Ante el desafío del libre comercio transatlántico

El anuncio por el presidente de los EE.UU., Barack Obama, del inicio de las negociaciones para una “Alianza Transatlántica de Comercio e Inversión” ha generado entusiasmo a ambos lados del Atlántico. Tras un mes de intensa actividad, en el que parecía que el impulso a las conversaciones había perdido fuelle, el anuncio ha renovado la esperanza de que un transformador acuerdo entre los EE.UU. y la U.E. se pueda lograr.

Aunque los comentaristas y responsables políticos han explicitado los numerosos desafíos inherentes a dicho pacto, el estado de ánimo general es de optimismo, reflejado en los comentarios del Secretario de Estado de los EE.UU., John Kerry, en Berlín, durante su primer viaje al extranjero desde que asumió el cargo. Pero, a fin de evitar que las negociaciones se encallen en temas sensibles como los subsidios y la seguridad alimentaria, los principales responsables políticos deben sentarse a resolver sus diferencias fundamentales. Este planteamiento, combinado con el compromiso de un mantenido seguimiento al más alto nivel, es la clave del éxito.

Los beneficios económicos de un acuerdo comercial entre dos economías que, en conjunto, representan más del 50% de la producción mundial y cuentan con cerca de 4 billones (“trillions” en inglés) de dólares en inversiones cruzadas, son evidentes. El alcance transformador de este acuerdo trasciende a los lazos transatlánticos entendidos de modo amplio.

Un ambicioso acuerdo de libre comercio transatlántico que sea totalmente compatible con las normas de la Organización Mundial del Comercio y abierto a terceros debería aspirar a más que sentar las bases para una “OTAN económica”. De hecho, debería crear las bases para una zona de libre comercio que abarque la cuenca del Atlántico, con relevante presencia africana y latinoamericana.

La firma de un acuerdo de libre comercio entre los EE.UU. y la UE revitalizará una relación transatlántica que se ha visto lastrada por la crisis de la eurozona y que corre el riesgo de convertirse en estratégicamente irrelevante. Sin embargo, es preciso ser consciente de que los numerosos precedentes de estas negociaciones no han tenido éxito.

A mediados de los 90’, mientras los responsables políticos buscaban una manera de replantear las relaciones entre EE.UU. y Europa tras la guerra fría, ya se intentó establecer un acuerdo transatlántico de libre comercio. Pero la fatiga de los EE.UU. tras la conclusión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con Canadá y México, junto con el aumento del proteccionismo nacional, impidió el despegue de este proyecto. Más recientemente, en 2007, un nuevo impulso se frustró por desavenencias políticas, en particular en materia de salud y seguridad.

El entorno actual parece ser más favorable. El impulso económico proporcionado por dicha asociación es necesario a ambos lados del Atlántico. En los EE.UU., el libre comercio ofrece a Obama una posible victoria política en un tema que debe reunir apoyo bipartidista. En cuanto a Europa, las negociaciones ofrecen la oportunidad de cambiar un discurso secuestrado por la monotonía de la gestión de la crisis por una receta para el crecimiento realista. En efecto, la capacidad de los EE.UU. y de Europa para dictar las normas del comercio internacional se está viendo desafiada por las potencias económicas emergentes. Y esto también cambiaría.

Se ha sugerido que una buena manera de comenzar las conversaciones sería examinar los acuerdos de libre comercio y conexos, suscritos por los EE.UU. y la U.E. con terceros. Pero el éxito de las inminentes negociaciones requiere algo más que buenas condiciones y un punto de partida para las discusiones técnicas. El logro de un acuerdo requiere además voluntad política al más alto nivel.

En los EE.UU., el presidente y el Congreso deben comprometerse a garantizar que los intereses nacionales implicados, tales como la agricultura y la aviación civil, no se interpongan en el camino de un posible acuerdo. Los asuntos realmente controvertidos –como los organismos genéticamente modificados (OGM), las subvenciones y la propiedad intelectual- deben plantearse con los actores políticos clave, ahora y no después. Y para que el acuerdo no se vea sólo como una victoria de la administración Obama, es preciso incluir desde el inicio de las negociaciones a los líderes del Congreso de los EE.UU. -particularmente a los republicanos de la Cámara de Representantes y del Senado que apoyan tal acuerdo–. Esta filosofía es esencial para incrementar las posibilidades de éxito.

Por otra parte, un enfoque bipartidista facilitaría la tarea a la denominada “Trade Promotion Authority” –que ha de decidir con un voto en bloque sin posibilidad de enmienda-, que es esencial para la finalización de las negociaciones. La calificación del acuerdo como una “oportunidad atractiva” y la explicitación de la necesidad de abordar las “injustificadas barreras agrícolas” de la UE, incluidas las políticas sobre los organismos genéticamente modificados y las hormonas, son signos del apoyo cualificado en el Congreso de los EE.UU. por venir de la mano del presidente del Comité de Finanzas del Senado, Max Baucus, y del principal líder republicano Orrin Hatch.

La UE, por su parte, debe ir más allá de la Comisión Europea e implicar directamente al Consejo Europeo y a los Jefes de los Estados miembro. Aunque la negociación de un acuerdo es competencia de la Comisión, el avance en las cuestiones fundamentales exige un claro apoyo de los Estados miembro. El acuerdo en la agricultura o las indicaciones geográficas, por ejemplo, no ocurrirá sin el apoyo francés e italiano. De hecho, ya ha habido quejas de Francia sobre la reforma agrícola y las subvenciones culturales.

El informe final del Grupo de Trabajo de Alto Nivel para el Crecimiento y el Empleo, publicado antes del anuncio de Obama, recomendó que “la UE y los Estados Unidos lleven a cabo reuniones periódicas al más alto nivel tras el inicio de las negociaciones” para revisar el progreso de las mismas. Esta es una excelente sugerencia pero este compromiso de alto nivel debe no sólo presidir las negociaciones formales desde el principio sino producirse antes de su inicio que se espera sea este verano.

Lo que se necesita es reunir a los líderes políticos esenciales. Además de los negociadores obvios –el Comisario Europeo de Comercio, Karel de Gucht, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso y el nuevo Representante Especial de Comercio de los EE.UU.- este grupo debería incluir al presidente del Consejo Europeo Herman Van Rompuy, a los principales Jefes de Estado y a altos funcionarios de la administración Obama. Asimismo, los principales líderes del Congreso estadounidense también deberán involucrarse.

Esta cumbre de trabajo pondría de manifiesto la voluntad de principio de los más altos responsables, de resolver los principales obstáculos que impiden un acuerdo. El éxito de esta reunión sentaría las bases de un verdadero apoyo político para unas eficientes y eficaces negociaciones técnicas. Lo que nos jugamos es la actualización de las relaciones transatlánticas. Es por ello que este compromiso es indispensable.

Ana Palacio, a former Spanish foreign minister and former Senior Vice President of the World Bank, is a member of the Spanish Council of State.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *