Antorcha policial

Por Teo Santos, ertzaina y miembro de Bakeaz (EL CORREO DIGITAL, 18/11/06):

La acción de prender vivo a un policía es conocida en Euskadi y en el resto del mundo. Es una táctica dentro del arsenal de los extremistas violentos contra el sistema, utilizada en muchas ocasiones, a veces en el civilizado Occidente, con más frecuencia en lugares de mayor brutalidad, y en alguno, como en Haití, se los han comido una vez asados. Noticias y testimonios de policías abrasados y rociados para pegarles fuego los hay en archivos y hemerotecas. En nuestro caso vasco, integrantes de la conocida como ‘kale borroka’ lo han hecho repetidas veces contra ertzainas, como antes también lo hicieron con agentes de las diversas policías a las que se han enfrentado. Además, la realidad es que en ocasiones estos ataques quedan impunes, con lo cual se anima a la repetición de los atentados, que sirven a sus intereses políticos, por duro que nos parezca a quienes resaltamos el valor fundamental de la vida humana; sobre todo ante la atrocidad de los daños por quemaduras.

En la distancia cuantitativa, el planteamiento de la ‘guerrilla urbana’ que sigue la ‘kale borroka’ reproduce los esquemas (reducidos) del enfrentamiento bélico. Es una labor meditada y promovida expresamente, repetida en el tiempo. Por lo tanto, no estamos ante ‘locos, energúmenos, chiflados o incontrolados mafiosos’, como pretenden mostrar los medios nacionalistas. Emplean tácticas de agresión que buscan el amedrentamiento del ‘enemigo’, para imponer sus decisiones, aunque sea a costa de enormes sufrimientos humanos. El acto de quemar vivo al policía local en Bilbao pretende la consolidación de un espacio abertzale, ‘libre y alternativo’ puede que lo llamen, en una zona determinada, para lo que tienen que conseguir el repliegue policial de lugares que consideran suyos, demostrando, además, la viabilidad de la violencia (ratificación de su fuerza). Ya lo habían conseguido con la Ertzaintza, cuyos agentes no están en la práctica por el Casco Viejo bilbaíno, salvo en contadas ocasiones (como tampoco acceden al recinto festivo de la Aste Nagusia, ni al Casco Viejo donostiarra o al centro de Rentería, etcétera). Hubo un jefe de la Ertzaintza en Bilbao que llegó a pasear de uniforme por la zona señalada, pero sus superiores lo apartaron del cargo.

Así que no es extraño que repitan agresiones que les han salido ‘rentables’. Incluso se entenderá que sus atentados afecten a agentes con cuya actividad mantenían un cierto comedimiento, pero ante los cuales han cambiado, porque ahora han visto coaccionada legalmente una de sus formas de ‘expresividad social’, el botellón. Teníamos que haber aprendido que son gente que se revuelve cuando no se sale con la suya; fue el caso de la paliza brutal al sargento de la Policía Municipal de Bilbao cuando intervino ante la realización de pintadas. Es algo que en las policías locales del País Vasco conocen bien, pues han padecido asesinatos cuando ETA lo ha decidido, así como agresiones y amenazas cuando se han implicado en tareas que las personas de la izquierda abertzale entendían ‘inapropiadas’, aunque fuera la destrucción de mobiliario urbano o el incumplimiento de ordenanzas municipales (carteles, ruidos…). A pesar de que los miles de policías locales que hay en Euskadi han quedado fuera del enfrentamiento directo contra ETA, y de otras formas de violencia, también se ven afectados cuando se cruzan en el camino de esa gente.

Las personas que han atacado a los agentes municipales utilizan la destructividad para salirse con la suya. Llevan a cabo acciones como las que ya analizó certeramente Erich Fromm en su ‘Anatomía de la destructividad humana’, diferenciando su práctica motivada por orígenes espontáneos, por los caracteres de sus ejecutores o por el empleo del sadismo y la necrofilia. En efecto, hay que ser un sádico para querer quemar vivo a un semejante, como necrófilo al pretender que esa muerte (brutal) puede aportar réditos para su causa, pero tanto Fromm como los estudiosos posteriores destacan la conciencia de la violencia ejercida por quienes la ejecutan. En uno de los tipos estudiados, que ahora podemos relacionar con nuestro caso, llega a exponer: «Si analizamos la realidad psíquica de esos hombres, descubrimos que eran destructores y no revolucionarios. Odiaban no sólo a sus enemigos sino a la vida misma». Quien pretenda ‘contextualizar’ el atentado de Bilbao volverá a cometer la tropelía de faltar a la cruda realidad, porque motivaciones, razonamientos y elementos de análisis podemos exponer muchos, cada cual los que estime convenientes, pero eso no ha de desviarnos de la necesidad de afrontar el problema de fondo: la falta de respeto hacia la vida del prójimo, la desconsideración de los derechos humanos más elementales.

Tenemos que deslegitimar la violencia como instrumento de acción política, de raíz, en este caso como en tantos otros. Ahora mejor que después, ya que no fue antes. Relata Cristina Cuesta en su imprescindible libro titulado ‘Contra el olvido’ (pp. 110 y ss.) el caso de dos ertzainas también quemados vivos. Uno de ellos fue apedreado mientras buscaba ayuda, abrasándose sin que nadie lo auxiliara, hasta que desenfundó su pistola para que un conductor lo trasladase a un hospital. Hay más casos, pero después de un tiempo, corto, de estupefacción y alguna, poca, solidaridad efectiva, volvemos a la parsimonia cotidiana. Ninguno de esos dramas, atrocidades humanas, ha conseguido promover efectos inhibitorios, ni ha removido factores morales convencionales ni genuinos, hasta que sucede el siguiente acto destructor. ¿Tan enfermos estamos en el País Vasco con el virus de la violencia?

Pero desechemos el pesimismo, porque hay mucho por hacer. Es la ‘fe racional’ del citado Fromm, aquélla que ambiciona actuar con «clara conciencia de todos los datos relevantes», que se opone a la desesperanza, como factor destructivo, que desanima y confunde. Nada de frustración, o la justa, porque en dosis mayores queda para quienes pretendieron quemar vivo al policía, incapaces de crear nuevas formas de vida a partir del respeto a los seres que convivimos. Tal vez podamos exponer en otra ocasión más consideraciones al respecto de este tipo de atentados, porque, por desgracia, todo apunta a que seguirá habiéndolos, pero al menos que no nos engañen con su rebeldía falaz. Lo dijo el mismo Fromm: «El pensamiento radical y crítico sólo dará f rutos si se mezcla con la calidad más preciosa que tiene el hombre: el amor a la vida». Queda mucho por delante, pero hemos de perseverar en el camino hacia la paz, alumbrados por el compromiso humanista, cada cual con su antorcha vivificadora; lo del policía convertido en antorcha es otra cosa.