del enemigo

El odio no está solo del lado de los terroristas; se da más bien en ambas partes. No únicamente los musulmanes derraman odio sobre el oeste; el Occidente percibe odio igualmente frente al islam. Si la civilización occidental se sintiera fuerte, ¿cómo se explicaría su odio contra el islam? Frente al islam vivo, ¿no se siente inferior en secreto? En la sociedad donde la salud ha sido instaurada como una «nueva diosa» (Nietzsche) y la vida se ha convertido en una supervivencia histérica, ¿no se despierta incluso una envidia ante la resolución de los terroristas, que, según escribe Zizek, «se arrojan a la lucha hasta la propia destrucción?». Zizek califica, con Nietzsche, el hedonismo liberal de Occidente como «nihilismo pasivo», como cultura de los «últimos hombres». Ellos no asumen ningún riesgo y buscan en exclusiva comodidad y seguridad. En cambio, para iek, la actitud del espíritu en los fundamentalistas islámicos es un «nihilismo activo». Ellos están dispuestos a arriesgarlo todo, incluida la propia muerte, por su Dios.

Resulta problemática la equiparación de Zizek entre fundamentalismo islámico y «nihilismo activo», pues para el «nihilismo activo» es algo positivo y productivo, prepara el suelo a lo nuevo. Se muestra como una tormenta purificadora y rechaza toda persuasión creyente. Por tanto, el fundamentalismo islámico no es un nihilismo, sino una forma regresiva y violenta de persuasión creyente, que va dirigida contra el hedonismo y el materialismo de Occidente.

¿Puede, en efecto, una izquierda radical impedir el terrorismo? ¿Rompería ella radicalmente con el Occidente hedonista, con la cultura del «último hombre», contra la que reacciona el fundamentalismo con el terror? Probablemente, los «últimos hombres» no considerarían la izquierda radical digna de una mirada. Más bien, ellos estarían un poco irritados y parpadearían. Hoy, las izquierdas se han convertido en últimos hombres que frecuentan biotiendas y estudios de Yoga.

Zizek se remite a aquella idea de Walter Benjamin según la cual todo ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fracasada, pero a la vez es una prueba de que se ha dado un potencial revolucionario, un potencial que la izquierda no supo movilizar. ¿A qué revolución se refiere propiamente? Zizek se aferra al marxismo, no puede renunciar a la idea de la revolución. Pero desconoce que el marxismo hoy no puede explicar ni mejorar el mundo. Vivimos en un tiempo postmarxista. La alienación del trabajo es un pensamiento central del marxismo y proviene de la paradoja de que el trabajador es tanto más pobre cuanto más riqueza produce. No puede reconocerse en lo que produce, pues su producto le es arrancado, no le pertenece. Así se aliena de sí mismo. Su trabajo es una continua «des-realización de sí mismo». Sólo una revolución puede poner fin a esa situación. Pero de todos modos, esta alienación descrita por Marx ya no es apta para caracterizar las relaciones actuales de trabajo y producción. En el régimen neoliberal, la explotación ya no tiene lugar como alienación y des-realización de sí mismo, sino como libertad y realización propia. Yo me exploto a mí mismo en la creencia de que me realizo. Así es también el primer estadio de la euforia del consumo. Me arrojo eufórico al trabajo y me realizo hasta morir. Me optimizo hasta morir. El dominio neoliberal se esconde detrás de la libertad ilusoria. Es más, se hace pasar por libertad y se consuma en el momento en el que coincide con la libertad. Una libertad fatal en cuanto no hace posible ninguna resistencia, ninguna libertad.

