Antes la tribu que la información

Vivimos un tiempo de aniversarios y efemérides. Se abusa de ellos como forma de marcar la agenda pública, de crear contenido no pedido para llegar a las audiencias. Son la excusa perfecta para inundar de agotadores eventos e informaciones inocuas nuestras vidas.

Eso no significa que no haya aniversarios que valga la pena recordar y que raramente coinciden con los que publicitan los medios o los influencers.

Este año se cumplen cien años de la publicación del libro La opinión pública, escrito por el periodista y filósofo político (¿se puede ser ambas cosas a la vez?) Walter Lippmann en 1922. Un autor estudiado en las facultades de Comunicación, Filosofía y Políticas, especialmente en el ámbito anglosajón, pero que en España no deja de ser de culto ya que hubo que esperar a 2003 para disponer de una buena traducción (en la editorial Cuadernos de Langre) de este clásico.

Lippmann fue el primer autor que en una era mediática diagnosticó los fracasos de la democracia. Y eso le hace un autor actual. Ya en los años 20 escribió sobre "la inexistencia de un ciudadano omnicompetente y las limitaciones del periodismo para ayudar a los ciudadanos a alcanzar ese mínimo nivel competencial".

Su contribución más famosa en este sentido se halla en La opinión pública, libro en el cual Lippmann utiliza el término "estereotipo", por primera vez y fuera del ámbito de la impresión, para referirse a las preconcepciones, basadas en opiniones a priori, de naturaleza emocional, sobre las cuales la gente basa sus juicios.

En esta obra, Lippmann niega la mayor, desmitifica la noción de que los ciudadanos corrientes y molientes sean capaces de analizar los asuntos públicos con propiedad. También cuestiona la idea de que el hombre sea capaz de transcender su experiencia subjetiva mediante la razón, ya que es un ser fundamentalmente emocional.

Según Lippmann, lejos de usar criterios racionales o científicos como guías, la gente opina basada en emociones y prejuicios a los cuales denomina "estereotipos", y que define literalmente como "imágenes dentro de las cabezas" de los seres humanos.

Estas imágenes guían las decisiones de la gente en un mundo cada vez más complejo. Lippmann culpará a una prensa desinformada y a los propagandistas (gobiernos, marcas comerciales) de manipular al público en su favor. Acusa también a los políticos de ser meros seguidores de los deseos irracionales del público.

¿Quizás les suena? Vivimos la época que Moisés Naím en su último libro, La revancha de los poderosos, ha denominado "de los populismos, la polarización y la posverdad". Una época que se ha complicado considerablemente con la emergencia de internet y las redes sociales. Redes que actúan como cámara de resonancia de lo que dicen los medios.

Las redes lo viralizan e hiperbolizan todo. Todo lo hacen parecer más grande e importante. También más fugaz. Transforman un suceso noticioso en un plebiscito al modo de Woody Allen cuando se manifestaba "en contra" de la muerte hace años en una rueda de prensa.

Si bien Lippmann hace un siglo descartaba la capacidad del periodismo para proporcionar información veraz a una audiencia más o menos indefensa por sus propias limitaciones cognitivas, nunca cuestionó las intenciones de ambos de hacer su trabajo, es decir, informar e interpretar el mundo de la forma más fiel. De hecho, con cierta ingenuidad, Lippmann proponía dar más poder a los expertos y tecnócratas como una de las posibles soluciones.

En su lugar, hoy, en un mundo muchísimo más complicado y descentralizado en sus fuentes de información, nos encontramos con un consumo de noticias marcado por la sed de identidad de personas que perciben la información como mecanismo de adhesión o rechazo. Como sugiere Byung-Chul Han en Infocracia, "un enunciado ya no hace referencia alguna a hechos. Prescinde de toda racionalidad. No es criticable ni está obligado a justificar lo que sostiene".

El público (al que Lippmann calificó de "fantasma") busca en la información que los medios transmiten un sentimiento de pertenencia. Sentimiento que se manifiesta en retuitear o en dar un like para que quede evidencia de su inclusión en un grupo determinado. O en un acto de omisión, aunque uno sienta el impulso, para no cerrarse oportunidades. Es un consumo estratégico.

La construcción de las "imágenes en las cabezas de la gente" hoy se produce, no en ausencia de defecto como hace un siglo, sino de forma voluntaria y deliberada, como vehículo de identidad individual y colectiva. El público actual se encasilla aposta, probablemente como mecanismo de compensación en un mundo posreligioso, o al menos poscristiano, que en Occidente nos ha dejado sin asideros.

En un mundo global que va camino del posmaterialismo y en el que la adquisición de productos y experiencias cada vez nos distingue menos, la adhesión a cierta información y a ciertos hechos constituye un vehículo de identidad. Seguir a fulano de tal, compartir un video antivacunas o un podcast a contracorriente que habla de las bondades de la carne roja constituyen un acto de reafirmación personal.

La multiplicidad de verdades que caminan paralelas recuerda a las tiendas de moda donde se venden pantalones vaqueros con veinte o veinticinco cortes diferentes, todos ellos igualmente trendy.

El concepto de posverdad, entendido no como la apología de la mentira, sino de la idea de que la verdad no es alcanzable ni vale la pena luchar por ella, se complementa bien con el sentimiento de pertenencia que aporta la información como producto. Una información que erróneamente se percibe sin filtros, como si las diez o veinte primeras entradas de Google fueran un hecho empírico, indiscutible al estar basadas en algoritmos y datos.

Si la verdad no vale la pena, la gente construye su (una) verdad y la dota de una apariencia factual, como testimonian esas búsquedas inducidas en Google en las que el público trata de confirmar su wishful thinking.

A diferencia de hace un siglo, los gatekeepers (guardianes de las esencias informativas de los medios, normalmente redactores jefes y similares) desaparecen, o al menos lo hace su prestigio, y en su lugar el público valora el acceso primigenio a la fuente, al tuit de Donald Trump, de Pablo Iglesias o de Gerard Piqué. Lo que importa es a quién sigues o de quién te alimentas, más que el contenido en sí.

Lippmann fue una de las voces que se alzó frente a la tiranía de la mayoría, siguiendo una senda ya iniciada por autores como Alexis de Tocqueville, John Stuart Mill, Gustave Le Bon o Gabriel Tarde, que habían denunciado la irrupción de las masas en la vida pública.

En La opinión pública, Lippmann trató de reconciliar la importancia de reforzar el poder de la opinión pública al mismo tiempo que el mantenimiento de liderazgo social de los individuos más capaces.

Lippmann creía firmemente que parte de la misión de los líderes políticos era dotar de significado a los deseos de las masas debido a que, aunque en muchos casos esos deseos carecían de sentido, tenían una base real.

Cien años después, los problemas siguen siendo los mismos, y por eso hay que leerle. Pero las soluciones se antojan mucho más complicadas.

César García Muñoz es profesor de Comunicación en la Universidad Pública del Estado de Washington.

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