Antonio baja la persiana

Antonio cierra su negocio. Ha hecho sus cuentas y después de mucho cavilar ha decidido bajar la persiana. Lleva trabajando desde los ocho años. Aunque su aspecto no delata su edad, ronda los sesenta. Tiene cuarenta años cotizados. Ha pensado que con dedicarse solo a la agricultura tiene más que suficiente. Cuidará sus más de dos mil olivos, las tierras de la familia y 'prou'. Está cansado y, sobre todo, desincentivado viendo que la crisis no remonta. El pueblo no es lo que era, él ya no se siente joven y, antes de hacerse más viejo, quiere ver algo más de mundo. Quiere disfrutar de las cosas que no ha podido hacer porque siempre ha tenido que estar al quite, atendiendo amablemente a unos y otros. Con horarios de jefe que ningún asalariado aceptaría. Jornadas que empiezan temprano, acaban a las tantas y empalman con la siguiente. Eso, cuando todo funciona, porque también hay días sin ingresos, con más pérdidas que ganancias, con muchos ratos viéndolas venir. Son muchos años y, últimamente, mucho tiempo para pensar.

Recuerda con claridad aquel primer momento, de crío, cuando su padre le dijo que se pusiera tras la barra a ayudarle. Desde entonces, en distintas circunstancias y pasando por diferentes altibajos, no ha parado de servir y atender a públicos de todo tipo. En su juventud incluso se multiplicaba haciendo repartos en una panadería. Hasta en la mili le tocó, con cierta suerte, estar en la cantina de oficiales. No fueron malos momentos. Aprendió cosas nuevas, hizo amigos. Le permitió salir y ventilarse. Solo más tarde, en su viaje de novios a Brasil con su esposa María y luego a la playa con su hijo, se han permitido unas pocas semanas de vacaciones dosificadas en el tiempo. Las justas. No podía, ni quería, dejar el pueblo y a sus clientes sin servicio.

De Antonio y su familia dependen el bar, el restaurante, una casa rural y la tienda de ultramarinos, que tiene todo aquello que uno necesita cuando se ha olvidado. Tienen pan del día y reciben uno de los pocos Heraldos -si no es el único- que llega al lugar diariamente, salvo domingos. Además ofrecen wifi abierta a sus clientes. Fue el primero, antes de la explosión de internet y los móviles. Desde que lo conozco, las mejores partidas de guiñote se juegan en su local y, cuando toca, se viven los partidos de fútbol o de baloncesto en su televisor. Es el centro neurálgico y social del pueblo, mucho más que el ayuntamiento o la iglesia. Su cierre va a ser un verdadero problema, por no decir una hecatombe. Echará la persiana a fin de mes. Los demás echaremos de menos su negocio. Nos daremos cuenta de lo importante y necesario que es. Mientras, él quiere aburrirse y descansar.

Antonio sirve de paradigma de lo que sigue sucediendo en muchos lugares de nuestro país, de Aragón. No somos capaces de vertebrar nuestro territorio ni de revertir el fenómeno de la despoblación rural. Hemos alimentado la gran metrópoli zaragozana, algunas cabeceras de comarca y poco más. Nuestros pueblos entraron hace décadas en una espiral de desidia y desanclaje que ha provocado una situación que es irreversible. Las políticas públicas no han ayudado para nada a la consolidación de una urdimbre rural que retenga población y tejido empresarial. No se trata de inventar nuevos aeropuertos, plataformas logísticas, parques temáticos o circuitos de carreras -que también-; se trata de apoyar más y mejor desde el conjunto de las administraciones públicas a emprendedores, a jóvenes agricultores, a empresarios y autónomos que, teniendo ganas, encuentran multitud de dificultades porque no se cuenta con ellos y ellas. Además, los servicios, las prestaciones que se disfrutan en la capital también tendrían que tener su correlato en los pueblos. Si no se pone fácil donde es difícil, no quedarán ni los gatos.

Ahora sirven de segunda residencia para vacaciones y fiestas de gentes más o menos satisfechas de la vida urbana, pero son especialmente 'geriátricos' autogestionados para yayos y yayas que se valen por sí mismos. Cuando cascan, al moridero. Si seguimos así, el futuro que tenemos por delante va a ser muy distinto de lo que hemos conocido. Sin embargo, bien gestionado esto podría ser mucho mejor. Bastaría con coordinar las inversiones públicas, la fis-calidad de determinadas actividades y las iniciativas de apoyo de las administraciones. Pero eso sería un milagro. ¿Se imaginan?

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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