Dicho de otro modo, Zizek se adhiere a una ilusión marxista, sueña con una revolución que ha de ser llevada a cabo por una nueva izquierda. Pero con individuos agotados, depresivos, no puede formarse ninguna masa de protesta. Esto escapa a Zizek. Hacia el final de su ensayo salta a un nuevo nivel de argumentación y se contradice a sí mismo. De pronto el fundamentalismo islámico ya no es ningún síndrome de inferioridad, sino que es más bien una reacción ante un «defecto del propio liberalismo». Desde su punto de vista, éste, abandonado a sí mismo, conduce poco a poco a su propia destrucción. Sólo una «izquierda renovada» sería capaz de salvar sus valores centrales. El liberalismo está abocado a la ayuda fraterna de la izquierda radical. Pero Zizek no desarrolla cómo habría de ser esta «izquierda radical», que anda por casa como un fantasma.

El problema, que está relacionado con el fundamentalismo islámico, es por esencia más complejo. Una izquierda radical no podría resolverlo. Tanto el islam como Occidente son una imagen de enemigo. Después del final de la Guerra Fría, que estaba dominada por el esquema del enemigo, éste vuelve, pero Zizek no toma en consideración el problema de la enemistad.

¿Qué es el enemigo? En Carl Schmitt el enemigo no es una dimensión social, sino una categoría existencial. Carl Schmitt le atribuye una «originalidad ontológica». Por primera vez, el enemigo define quién soy yo. Funda una identidad estable: «El enemigo es nuestra propia pregunta como figura. Por esta razón tengo que confrontarme con él luchando, para lograr la propia medida, el propio límite, la propia figura.» Ahora bien, en el liberalismo desaparece el enemigo. En su lugar aparece el «concurrente», que no es capaz de fundar ninguna identidad. Pero el vacío existencial, que produce el neoliberalismo global, hace que vuelva el enemigo. Tanto los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (Pegida) como el musulmán radical comparten la añoranza del enemigo. En los islamistas, es el oeste; en los «europeos patrióticos» de Pegida se llama islam.El neoliberalismo global destruye cada vez más la seguridad y las obligaciones. Hoy ningún empleo está seguro. Nadie se siente ya seguro en este sistema reducido a la pura competencia. Muchos están acosados por una angustia difusa, por el miedo a fallar, a fracasar, a quedar descolgados. El encadenamiento total sin duda produce conexiones, que son vigiladas, pero destruye radicalmente relaciones, la cercanía y el vecindario. Nada tiene duración ni consistencia. Surge también una añoranza de lo vinculante, de la que se sirve tanto el fundamentalismo islámico, como el extremismo de derechas. Y aquí nada puede hacer la izquierda, a no ser que proclame un fundamentalismo de izquierdas.

Michel Houellebecq cuenta en una entrevista cómo los casos de muerte a los que asistió de manera sucesiva fueron una ocasión para escribir Sumisión. Según dice, su ateísmo no pudo digerir la muerte de su querido perro y de sus padres. También François, el protagonista de su novela, impulsado por la añoranza de algo vinculante, se entrega a la búsqueda de sentido. En origen, la novela no había de llamarse Sumisión, sino Conversión. En el primer borrador, el narrador se convierte al catolicismo. En la redacción definitiva, se aparta del decadente y agotado Occidente, para hacerse musulmán.

Lo que nosotros necesitamos hoy es otra forma de vida, que no está en la derecha ni en la izquierda, una forma de vida que sea capaz de producir dimensiones obligatorias y vinculantes, sin que asuma la modalidad de la violencia y la exclusión, una forma de vida en la que se conceda espacio a la espiritualidad, más allá del esoterismo como forma de terapia. Quizá no sea necesario que a esta nueva forma de vida le preceda una revolución. Al contrario. En su famoso artículo sobe Kafka escribe Benjamin: «En el hombrecito jorobado la canción popular ha dado expresión sensible a lo mismo. El hombrecito es el morador de la vida desfigurada; desaparecerá cuando llegue el Mesías, acerca del cual dijo un gran rabino que él no quiere cambiar el mundo por la fuerza, sino que solamente lo enderezará un poco».

Byung-Chul Han es filósofo y profesor en la Universidad de las Artes de Berlín. Acaba de publicar El aroma del tiempo (Herder). Zizek publica Islam y modernidad (Herder).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *