Apologética de andar por casa

Desde siempre los seres vivos e incluso los inertes que nos rodean se dirigen o son dirigidos hacia su destino: las tierras todas, como los mares, se mineralizan para ser alimento de yerbas, plantas, vegetales y árboles que, a su vez, regalan sus cuerpos y frutos al placer del rey de la naturaleza. Todas las especies en la escala gradual del universo cumplen y aceptan su instinto servidor; qué remedio tienen.

Pero el hombre debe trascender de la materia para rendir su culto al Ser infinitamente superior. Así que, desde que recibió el don de la palabra, reza y se comporta para bien o para mal en homenaje u ofensa a Aquel, el Gran Autor que nos creó a «su imagen y semejanza».

La conducta de la comunidad global de seres intercomunicados pasa por ciclos creadores y alternativamente destructivos.

Hoy vivimos una inquietud social, alarma esperada, tras un largo periodo de calmosa paz. La opinión pública canta su indignación ante las desigualdades insultantes entre los distintos escalones sociales. Han dedicado al tema autores brillantes –Fernando del Pino, José Mª Carrascal– artículos periodísticos de singular peso.

Está claro que desde que nacemos somos diferentes, distinción que se incrementa al paso del tiempo tan pronto como se pone en juego la carrera fustigada por el deseo de mérito, hacia una meta deseada. Objetivo que sólo se adjudican quienes, con esfuerzo y sacrificio, aspiran a lo inalcanzable. Caso de que la intransigencia justiciera quisiera nivelar los resultantes contrastes ofensivos, heriría de muerte a la libertad, bien supremo e irredento de la humanidad. Esta respeta tanto la competitividad como fuente de energía, motor de la actividad, como el ocio, su relajo. El fútbol es fiel y multitudinario reflejo diferencial del éxito y del fracaso. La respuesta masiva del público nos describe su pasión calificadora, claramente democrática; clasificadora por divisiones: Primera, Segunda, Tercera y Regional.

Cualquier igualdad impuesta se convierte en paralizadora e incompatible con la libertad.

Por otro lado, se extiende universalmente el escepticismo religioso. ¿Cómo vas a creer en «otra vida» si no existe comunicación entre la que consumimos aquí y la celestial que se soñaba e idealizaba en épocas anteriores? Las iglesias europeas se van quedando vacías, no así las americanas de sur y norte. Los códigos de comportamiento (no las conductas) siguen, sin embargo, las pautas milenarias transmitidas de padres a hijos, aunque desnudas hoy de su tinte místico y espiritual.

Cristo consta, a través de la tradición y del mensaje evangélico, como el único Ser humano y divino –según sus cuatro evangelistas– que se arroga el título de Hijo de Dios en cuya representación predica y sacraliza la ley natural ordenada por Moisés en sus tablas pétreas, reveladas e inspiradas en lo alto del Sinaí.

Buda, Mahoma, etc… se presentan, no como divinos, sino como embajadores e intérpretes traductores de un Poder Supremo, inabarcable en su infinita dimensión.

Cristo fue tan convincente que diez de sus doce apóstoles ( Judas se suicidó y San Juan, a pesar de ser quemado en aceite hirviente, vivió como obispo hasta llegar a nonagenario) fueron mártires, fieles, no a su fe, ya que no necesitaban creer, sino a su certeza: sabían; habían vivido con Él y de tal modo se habían impregnado (Tomás había sentido en su mano la sangre divina) de su esencia que traslucían a sus catecúmenos la absoluta seguridad sobre la divinidad del Maestro, la responsabilidad trascendente de sus promesas y el misericordioso Juicio Universal. Quedan históricamente documentados sus impertérritos acercamientos (se entregaban alegres) a la muerte: volverían a estar con Él: Mateo, de un espadazo en Etiopía; Marcos, en Alejandría, arrastrado por caballos; Lucas, ahorcado en Grecia; Pedro, crucificado de cabeza, en cruz de forma de X invertida; Santiago, arrojado desde más de cien metros de altura; Santiago el Grande, decapitado en Jerusalén; Bartolomé, desollado a muerte por un látigo; Andrés, crucificado en Patras; Tomás, atravesado por una lanza en la India; Judas, el otro, muerto a flechazos; Matías, apedreado; y Pablo, torturado y decapitado por Nerón en el 67.

El mensaje apostólico de semejantes embajadores fue asombrosamente cautivador, por lo que multiplicó el número de creyentes hasta convertirlo en la mayor comunión humana y civilizadora nunca conocida. Dos mil millones de cristianos, reorientados geográficamente tras veinte siglos de persecuciones y controversias filosóficas, asientan hoy su futuro.

A pesar de lo cual las dos últimas generaciones europeas nacidas en el credo, y hoy envejecidas, no sólo dudan, sino que exhiben presuntuosas su agnosticismo laico. Así desprecian o ignoran cualquier trascendencia capaz de reimpartir una justicia sempiterna y universal, apta para cuadrar las cuentas pendientes de la vida terrenal.

El argumento descalificador que les parece determinante se apoya en la ya mencionada incomunicación. Los muertos no hablan; callan. Vamos a suponer que desde Allí nos contaran. Los bienaventurados, si existieran –los condenados no tienen voz en mi supuesto–, nos harían conocer su absoluta felicidad. Su cercanía a Dios.

Ante tan inesperada revolución el «Pleno Humano» se apuntaría sin discusión al glorioso futuro y a la más virtuosa de las conductas; tan invitadora evidencia acabaría con los antisistema; carecerían de sustancia y de contraste los distintos pareceres; se borrarían del paisaje los méritos, motor de la Vida, y nos pasmaríamos ante el inesperado coloquio donde sólo hubo enigma motivador, argumento capital de la esperanza y de la Fe entonces ya innecesaria. Descubierta la Gloria, se presentaba un panorama incompetente aquí abajo del que interesaba únicamente su escapada hacia aquella.

La Infinita Sabiduría no sabía errar: habría orientado su creación hacia la decantación de Belleza, Bondad y veracidad, metas subliminales, refinadas y exprimidas en el Debate: se debía aspirar a la belleza, gloriosa ante el horror si la fealdad presente la subrayaba; a la bondad si la maldad la incitaba; a la verdad tanto cuanto se desprestigiaba la falsedad. Fealdad, maldad y mentira resultaban por tanto imprescindibles para poder adjudicar el Premio, el Paraíso.

Así que correspondería a la humanidad proyectar su ruta desvelada tras el contraste, con méritos imposibles si la invitación desde la Altura la hubiera acotado. De ahí, la indiscutible necesidad del enigma, del silencio.

Pero la Europa consciente sigue siendo cerebro pensante evocando y, al mismo tiempo, ideando un futuro paradigmático para la humanidad toda.

Hay ejemplos sonoros, universalmente transmisibles e inspiradores que sólo se pueden dar en el centro de gravedad de nuestro continente: el concierto fin de año de Viena, por ejemplo, donde se reúnen armonía visual, auditiva, estética arquitectónica, educativa, que además de recordar proponen una sublime convivencia cívica. Y hoy el mundo entero ve, se entera, se informa, aprende y está en camino. Sí, esperemos… aunque sea desde allí.

Un mundo en el que han desaparecido las distancias y se ha multiplicado la intercomunicación deberá prescindir, inevitablemente, de detallerías para poner de acuerdo sus creencias y esperanzas.

Y ¿quién me habré creído que soy para ponerme a predicar?

Miguel de Oriol e Ybarra, doctor arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes.

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