Anticipos chilenos

Desde los primeros pasos del segundo gobierno de Michelle Bachelet en Chile, tuve una impresión clara, que después se confirmó y de algún modo se completó. La transición chilena fue notable, original, imaginativa, pero estuvo lejos de ser un proceso unánime: no fue aceptada por buena parte de la derecha política de esos días y tampoco por fuertes sectores de la izquierda. La concertación de centro izquierda, en su día, en su circunstancia, fue un buen invento, una fórmula adecuada para alcanzar la gobernabilidad del país, la unidad dentro de una relativa diversidad, pero no tuvo más remedio que excluir a la izquierda revolucionaria y, desde luego, a la derecha pinochetista. Fue una coalición más bien amable, tolerante, amiga de las soluciones negociadas, y supo instalar en el país una noción esencial: la supremacía del poder civil sobre toda forma de intervencionismo militar. Hubo accidentes en el camino, pero me gustaría saber si en algún país ha sido posible hacer una transición pacífica, aceptada por la mayoría, sin dificultades de transcurso. La transición española es un ejemplo notable, y sus implacables críticos son personajes que conocemos mucho por estos lados.

Muchas veces observé que la Nueva Mayoría de este último tiempo, instalada con Bachelet en el poder en 2014, hasta en cuestiones de lenguaje, de retórica, puesto que eso de gobernar como una «retroexcavadora», como se dijo en su día, era una metáfora, estuvo dominada por sectores que no habían aceptado nuestra pacífica y pactada transición: fuerzas comparables al Podemos de la España actual o al Frente Amplio del Chile de ahora. Pues bien, el cambio de ministros de Hacienda y de Interior en la mitad del período presidencial fue un freno, un signo claro de rectificación. Fue pasar de soluciones radicales, fundacionales, a un respeto mayor del mercado y del Estado de Derecho. A poco andar se vio, sin embargo, que era una rectificación a medias, confusa, no enteramente asumida. El ministro del Interior demócrata cristiano, Jorge Burgos, tuvo que salir de su cargo al poco tiempo, y el ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, hizo esfuerzos valiosos para acercarse a los equilibrios económicos esenciales, pero ha salido del gobierno ahora, a pocos meses del cambio de gobierno, y junto con el resto de su equipo económico, de bastante mala manera. Los ministros nuevos actúan con evidente prudencia, conscientes de los efectos perturbadores de este episodio, pero las divergencias de fondo entre el equipo económico y el ejecutivo, que son diferencias entre el populismo oficial y una socialdemocracia razonable, se han disimulado algo, pero no han desaparecido.

Andrés Velasco, ministro de Hacienda del primer gobierno de Michelle Bachelet, consiguió mantener entonces un manejo de las finanzas moderno, racional, secreto del éxito de la Bachelet de esos días y explicación, por contraste, de su fracaso actual. El mismo Velasco, a quien se podría definir como economista con ribetes interesantes de cultura humanista, comentaba hace poco que en el período actual se gobierna a punta de lugares comunes, de frases hechas, de estereotipos. Esto de Nueva Mayoría, sin ir más lejos, es una típica frase hecha, porque hace rato que ha dejado de ser mayoría, y de nueva nunca tuvo mucho. Me considero en mis años más que maduros una persona de centro liberal, con una fuerte preocupación de orden social, como me describió hace poco una periodista del diario argentino «Clarín», y aprecio los esfuerzos de Velasco y de muchos otros por formar un centro coherente, de progreso real, no puramente verbal, con ideas que se estudian a fondo y se escuchan. Discrepo, sin embargo, en un punto. Velasco dijo por ahí que no quiere votar por la centroderecha porque no quiere «derechizarse». Yo creo que la vida política del Chile de hoy está llena de tabúes, de temores, de vetos internos. Lo importante para mí, en la coyuntura actual, es que el primer gobierno de Sebastián Piñera respetó en plenitud el Estado de Derecho. Fue el gobierno de una centroderecha democrática, más allá de que fuera bueno o malo. La centroizquierda de ahora, la de Alejandro Guillier, no tiene verdaderos escrúpulos frente a los populismos y los extremismos regionales. Su vocera llegó a declarar que el régimen de Maduro en Venezuela es democrático porque fue elegido en elecciones populares. ¡Como el de Adolfo Hitler! Esperé un desmentido de alguna clase, y no se produjo; se mantuvo esa vocería y se agregaron otras, lo cual es una típica decisión débil. Por mi parte, pienso que el «peligro» no consiste en derechizarse ni en izquierdizarse. El peligro consiste en desinformarse y entontecerse. Como decía un personaje de Paul Valéry, que pocos recordarán en el Chile y quizá en la España de estos días, Monsieur Teste: «La bétise n’est pas mon fort» (La tontería no es mi fuerte).

En la coyuntura de hoy, me parece que una alianza del centro liberal, laico o demócrata cristiano, con una centroderecha democrática, es la alternativa mejor, quizá la única, y no tiene por qué significar una pérdida de identidad de los sectores centristas. En esa línea, es interesante la voluntad democrátia de la derecha de ahora, y me alegra comprobar que existen esfuerzos serios para consolidar el centro y para recuperar el sentido originario de la democracia cristiana, partido que perdió el rumbo hace un buen rato. Y si el socialismo nuestro entiende que la socialdemocracia y el extremismo revolucionario son como el agua y el aceite, que la socialdemocracia alemana, por ejemplo, fue el enemigo declarado y principal del leninismo y del estalinismo, adelantaremos un buen trecho. Me acuerdo ahora de una conversación de hace largas décadas con el senador socialista Raúl Ampuero, que me decía en el París de comienzos de la década de los setenta que «avanzar sin transar», lema que florecía entre nosotros, era equivalente a «avanzar sin pensar». Avanzamos en esos días sin pensar mucho y chocamos con realidades feroces. Es de esperar que avancemos, ahora, pensando, con el máximo de lucidez y con el máximo, también, de prudencia. Así podremos consolidar, además, nuestra participación en una Alianza del Pacífico ampliada a Argentina, a Costa Rica, y quizá a otros países iberoamericanos. Parece utópico, pero es una utopía perfectamente posible, contemporánea, sin lugares comunes, sin estereotipos anacrónicos y tramposos.

Jorge Edwards, escritor.

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