Ante el do de pecho del hombre menguante

Recuerdo las pesadillas infantiles que, muy a finales de los 50, me produjo ver en el cine del colegio ‘El increíble hombre menguante’. Era la historia de Scott Carey, un ejecutivo californiano, lustroso y bien parecido, tan propenso a tumbarse a la bartola como Rajoy, que una mañana en el barco de su hermano, mientras espera a que su esposa le suba la cerveza y el periódico, se ve envuelto por una nube radioactiva.

Pronto nota que la ropa le queda tan grande como el cargo a muchos políticos y cuando, alarmado por la pérdida de peso, acude al médico, descubre que cada semana mide también un centímetro menos. En vez de crecer, mengua. Toda una metáfora del declive de la popularidad del mal gobernante, oleada tras oleada del CIS.

Su “increíble” historia convierte a Scott Carey en una celebridad -¿cómo es posible que ese hombre sea cada día más pequeño?- pero también en un caso clínico sin solución. Desprovisto de los efectos especiales que la tecnología proporcionaría después al cine, el director, Jack Arnold, recurría a trucos del neorrealismo alemán, como aumentar el tamaño de los objetos cotidianos o colocar a los personajes en planos distintos, para crear, con la ayuda de una inquietante banda sonora, la sensación de angustia ante el destino del grande que pasaba a mediano, se volvía bajito, encogía de enano a pigmeo y ya le quedaba enorme la casita de muñecas –una especie de Moncloa de la señorita Pepis- en la que se refugiaba de las acometidas del gato.

Obligado a salir despavorido ante el ataque del que, desde su perspectiva, resultaba ser un descomunal depredador, una mañana aciaga cae por una rendija hasta el fondo del sótano. Su familia le dará por muerto y Scott Carey descubrirá que se ha vuelto ya tan pequeño, que gritar no le sirve de nada, pues nadie le oye, ni siquiera cuando los demás mortales se yerguen a su lado como moles gigantescas. Ay, si hubiera tomado las medidas necesarias de autoprotección cuando todavía estaba a tiempo de hacerlo.

Ese es el gran reproche que cabe formular a Rajoy a la vista de cómo dejó pudrirse, enquistarse y enrabietarse la cuestión catalana durante los años en los que su mayoría absoluta le permitía todo tipo de intervenciones sobre el fondo del problema. Ahora la disminución de su poder político y de su apoyo social contrasta con el incremento progresivo de la apuesta separatista -a medida que él se achica, el entorno conflictivo se agiganta- hasta llegar al órdago a la grande del 1 de octubre.

Rajoy repite una y otra vez que el referéndum “no se celebrará”, pero, como la tautología lo amortiza todo, su voz se escucha cada vez más débilmente, desde el fondo del pozo de la inacción, mientras prosigue la dinámica de los hechos consumados.

La purga de los tibios en el Gobierno catalán, el nombramiento de peligrosos talibanes en sus puestos o el anuncio por parte del nuevo portavoz Turull de que, a partir de ahora, los delitos los cometerán en secreto, no merecieron respuesta alguna, más allá de la palabrería. Los propios actos normativos del Parlament están siendo flemáticamente recurridos ante el Constitucional, a sabiendas de que sus resoluciones volverán a ser incumplidas, sin otro efecto que el de generar nuevos delitos de desobediencia, cuya depuración trascenderá de largo al 1-0. Cualquiera diría que, contra toda evidencia, Rajoy sigue confiando en que el problema se disolverá en el último momento mediante la mera ósmosis de una dosis de esa galbana existencial a la que él llama “sentido común”.

El examen de los diez caminos de que dispone el Estado para impedir el referéndum, minuciosamente catalogados el mes pasado por María Peral, arroja un balance bastante descorazonador, pues los únicos tres que garantizarían que no hubiera urnas en Cataluña el 1 de Octubre -aplicación del artículo 155 de la Constitución, Estado de Excepción o Ley de Seguridad Nacional- parecen descartados.

Lo más grave de todo es que, de repente, hayamos descubierto que la activación del 155 -invocado durante años como un mecanismo disuasorio fulminante- resultaría ya inviable por una cuestión de plazos. Hoy por hoy está fuera del debate, como si se tratara de un yogur caducado, que yace olvidado en el fondo de la nevera.

