Antropología de un personaje público

De forma implacable, se han ido acumulando poco a poco a lo largo del tiempo (ya nos aproximamos a las dos décadas) los distintos materiales que ahora nos presentan en toda su evidencia la figura de quien ha dado su tono a este periodo, Silvio Berlusconi. Con una suerte de irresistible perentoriedad, se nos muestran de forma cada vez más manifiesta los rasgos de una personalidad en cierto modo emblemática de cómo resulta posible hoy asomarse a la escena pública, conquistarla, marcar sus señas de identidad. Nace de ahí una nueva antropología, que no es únicamente la suma y la exhibición de viejos vicios italianos, sino el efecto de su amalgamamiento con la posmodernidad del sistema mediático, con la eliminación de la distinción entre esfera pública y esfera privada, con la personalización extrema de la política.

Así pues, ¿se postula una vez más Italia como laboratorio inquietante, como lugar de anticipación y experimentación de modelos? Ya ocurrió así con Mussolini, que sedujo incluso a las opiniones públicas de los países democráticos con su empuje. Hoy en día, esas opiniones públicas asisten estremecidas y, por desgracia, algo divertidas a la senda italiana hacia el “buen gobierno”. Cuánta razón tenía el viejo Marx cuando decía que los hechos y los personajes de la historia “se presentan, por decirlo así, dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Solo que se trata de una farsa que atrae sobre nosotros el escarnio de los extranjeros, y no hace excesiva gracia a los italianos. Y esas palabras, recordémoslo, aparecían casi como epígrafe de aquel clásico de las desaventuras de la democracia que es El 18 brumario de Luis Bonaparte, el otro Bonaparte, no ese Napoleón con quien Berlusconi tuvo la osadía de compararse, anunciando para sí mismo un luminoso futuro como legislador. Aquí la antropología se tiñe de megalomanía, la propia de su autorrepresentación como salvador del mundo, como consejero indispensable de todo jefe de Estado o de Gobierno con quien tenga la ventura de tropezarse.

Quienes incitaban a captar en el berlusconismo rasgos de innovación, deberían reflexionar hoy no tanto sobre las modernizaciones autoritarias del siglo anterior, sino más bien sobre las modalidades de esta novísima modernización a la italiana. No cabe duda de que Berlusconi supo presentarse ante la República Italiana en el momento de su máxima crisis y postularse como “artífice” de la confederación de las fuerzas opuestas al centro-izquierda. Sin embargo, por muy indiscutible maestro en las campañas electorales que sea, no ha sido capaz de transformarse en hombre de Gobierno. De manera que, hoy en día, no solo su confederación se está desmigajando, sino que ha terminado con Fini como adver-sario y con Bossi como amo y señor.

Su fiel y antiguo colaborador Fedele Confalonieri invoca ahora una mayor moderación de costumbres y lo incita a volver a sus orígenes. Empresa imposible, porque es precisamente el entrelazamiento de excesivos vicios privados y de ninguna virtud pública la base de su fortuna. De esta manera, las dos recientes “modernizaciones” italianas, la del líder socialista Bettino Craxi y la de Berlusconi, parecen compartir el mismo desenlace: una herencia de escombros. Pero si la víctima de Craxi fue únicamente el partido que dirigía, hoy corre el riesgo de serlo la propia democracia italiana.

En realidad, Berlusconi ha llevado a término esa mutación genética entrevista por Enrico Berlinguer en tiempos del craxismo triunfante, y que ahora se encarna en una nueva y prepotente antropología, que tiende a trasvasar una autobiografía personal en la autobiografía de una nación. Podrá no haber gobernado, pero es indudable que Berlusconi ha transformado Italia. Lo ha hecho a través del uso de sus cadenas televisivas que, intencionalmente, fuerzan la regresión de los telespectadores a niños incultos; que los degradan no a consumidores, sino a “consumidos” por la publicidad (como escribe Benjamin Barber); que los entregan a una información manipulada. Cuando “entró en liza”, por usar su propia expresión, tenía ya listo su electorado, fruto de una transformación en la que ya podían captarse los rasgos del populismo berlusconiano: la exhortación directa a los ciudadanos que, convocados en la plaza, eran azuzados contra el enemigo u obsesivamente llamados a responder “sí” ante cualquier pregunta; la reducción de las personas a “carne de sondeo”; las mujeres no vistas siquiera como objetos respetables, sino como pura carne de contemplación (las premonitorias chicas de las Mama Chicho) o de la que adueñarse. No el “amor por las mujeres”, sino las mujeres como su personalísimo “logotipo”.

El carácter posesivo de esta antropología política es evidente. El poder como ejercicio de toda forma de pulsión, con un anhelo de apropiación que no tolera límites. La bulimia de querer apoderarse de todo y el desconcierto que se apodera de él cuando se le pide que respete ciertas reglas, que se someta a ciertos controles. Propietario de todo. De las instituciones. De las personas que lo rodean, sean estas fieles o traicioneras. De la propia verdad, que modifica a su gusto.

El sentido del Estado democrático se ha perdido, y en su lugar hallamos el Estado patrimonial donde los recursos públicos están a plena disposición del soberano. Un Estado personal, donde rige la voluntad del príncipe, liberado de las leyes. Y aquí podemos captar otro rasgo originario de esta antropología. La del empresario, para quien la democracia debe detenerse a las puertas de la fábrica. La del dirigente industrial, que selecciona a secretarias “de buena presencia”.

El caso Ruby es la síntesis, el epítome, la revelación definitiva de todo esto. Sin frenos, Berlusconi subyuga a su voluntad los cuerpos del Estado. Se erige en gestor de la vida de las personas, indiferente a toda regla. Se manifiesta como representante de una burguesía esencialmente acaparadora, que tiene la convicción de poder adueñarse de todo lo que está a su alcance. ¿Será esta la razón de su éxito, la nueva antropología del italiano?

Pero se abre camino también la conciencia de que se ha sobrepasado todo límite, de que ya no es posible aceptar cualquier manifestación de prepotencia. He aquí, pues, que acuden en su socorro quienes le construyen una justificadora genealogía erótica de estadistas, evocando a Cavour y a Kennedy (aunque no haya sido recordado, según creo, el presidente de la República Francesa Félix Faure, que murió en un salón del Elíseo, víctima de los cuidados de una precursora de Monica Lewinski: lo añado yo, dado su peso).

Otros dicen que en Italia così fan tutti, prevaricando, llamando a prefectos y comisarios. A través de la justificación de Berlusconi se entrevé una autoabsolución de masa. Pues no, todo lo contrario, es el momento de acabar con estas miserables descripciones del carácter de los italianos y empezar a buscar lo que en otros tiempos se llamaba una “redención”.

Stefano Rodotà, catedrático de Derecho Civil en la Universidad de Roma La Sapienza y ex diputado en el Parlamento italiano. Traducción de Carlos Gumpert.