Antes y después del general McChrystal

La cultura estadounidense está saturada de imaginería, vocabulario, recuerdos y fantasías de carácter militar. Su militarismo no nació durante las guerras mundiales o en la guerra fría, sino que se remonta al origen de la propia República.

Muchos de los dirigentes de la insurrección antibritánica habían servido a la metrópoli en la guerra contra Francia anterior a la Revolución Americana. Aun siendo de gran importancia, esta fue un incidente dentro de la pugna europea por el continente americano, que precisaba de un esfuerzo bélico permanente. La nueva República dejó claro que su Ejército controlaría dicho continente, y desde el principio su Armada asumió una misión de alcance mundial.

Desde nuestro primer buque, el USS Constitution (que, simbólicamente, aún está en servicio), hasta los más modernos drones [aviones no tripulados], la historia de Estados Unidos conjuga el desarrollo económico y social con el perfeccionamiento sistemático de los más innovadores medios militares. Las Fuerzas Armadas no han dejado de nutrirse de una población cambiante, que ha alterado su composición étnica, racial y social a medida que la nación se iba desarrollando.

Cuando Hillary Clinton entró en el Senado decidió formar parte del Comité de Defensa con vistas a fomentar sus perspectivas presidenciales. Es frecuente que los candidatos a puestos corrientes exageren (y en ocasiones inventen) su historial militar, algo que, sin embargo, para ser tomado en serio tendría que ir acompañado de la consiguiente retórica belicosa. En 1972, el ex senador McGovern, cuando era candidato a la presidencia, fue tachado de cobarde por pedir el fin de la guerra perdida en Vietnam, pero durante la II Guerra Mundial, como capitán de bombardero, había realizado misiones de gran peligro.

Puede que quien visite por primera vez Estados Unidos y descubra libros, películas, videojuegos y series de televisión que ritualmente rinden homenaje a la profesión castrense piense que el país es una parodia electrónica de Esparta. Pero la parodia no se queda ahí. Un visitante alemán se quedó atónito al enterarse de que los sureños recrean regularmente batallas de nuestra guerra civil. “En Alemania nadie se pondría el uniforme de la Wehrmacht para recrear la batalla de Stalingrado”. Es cierto, pero la guerra civil sigue presente en las costumbres electorales del Sur, donde los republicanos se han olvidado de Lincoln para conmemorar a una Confederación ridículamente idealizada.

Durante la guerra civil, un profesor de literatura clásica de Maine, en cabeza de su regimiento, salvó a la Unión en la batalla de Gettysburg. Hoy en día se ahorraría la tediosa necesidad de combatir, invistiéndose de la vicaria valentía que conceden las columnas de opinión. Por cada general Petraeus doctor en Relaciones Internacionales por Princeton hay 10 o 20 expertos universitarios en guerras, cuya presencia en el campo de batalla se limita a las visitas guiadas.

Durante la guerra civil, las dos guerras mundiales, y también las de Corea y Vietnam, en Estados Unidos el servicio militar era obligatorio. En parte, la guerra de Vietnam terminó por el amotinamiento de los reclutas y desde entonces existe un Ejército profesional, en cuya tropa los afroamericanos, los latinos y los blancos de pocos recursos tienen una presencia desproporcionadamente abultada. Sus oficiales utilizan el Ejército para ascender socialmente, y cuestionar la competencia, moral o utilidad de este es políticamente peligroso, ya que gran parte del país compensa la carencia de un servicio militar obligatorio con un frenético patrioterismo.

Tal como demuestran nuestros repetidos desastres en el exterior, las instituciones civiles y militares están indisolublemente ligadas. Como fuerza social independiente, el Ejército ya tiene un papel desmedido en el funcionamiento de la democracia en Estados Unidos. Que algún día recurra a la fuerza dentro del país no resulta algo tan hipotético. Con frecuencia, son los militares los que llevan a cabo las detenciones y ejecuciones que, como arbitrarias medidas de excepción, legitiman una interminable “guerra contra el terror” que no deja de expandirse.

Oficialmente, el presupuesto militar representa casi el 5% del producto interior bruto, aunque según otros cálculos podría llegar al 7%. Todavía mayor podría ser el coste indirecto que ocasiona al distorsionar la distribución de recursos. Si el vigor del país se entendiera de otra manera, esos recursos podrían utilizarse para fines más constructivos y racionales.

Sin embargo, el presidente ha retirado expresamente el gasto militar del programa de la nueva Comisión Nacional sobre Responsabilidad y Reforma Fiscales. La guerra y la preparación de la misma se han convertido en un elemento clave para la economía y el sistema político. No hay ningún Estado ni circunscripción electoral sin instalaciones militares, fábricas de armas, laboratorios de investigación y programas universitarios financiados por el Ejército. Por eso es preciso que haya legisladores que acepten el presupuesto del Pentágono. El enorme coste del armamento hace necesaria su venta a otros países, lo cual hace inevitable la participación permanente en sus asuntos militares. El espionaje, las acciones clandestinas y las múltiples formas de intervención en otros países militarizan toda nuestra política exterior.

Las Fuerzas Armadas de EE UU son la única institución del país que se considera demasiado grande como para dejarla caer. Los intereses de los servicios armados y su cultura, encerrada sobre sí misma, poco pueden garantizar que sus capacidades vayan a estar siempre al servicio de los grandes valores democráticos.

El poco realismo del debate actual sobre Afganistán, donde nuestra presencia se justifica mediante multitud de explicaciones oficiales que, contradictorias y dispares, chocan entre sí, pone de manifiesto hasta qué punto las misiones militares se han convertido en algo alejado del pensamiento político sensato. Cuanto más grave es el error, más difícil resulta la rectificación, ya que reconocerlo dañaría nuestra “credibilidad”.

En Washington, el absurdo episodio de la autodestrucción del general McChrystal en una revista dedicada a la cultura pop se ha presentado como una gran crisis de la República. Quizás lo sea. Cuando era senador, el presidente Obama se mostró escéptico ante las propuestas de escalada de Petraeus en Irak, pero ahora, a pesar de las razones evidentes que apuntan a sus escasas posibilidades de éxito, le ha enviado a dirigir otra en Afganistán.

Los fundadores de la República eran hombres instruidos que conocían la Atenas y la Roma de la antigüedad. Atenas encalló en sus expediciones a Sicilia, mientras que los propios generales de la República de Roma la convirtieron en un imperio. ¿Se reconocerían esos fundadores en el actual Estado estadounidense? Se suponía que el Ejército garantizaba nuestra independencia y que la Armada protegía nuestros buques, poniendo en peligro a nuestros posibles invasores. Nuestro quinto presidente, James Monroe, quiso reducir al mínimo el poder europeo en el hemisferio occidental, pero nadie se habría imaginado a sus sucesores luchando en Afganistán.

Ahora el poderío militar estadounidense se justifica por sí solo, al tiempo que su conservación y en realidad su engrandecimiento se han tornado fines en sí mismos. El presidente ha destituido a un general díscolo. Su sucesor ha expresado con más corrección sus objeciones al cauteloso calendario de retirada de Afganistán de Obama. Pero, en ausencia de McChrystal, el presidente sigue enfrentándose a la indisciplina del militarismo nacional.

Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.