Apocalipsis Now… Casi

Hace unas semanas estaba leyendo el libro número 80 (el penúltimo) de Agatha Christie, Pasajero para Frankfurt, y su vigencia me impactó. Es su novela más personal e íntima y, al mismo tiempo, la más política. Expresa su confusión personal, su sentimiento de total desconcierto ante lo que sucedía en el mundo a finales de los 60 -drogas, revolución sexual, protestas estudiantiles, asesinatos…-, así que no es de extrañar que no sea una novela de detectives, y que en ella no haya asesinatos, ni lógica ni conclusión. Ese sentimiento de colapso del esquema cognitivo más elemental, ese miedo abrumador al caos, queda claro en la introducción de Christie a la novela: “Mira en el espejo de la Inglaterra de 1970. Lee la primera plana todos los días durante un mes, toma notas, valora y clasifica. Cada día se comete un asesinato. Una muchacha estrangulada. Una mujer mayor asaltada para robarle sus magros ahorros. Jóvenes y adolescentes que atacan o son atacados. Edificios y cabinas de teléfono destrozados y saqueados. Tráfico de drogas. Robos y asaltos. Niños desaparecidos y cadáveres de niños asesinados localizados no lejos de sus casas. ¿Puede esto ser Inglaterra? ¿Es Inglaterra realmente así? Aún no, pero podría llegar a serlo. Comienza a despertarse el miedo, miedo a lo que puede llegar a ser. Y no sólo en nuestro país. Textos más breves en otras páginas nos informan de lo que sucede en Europa, en Asia, en las Américas, noticias de todo el mundo. Secuestro de aviones. Violencia. Disturbios. Odio. Anarquía. Cada vez es más intenso. Todo parece conducirnos al culto a la destrucción, al placer de la crueldad. ¿Qué significa todo esto?”.

Así que, ¿qué significa todo esto? En la novela, Christie aporta su respuesta: una terrible conspiración a nivel mundial que tiene algo que ver con Richard Wagner y El Joven Sigfried…¿Cómo? Leemos que, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, Hitler acudió a una clínica psiquiátrica, se reunió con un grupo de personas que pensaban que eran Hitler, y se intercambió con uno de ellos, sobreviviendo así a la guerra. Después escapó a Argentina, donde se casó y tuvo un hijo al que marcaron con una esvástica en el talón. Mientras tanto, en el presente, las drogas, la promiscuidad, y las protestas estudiantiles son fenómenos provocados todos ellos de forma encubierta por agitadores nazis que quieren instaurar la anarquía para poder restablecer el dominio nazi a escala mundial…

Esta “terrible conspiración mundial” es, evidentemente, la más pura fantasía ideológica: una extraña condensación del miedo a la extrema derecha y a la extrema izquierda. Lo menos que podemos decir en favor de Christie es que atribuye el origen de la conspiración a la extrema derecha (neonazis), y no a los habituales sospechosos (comunistas, judíos, musulmanes…). No obstante, la idea de que los neonazis estaban detrás de los estudiantes en las protestas del 68 y de la lucha por la liberación sexual, aunque loca, es testimonio de la desintegración de un esquema cognitivo coherente a nuestra difícil situación: Christie se ve obligada a refugiarse en esta paranoica invención como única forma de aportar cierto orden y significado a la confusión y el pánico absolutos que sentía. Pero, ¿es su visión realmente demasiado loca para ser tomada en serio? ¿Acaso no es nuestra era con líderes como Donald Trump y Kim Jong-un tan demente como su visión? ¿No somos todos nosotros hoy en día un montón de pasajeros para Frankfurt?

Cabe mencionar que la respuesta de Christie refleja la idea fascista de la conspiración judía: hay un gran complot nazi de trasfondo que lo explica todo… Hoy en día, la extrema derecha populista propone una explicación similar para la amenaza musulmana inmigrante. En el imaginario antisemita, el judío es el máster invisible que maneja secretamente los hilos, razón por la que los inmigrantes musulmanes no son los judíos de hoy: son demasiado visibles, no invisibles; está claro que no están integrados en nuestra sociedad; y nadie sostiene que manejan los hilos. Si alguien ve un complot secreto en su invasión de Europa, los judíos tienen que estar detrás, como fue el caso en un texto recientemente publicado en un semanario esloveno de derechas en el que se podía leer: “George Soros es una de las personas más depravadas y peligrosas de nuestro tiempo”, responsable de “la invasión de hordas de negros y semitas, y del ocaso de la Unión Europea (…) como el típico sionista seguidor del Talmud, es un enemigo mortal de la civilización occidental, del hombre europeo blanco, del Estado-nación”.

