Antes de que el gallo cante

No se trata de una referencia bíblica. Ocurre que Karl Rove -el gurú electoral de Romney- había predicho que Mitt Romney sería elegido presidente la mañana del 7 de noviembre, «antes de que cante el gallo». Se equivocó. El gallo cantó esta vez para Obama. Tirar a la papelera un presidente en ejercicio era una tarea heroica. Ayer, Mitt Romney, el blanco y millonario mormón, no pudo con el presidente idealista nacido en un hogar multirracial.

La victoria -aunque ajustada- era previsible. Ante todo por su legendaria suerte: la baraka de Barak Obama. Un ejemplo. En 2008, McCain había plantado cara -con éxito- al vendaval demócrata desatado por el mediático Obama. Pero la sorpresa de octubre de 2008 (adelantada a finales de septiembre) en forma de recesión económica, acabó con las esperanzas republicanas. El afroamericano -en un golpe de suerte- se montó en el desastre del crack y voló hacia la estratosfera electoral. Algo similar -aunque menos estridente- ha sido el paso del huracán Sandy. Para Obama, este «huracán mediático» ha sido la «tempestad perfecta». La sorpresa de octubre de 2012 ha puesto bajo los focos en un eficaz comandante en jefe, que el líder republicano Chris Christie (gobernador de Nueva Jersey) calificó de «formidable presidente». Algo así como si Carme Chacón calificara a Rajoy -en plena campaña contra Rubalcaba- de «candidato excepcional».

Pero la suerte no ha sido la única muñidora del triunfo del presidente. Han concurrido otros factores.

El primero, la organización. En 2008 Obama puso en marcha «la maquinaria política más poderosa de la historia». Millones de voluntarios recorrieron las ciudades norteamericanas casa por casa, calle por calle, en una operación a lo Stalingrado. En 2012 la ha mantenido. Ciertamente sin el grado de perfección a la que llegó entonces, pero superando a la máquina republicana. La palabra mágica, ayer y hoy, ha sido estrategia «digital». Como seguidor de las dos campañas he recibido los mensajes tanto de Romney como de Obama. Por uno del primero, fui sepultado por una avalancha del segundo. Incluso llegué a pensar que los electores del afroamericano podrían sufrir una suerte de fatigade guerra y desertar ante el ataque cyberpropagandístico. Me equivoqué: ha seguido funcionando la filosofíadelanuncio.

El segundo, la economía. Cuando cayó en mis manos una calcomanía que la campaña de Obama repartió a millones: «Osama bin Laden Is Dead & GM Is Alive», supe que la publicidad había dado en el clavo. Al mezclar un claro triunfo (la eliminación de Bin Laden) con un dudoso resultado (la economía), tapaba éste con aquél. Si a eso se suma haber frenado la recesión en su primer mandato, se comprende por qué Wall Street, al final, siempre apuesta por el vencedor. Si inicialmente se volcó sobre Romney (buena parte de los 1.000 millones obtenidos por su campaña salieron de cinco grandes bancos), en el tramo final se vio que, efectivamente, aun prefiriendo al candidato republicano, comenzaba a apostar por Obama. Basta pensar que en Intrade -una web financiera especializada- cinco días antes de la elección, un 64% de apostantes lo hacía por el presidente, con un aumento de 7 puntos en 15 días. El dato de que el «republicano independiente» y alcalde de Nueva York , Michael Bloomberg, también apostara inextremis por Obama se explica, entre otras cosas, por que es la décima fortuna norteamericana y propietario de un potente grupo de medios. Es verdad que desde Roosevelt ningún presidente había sido reelegido con un paro por encima del 7.2% (con Obama se ha llegado al 7.9%). Pero llega un día en que las leyendas dejan de serlo. Tampoco nunca un católico había sido presidente, hasta que llegó Kennedy; ninguno divorciado, hasta que entró Reagan ; ninguno negro, hasta que llegó Obama etc.

Nada comparable a la fidelidad de las minorías con el afortunado afroamericano. Para 2050 los estadounidenses blancos serán menos que los estadounidenses afroamericanos, asiáticos e hispanos. El voto de ayer de estas minorías por Obama adelanta el futuro. En 2012 ha vuelto a repetirse -a una escala menor, pero suficiente- lo que sucedió en 2008: entonces un 95% de los afroamericanos, 67% de los latinos y 63% de los asiáticos votaron por Obama. Desde luego, el voto joven y el femenino ha sido menos mayoritario que en 2008: pero lo suficiente para darle el empujón que necesitaba. Lo cual no es sorprendente. El partido republicano siempre ha tenido un problema con las mujeres: en 1996, Clinton derrotó a Dole por 16 puntos en el voto femenino; en 2008 Obama adelantó a McCain por 13 puntos entre las mujeres. Obama lo sabía y durante toda la campaña -para amarrar- incluso llevó la pulsera rosa de los luchadores contra el cáncer de mama. Un detalle pequeño, pero bien visible. No olvidó que las mujeres son más de la mitad del electorado y vota un 7% más que los hombres.

El epicentro de la victoria esta vez no ha sido Ohio. Pero se ha vuelto a cumplir el pronóstico de que ningún republicano gana la presidencia sin ganar en Ohio. De ahí la resistencia de Romney en aceptar su derrota en este estado. Aunque cinco días antes, nueve de los diez sondeos publicados daban un lento pero constante avance de Obama en ese estado, el afroamericano no dejó nada al azar. En ese ejercicio de degeneración progresiva que es una campaña electoral, lo visitó más de 20 veces. Toda la jornada del viernes la pasó allí, volvió el sábado, el domingo y el lunes. Nada de tiempos muertos. Había que ganar Ohio. Y ganó. Aunque esta vez no le era absolutamente necesario.

La campaña ha sido una locura. Como diría Joe Klein, «un cruce entre una película de catástrofes y canción country»: la alternativa de los debates, la utilización de Michelle Obama, Ann Romney y Bill Clinton, los huracanes sobre las dos convenciones, los gafes de unos y otros, la silla vacía de Clint Eastwood, varios miles de millones de dólares gastados, una lucha cainita entre dos vicepresidentes católicos (Biden y Ryan)…

¿Ahora qué? Pues ahora, comienza una etapa para Obama que siempre ha sido difícil para los presidentes: el segundo mandato. Una de las presidencias más populares que ha tenido EEUU, la de Ronald Reagan, estuvo a punto de naufragar en su segundo mandato por el escándalo Irangate. A la de Clinton le faltó un pelo con el sex-gate de la becaria Lewinsky. Bush jr vivió el suplicio de Irak. Nixon dimitió con el Watergate. Y así sucesivamente. Obama no lo empieza bien. Su magia está eclipsándose. El mesías de 2008 que iba a unir la nación tras él, la ha dividido sembrando discordia más que armonía. La polarización es tan extrema que los analistas comienzan a llamarle un «país bipolar». Obama ha ganado el Ejecutivo, pero ha vuelto a perder la Cámara de Representantes. ¿Será cierta la definición que ha hecho de él Ron Suskind: «Un carisma sin autoridad»? Tenemos cuatro años más para comprobarlo.

Rafael Navarro-Valls es catedrático, académico y autor de Entre la Casa Blanca y el Vaticano.

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