Apología de la pornografía

Pedro Sánchez animaba en Davos a luchar contra la ola reaccionaria que amenaza con anegarnos. Nosotros atendemos gustosamente esta llamada y nos proponemos sumar algún humilde ladrillo al dique que la contenga. Lo paradójico es que tal ola en España proviene fundamentalmente del Gobierno que él preside. Un movimiento reaccionario que ahora pretende controlar el acceso a la pornografía. Como Helen, la mujer del pastor Lovejoy en Los Simpson, los reaccionarios de todo signo lo primero en lo que piensan es en el bien de los niños. Obviamente, para empezar a controlar la sociedad por el principio.

Apología de la pornografía
Raúl Arias

Leyre Iglesias abría el debate con Una humilde defensa del porno, publicada en este mismo periódico el 18 de enero. Recogemos su testigo para hacer una abierta defensa de la pornografía, que ha sido, y es, una fuente de placer y de conocimiento, así como de liberación de tabúes y represiones. Su aparición fue un índice y un factor de la modernización de España, y lo sigue siendo también de las sociedades abiertas en todo el mundo. Tras el gesto del Gobierno «progresista» de querer controlar por ley el consumo de pornografía subyace la típica moral reaccionaria de la izquierda actual. Lo hemos analizado en nuestro libro Sexo, cuerpo, boxeo. Un alegato contra la izquierda reaccionaria (Verbum, 2022): tras la caída del Muro de Berlín, la izquierda busca sus señas de identidad en la defensa de causas y colectivos minoritarios y en la moralización de las conductas privadas, sobre todo las que afectan a las funciones corporales básicas: sexo, comida, crianza, etc. Para la izquierda, la pornografía implica la cosificación del cuerpo femenino (no suele tener en cuenta que el masculino también es cosificado) y la mercantilización del disfrute visual (y ya sabemos que el vil metal es una de las fuentes del mal para los reaccionarios).

Aunque la excusa son los niños, el debate rezuma una moralista condena de la pornografía, porque en todo momento se olvida que ya está prohibido el acceso infantil a ella y que existen numerosos mecanismos para restringirlo, que se aplican en los centros educativos y en todos los hogares preocupados por esta cuestión. También es evidente que hay muchas formas de sortearlos. Siempre se han saltado las prohibiciones de libros e imágenes y esta nueva ley tendrá el mismo destino: los adolescentes y jóvenes que quieran acceder a contenido prohibido encontrarán la forma de hacerlo. Pretender restringir el acceso a las webs de pornografía es como pretender controlar la subida de las mareas: imposible. Los seres humanos hemos demostrado una capacidad infinita para sortear los vetos prohibicionistas.

La ministra Pilar Alegría manifestó con cierta alegría y con el rigor que la caracteriza que el consumo de pornografía a edades tempranas tiene evidentes consecuencias negativas. Es falso. No hay estudios que prueben una relación causa-efecto entre ver pornografía y el aumento de la violencia sexual, como no los hay entre jugar a videojuegos violentos y realizar actos violentos en la vida real. Más aún: lo primero que debe decirse es que no hay consenso acerca de lo que debe entenderse por pornografía, menos aún por pornografía violenta (¿entraría en esta etiqueta la película Ninfomanía, de Lars von Trier?), ni acerca de cómo medir con rigor sus efectos en la conducta (así lo afirman, en una investigación publicada en 2020, William A. Fisher y Taylor Kohut, profesores de psicología en la Western University de Canadá). Como es sabido, el establecimiento de parámetros medidores no es un gesto teórico carente de implicaciones, sesgos y opciones valorativas. Baste recordar que la macroencuesta de violencia contra la mujer realizada en 2019 por la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, dependiente del Ministerio de Igualdad, concluyó que más de la mitad de las mujeres residentes en España mayores de 16 años (concretamente, el 57,3%) ha sufrido violencia de género.

Abundando en esta cuestión, uno de los mayores estudios que se han hecho sobre el tema, publicado en 2020 por Christopher J. Ferguson y Richard D. Hartley, docentes en sendas universidades de Texas, sostiene que no hay evidencias que prueben una relación causal entre el consumo de pornografía y las conductas sexuales violentas (Pornography and Sexual Aggression: Can Meta-Analysis Find a Link?). En el mismo sentido se han pronunciado otros reconocidos expertos, como S. Gabe Hatch y Scott R. Braithwaite, de las Universidades de Miami y Brigham Young, respectivamente, que no hallan una relación predictiva entre pornografía y violencia física o psicológica. Una tesis análoga sostiene la investigadora en salud pública Whitney L. Rostad. Aunque es un tema complejo, controvertido y abierto, grandes expertos instan a la prudencia en el establecimiento apresurado de nexos causales entre pornografía y violencia. En todo caso, además de estos argumentos de autoridad, no debe olvidarse que, si pudiera demostrarse alguna correlación entre pornografía y conducta sexual agresiva, ello no equivaldría a una relación causa-efecto; podría ocurrir simplemente que los sujetos violentos buscaran ese tipo de contenidos pornográficos.

En este sentido, se señala como especialmente dañina cierto tipo de pornografía ligada a prácticas sexuales extremas o que simulan situaciones violentas contra la mujer. Algunas nos parecen desagradables, incluso repugnantes. Pero nos sucede igual con algunas escenas en el cine o en la literatura: el hecho de que se centren en lo sexual no las hace más rechazables. Además, mientras haya consentimiento y libertad entre adultos, nadie está legitimado para regular esas escenas. Sin embargo, el Gobierno, para justificarse, ya está empezando a marcar lo que a su juicio deben ser las relaciones sexuales correctas. Un discurso que no solo huele a sacristía, sino que recuerda a tiempos pasados e incluso producen pavor. Por supuesto, nadie puede negar que la pornografía transmite frecuentemente ideas poco realistas sobre la sexualidad, el deseo o la imagen corporal. Pero ello no es exclusivo de la pornografía, también lo hace el cine, la literatura, el cómic o la fotografía. Por otro lado, una cosa es el falseamiento de la realidad o la creación de falsas expectativas y, otra muy distinta, señalar a la pornografía como causa de violencia contra la mujer. Tal atribución es un recurso tan tentador como simple para explicar un tipo de conductas que obedecen a factores mucho más complejos.

Pero, más allá de desmontar los argumentos falaces de la moral reaccionaria de una izquierda en busca de identidad, queremos defender las bondades de la pornografía. Nuestro primer argumento es histórico: la pornografía fue un signo determinante de la emancipación de las conductas en la España posfranquista. Un ejemplo claro es la icónica fotografía de Tierno Galván con Susana Estrada con un pecho al aire. Por no hablar de los efectos liberadores de las películas del llamado «destape» de los años 70 y 80, que serían consideradas de culto si hubieran tenido su origen en Norteamérica. Más allá del caso español, la pornografía es, al igual que el desarrollo industrial, los descubrimientos científicos, el perfeccionamiento de los sistemas representativos democráticos o la eclosión de la moda -por citar algunos de los incuestionables avances de la modernidad-, una prueba de la vitalidad de las sociedades abiertas.

La formación de los niños y jóvenes, en la escuela y en los hogares, debe orientarse, para este caso y en general, a que sepan diferenciar lo verdadero de lo falso, lo real de lo ficticio. A que sepan también acceder a los placeres adultos, como el sexo o el alcohol, con la madurez suficiente para que sean ellos los que los controlen y no al contrario. Su educación fracasará, como siempre lo ha hecho, si se basa en la ocultación y en la prohibición, que solo harán más deseable el acceso a la pornografía.

Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón son autores de Sexo, cuerpo, boxeo. Un alegato contra la izquierda reaccionaria (Verbum, 2022).

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