Ante Hamas: ¿sólo exigir?

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa  (LA VANGUARDIA, 31/03/07):

Por Bajo la égida de una mediación saudí, Hamas y Al Fatah han acordado en La Meca la formación de un Gobierno de unidad nacional. Para gran alivio de la población palestina, que ya sufre bastante los efectos del endurecimiento de la ocupación israelí, los enfrentamientos armados entre los partidarios de ambos bandos políticos deberían – previsiblemente- darse por concluidos. Ahora bien, aun evitándose en tal caso una nueva y totalmente estéril degradación adicional de la suerte de los palestinos, tampoco existe factor de garantía alguno que permita augurar una mejora de la situación. En efecto, sería menester además que Israel aceptara la reanudación de las negociaciones con el nuevo Gobierno y que los países occidentales pusieran fin a su política de boicot. No obstante, Israel y Washington ya han anunciado que no aceptarán mantener contactos directos con el nuevo Gobierno a menos que reconozca explícitamente a Israel. De todos modos, el texto del citado acuerdo menciona los compromisos adoptados por los anteriores gobiernos palestinos y, aun sin mediar un reconocimiento oficial de Israel por parte de Hamas, cabría pensar que pueda tratarse de un primer paso en esta dirección. De modo manifiesto, el Gobierno israelí no ha querido tantear esta nueva senda. Y, como era de esperar, Estados Unidos adopta la misma postura.

¿Debe ello llevar a la Unión Europea a hacer lo propio?

Desde marzo del 2006, fecha en que formó Gobierno Hamas como vencedor en las elecciones palestinas, la Unión Europea siguió al respecto una línea trazada por Washington, el boicot económico y diplomático al Gobierno palestino mientras no cumpla tres condiciones: el reconocimiento de Israel, la renuncia la violencia y la aceptación de los acuerdos tomados por los anteriores gobiernos palestinos. Se trata de que Hamas reconozca a Israel o en su defecto resulte impopular a ojos de la opinión pública palestina al verse agravada su suerte por efecto del boicot. Sucede, sin embargo, que esta estrategia no ha rendido precisamente réditos positivos hasta la fecha. La situación de la población palestina ha empeorado en buena medida de modo que afirmar que es insoportable es ya quedarse corto. Evidentemente, no se ha progresado por la senda de la paz.

Si bien es deseable que Hamas cambie de postura, ¿es que puede confiarse en alcanzar tal objetivo mediante la actitud conminatoria de potencias extranjeras? El reconocimiento de Israel debe ser efectivamente el objetivo, pero no como requisito previo a cualquier tipo de contacto o relación con el Gobierno palestino. Las potencias occidentales se refieren con justicia al imperativo de la seguridad de Israel, pero yerran al no referirse nunca a la necesidad de seguridad en el caso de la población palestina. Sin embargo, lo mínimo que cabe decir es que la inseguridad de la población palestina es grande. Los palestinos deben tener derecho a su seguridad. Si estamos de acuerdo en que es deseable el cese de toda violencia, es menester exigir tal condición a todas las partes en litigio y, en consecuencia, igualmente al Gobierno israelí y no sólo a los palestinos. Durante los últimos meses las fuerzas armadas israelíes no han dado la sensación de que se contenían sobre este particular ni tampoco ha podido observarse ningún control apreciable de tipo político o jurídico sobre su actividad.

Desde hace tiempo se ha venido apuntando la contradicción consistente en reivindicar más democracia en Oriente Medio para, poco después, negarse a reconocer los resultados de tal política cuando no se adecuaban a las expectativas y deseos de las potencias extranjeras. ¿Es el mejor modo de comportarse de forma digna de crédito a ojos de la opinión pública de esos países? La democracia, por definición, es materia de decisión soberana de un pueblo y no puede depender de la aprobación de potencias extranjeras, menos aún si se trata de una potencia ocupante. En lugar de denunciar y criticar la llegada de Hamas al poder, mejor harían los países occidentales en preguntarse por las razones profundas de su éxito. La corrupción de la ANP se cuenta ciertamente entre una de las causas, pero el hecho de que quince años de negociaciones no hayan resultado en una mejora palpable de la situación económica y política de los palestinos es indudablemente otra de las causas, aún más decisiva. Desde el resurgimiento de la intifada la experiencia y los logros derivados de los acuerdos de Oslo se han malbaratado de forma sistemática, ya se tratara de acuerdos políticos o de obras de infaestructura. La Unión Europea ni siquiera se atreve a protestar por la destrucción de equipamientos pagados por los contribuyentes europeos a cargo de las fuerzas armadas israelíes. Los israelíes rechazan desde el 2002 la negociación con los palestinos, se trate de Yaser Arafat (considerado en su día cómplice del terrorismo), de Mahmud Abas (considerado figura demasiado débil) o de Hamas (considerado movimiento terrorista).

¿Puede, sin embargo, la potencia ocupante elegir a los representantes del pueblo ocupado? ¿O no estriba todo en un pretexto modificado al hilo de las circunstancias para no negociar en ningún caso? Y, en tal caso, ¿debe permanecer pasiva la comunidad internacional?

El boicot de la Unión Europea al Gobierno palestino, por tanto, constituye un error por diversos conceptos. No es de recibo exigir a un Gobierno que acceda a todos los requerimientos antes de entablar negociaciones con él dado que justamente la finalidad de las negociaciones es alcanzar un resultado. ¿Se halla la Unión Europea totalmente de acuerdo con Irán, Corea del Norte o el Gobierno sudanés? No. Pero no por ello les boicotea. ¿Juzga la Unión Europea que el Gobierno israelí toma en cuenta todas sus demandas? No, y no obstante alimenta intercambios con él. Tras la formación de un Gobierno de unión nacional tras una mediación exitosa de parte de Arabia Saudí, la Unión Europea no debe subordinar la reanudación de los contactos con este Gobierno a una luz verde de parte del Gobierno israelí o estadounidense. Se trata de su propio interés y credibilidad, la de la Unión Europea.

Puede apostarse que Hamas es capaz de mostrar una evolución similar a la de la OLP en su momento. E incluso cabe animarle a avanzar por este camino de forma positiva, persuadiéndole de que podrá incluso beneficiarse de ello. Pero no cabe exigirle que abandone la vía armada si se le cierran todas las opciones de naturaleza política.