¿Es esta repugnante fantasía que aúna antisemitismo e islamofobia tan diferente de la que escenifica Christie? ¿No son ambas un intento desesperado de ubicarse en tiempos confusos? Las extremas oscilaciones en la percepción pública de la crisis coreana son en sí mismas significativas. Una semana se nos dice que estamos al borde de la guerra nuclear, luego tenemos una semana de respiro, y después la amenaza de la guerra vuelve a explotar… Cuando visité Seúl en agosto de 2017, mis amigos me dijeron que no existía una amenaza seria de guerra, pues el régimen norcoreano no la sobreviviría, y ahora las autoridades surcoreanas están preparando a la población para una guerra nuclear.

En una situación así, con el apocalipsis en el horizonte, no deberíamos olvidar que la lógica estándar de la probabilidad ya no se aplica. Necesitamos una lógica diferente descrita por Jean-Pierre Dupuy en Pequeña metafísica de los tsunamis (2005): “El acontecimiento catastrófico está inscrito en el futuro como un destino, cierto, pero también como un accidente contingente. Es la materialización del acontecimiento -el hecho de que ocurra- lo que retroactivamente crea su necesidad”. Dupuy aporta el ejemplo de las elecciones presidenciales de mayo de 1995. Esto era lo que pronosticaba el principal instituto de sondeos del país: “Si el próximo 8 de mayo, el señor Balladur sale elegido, se podría afirmar que las elecciones presidenciales se decidieron antes de que tuvieran lugar”. Aplicado a las recientes tensiones en Corea, esto significa que si la guerra estalla, será necesaria e inevitable; si la guerra no estalla, todo habrá sido una falsa alarma. Según Dupuy, así es como deberíamos enfocar también la posibilidad de una catástrofe nuclear (o ecológica): en lugar de valorar las posibilidades de la catástrofe de manera realista, debemos aceptarla como nuestro destino, como inevitable, y entonces, en el contexto de su aceptación, movilizarnos para llevar a cabo las acciones que cambiarán nuestro propio destino e introducirán una nueva posibilidad en la situación.

Necesitamos nada menos que un movimiento antinuclear nuevo y global, una movilización que ejerza presión sobre las potencias nucleares y actúe de manera agresiva, organizando protestas y boicots en masa. Debería centrarse no sólo en Corea del Norte, sino también en las superpotencias que se arrogan el derecho a monopolizar armas nucleares. La mera mención pública del uso de armas nucleares debería tratarse como un acto criminal. Y los líderes que expresan públicamente que están dispuestos a poner en peligro millones de vidas de personas inocentes para proteger sus reinos deberían ser tratados como los peores criminales.

Hasta ahora, cada cultura educaba y disciplinaba a sus propios miembros y garantizaba una paz cívica entre ellos bajo la forma del poder del Estado. Pero la relación entre diferentes culturas y Estados estaba permanentemente bajo la sombra de una posible guerra, siendo cada situación de paz nada más que un armisticio temporal. Tal como lo conceptualizó Hegel, toda la ética de un Estado culmina en el acto más grande de heroísmo, la disposición para sacrificar la propia vida por el Estado-nación, lo que significa que las salvajes relaciones bárbaras entre los Estados sirven como base de la vida ética dentro de un Estado. ¿Es Corea del Norte, con su despiadado afán por conseguir armas y misiles nucleares con los que golpear objetivos distantes, el mayor ejemplo de esta lógica de soberanía incondicional del Estado-Nación?

En el momento en que aceptamos plenamente el hecho de que vivimos en una nave espacial llamada Tierra, se impone la tarea urgente de civilizar las propias civilizaciones, de imponer la solidaridad universal y la cooperación entre todas las comunidades humanas. Una tarea que el continuo aumento de la heroica violencia sectaria, religiosa y étnica, y la disposición a sacrificarse uno mismo (y al mundo) por una causa específica hace cada vez más difícil.

Slavoj Zizek, filósofo y crítico cultural, es profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Sus últimos libros son Antígona y Porque no saben lo que hacen, ambos publicados en Ediciones Akal.

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