¿Cómo es posible que cuando Puigdemont anunció la convocatoria del plebiscito ilegal, Rajoy no le sacara la tarjeta amarilla del apercibimiento, con las suficientes semanas por delante para cubrir los plazos previstos por el reglamento del Senado y llegar a tiempo de mostrarle la roja de su destitución, o de la propia suspensión de la autonomía, si lleva su contumacia hasta el final? ¿Cómo es posible que por falta de previsión y voluntad política esa presunta arma nuclear, diseñada por los constituyentes para un supuesto como el que estamos viviendo, no haya sido desplegada aun a cielo abierto; y se nos diga que debe seguir embalada en los hangares porque ya no habría tiempo de ensamblarla?

Es cierto que ningún partido, ni siquiera Ciudadanos, se ha mostrado partidario de emplearla, pero eso es fruto del contagio de una infundada sensación de confianza por parte del Gobierno. En lugar de movilizar a los demás defensores de la Constitución para el combate, Rajoy les ha transmitido su convencimiento de que bastará hostigar penalmente a los rebeldes, mordisquearles las canillas de su patrimonio y dificultar sus suministros para que terminen por rendirse.

Se trata de una estrategia muy arriesgada, pues implica olvidarse también del Estado de Excepción por sus reminiscencias franquistas y de la Ley de Seguridad Nacional por su falta de adecuación a las características de la amenaza. Eso haría de la facultad del Tribunal Constitucional de suspender a los cargos públicos que desobedezcan sus órdenes la única vía preventiva que evitaría que Puigdemont y Junqueras llegaran al 1-O como presidente y vicepresidente de la Generalitat. Pero una parte de los magistrados no se siente moralmente legitimada para deponer a quienes han salido de las urnas y, además está claro, que, por utilizar los propios términos del PdeCat, un “soldado” sustituiría a otro “soldado” en esos puestos de combate.

Todos los demás caminos pueden tener efectos disuasorios a priori y punitivos a posteriori, pero no bloquearían materialmente el referéndum. Y fiarlo todo a que el empeño colapse a las mismas puertas del 1-O por falta de urnas, papeletas, censo y colegios electorales es un planteamiento inquietantemente temerario. ¿Qué pasa si la capacidad logística, el poder de movilización y la propia astucia de la Generalitat resultan ser superiores a las expectativas del Gobierno?

La tesis de que, como mucho, se repetiría un sucedáneo como el del 9-N de hace tres años, sin credibilidad de ninguna clase, supone apuntarse de nuevo a la “doctrina de los huevos de Fray Ruperto” que evoqué el domingo 9 de julio. O sea jugar a que el referéndum “se celebre y no se celebre” al mismo tiempo. Pero esa ambigüedad calculada le funcionó hace cien años a Dato porque Cambó era al menos tan cerebral como él y le funcionó en 2014 al propio Rajoy porque Mas era al menos tan cobarde como él. Puigdemont, ya lo he dicho, es un kamikaze carlistón al que le bastarían unos bidones de votos para provocar el pavoroso incendio de una declaración unilateral de independencia.

El monstruo del pelo psicodélico se le ha escapado al doctor Frankenstein del soberanismo burgués de la manita de la CUP. La loca pareja avanza ahora mismo fuera de control, amenazando con derribar los propios cimientos del Estado y aplastar en el fango del ridículo a sus sedicientes defensores. No tiene apoyo racional, jurídico o diplomático alguno pero su fanatismo le convierte –sí, lo mantengo- en un terrorista suicida. Para Rajoy es como la araña que se precipita hacia el increíble hombre menguante en la penúltima secuencia de la película.

Scott Carey ha llegado a ser tan pequeño que, a sus ojos, el minúsculo arácnido procedente del jardín parece una especie de gigantesca tarántula prehistórica, impulsada por peludas columnas articuladas. Lo último que desearía es tener que plantarle cara; pero llega un momento en que comprende que no tiene elección. Que se trata de ella o él. Que tendrá que dar el do de pecho o será engullido por aquellas absurdas fauces tenebrosas. Por eso busca desesperadamente un arma con la que defenderse y echa mano del simple alfiler de un costurero que, transformado en aguerrida lanza, termina por ensartar a la arañita. No sabemos cuál será el artilugio legal de Rajoy, pero así terminará Puigdemont.

Culminada su hazaña, el increíble hombre menguante se siente como un héroe mitológico y da gracias a la benevolencia del Creador por haber propiciado su titánica supervivencia. Después se cuela entre las púas del rastrillo de una verja y prosigue su andadura hacia la nada, impotente ante cuanto le rodea, transformado en una raquítica molécula del coloso que un día los demás vieron en él. De sus imperceptibles labios brota la fe de vida más inaudible, jamás proferida: “¡Todavía existo!”.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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