Apología de Madrid

Los estudios recientes sobre la construcción de la imagen de España han mostrado que la convivencia multisecular de los españoles como nación reúne tres campos de expresión cultural y experiencia histórica. El primero procede de la España imperial y se halla asociado a la leyenda negra. Fuente tan eterna como aburrida de calumnias, dicterios y falsedades, se formó en el siglo XVI, cuando España tenía una posición relativa de poder europeo y global que despertaba envidias y tocaba intereses en todas partes, como los Estados Unidos hoy. El estereotipo preferido de esa imagen es el conquistador, en la realidad histórica un fundador de ciudades, que prolongó la dinámica en América y Asia de la reconquista peninsular, castellana y aragonesa. Todas esas urbes que se hallan en los cinco continentes y llevan nombres de ciudades españolas tienen origen en la expansión de la monarquía católica, sobre todo en la época de Felipe II. La segunda imagen de España perdurable es la romántica. Fabricada a comienzos del siglo XIX, tras la invasión francesa, constituye una superchería exótica, arcaica y falaz, según la cual en España todo son pasiones incontroladas y tenemos la obligación de dormir la siesta, o de ser perezosos, inciviles y primitivos.

Apología de MadridEl estereotipo de esa imagen amarilla de España, como una foto mohosa, es el personaje de Carmen, inventado por el literato Próspero Mérimée, para quien esa mujer niña incapaz de gobernarse a sí misma resultaba «enloquecedoramente independiente, una criatura promiscua e indomable». La tercera imagen de España surge de la transición política y contiene elementos de ambas, imperial y romántica, si bien su énfasis se halla en la normalidad y madurez de la sociedad española tras el pacto constitucional de 1978. En su proyección fundamental, proyecta en el imaginario global que España es un país europeo del sur pero fiable, con un potente tejido empresarial innovador, una cultura basada en el segundo idioma global y un estilo de vida mediterráneo, luminoso y acogedor. Capaz de atraer a sesenta millones de turistas, pero también de articular mecánicas globalizadoras impecables en campos como banca, construcción, educación universitaria, innovación tecnológica o industria deportiva, seguramente halla su estereotipo dominante en el deportista triunfador humilde, que sabe ser también una persona como otra cualquiera, sin narcisismos innecesarios.

El deporte es la épica de nuestro tiempo. La funcionalidad de los estereotipos varía. El conquistador es un ganador. Por ello, despierta recelos donde la imagen de España se identifica con él. Además, como expresión de poder, se proyecta hacia el futuro. Una portada de una revista de negocios mostraba en la década pasada bajo el titular «Los nuevos conquistadores», en alusión a los ejecutivos globales españoles, una caricatura de un señor gordo de mediana edad, con un cinturón compuesto por una colección de tarjetas de crédito. Ciertamente, existen algunos taxistas (profesión digna y sabia como pocas) en el mundo hispano que no dejan pasar la ocasión de provocar al español (chapetón, gachupín, gallego o españolete, según los sitios) recién llegado contándole alguna falsedad aprendida en la escuela sobre Cortés o Pizarro, que en paz descansen. Carmen, en cambio, estereotipo tradicional de perdedora nata (hasta la reciente interpretación feminista que la ve como mujer de poder, olvidando que termina mal) no asusta a nadie, porque es simpática. Está claro que ella misma se eliminará de la competencia.

La economía política de las imágenes, cargadas de cultura, por supuesto no es neutra, porque representan signos e intereses. De ahí que la avalancha reciente de juicios negativos sobre Madrid emitidos desde diferentes instancias públicas y privadas merezca una reflexión. Meterse con Madrid, así, como un ente abstracto, a algunos debe suponerles réditos políticos, pero reproduce esquemas de un arcaísmo atroz. El espantajo de la capital española como entidad parasitaria funciona en especial desde el siglo XIX, cuando la pérdida del imperio americano eliminó para las elites de regiones emergentes de la periferia peninsular ventajas comparativas en régimen de estanco, que les habían permitido enriquecerse. La idea parasitaria de Madrid, ahora trasladada a la propia España por un proceso de desgraciado utilitarismo político, fue reforzada porque el itinerario romántico aplicó su mirada selectiva y vio sólo lo que le interesaba, lo atrasado, sucio, corrupto y degradado. Que parte de esas elites periféricas españolas vieran a Madrid a través del espejo invertido del romanticismo explica que aventuraran mucho después –somos prisioneros de nuestras malas lecturas– que en el postfranquismo, perdida la obligatoriedad de los supuestos subsidios centralistas, la capital iba al declive total. Ha ocurrido todo lo contrario. La globalización ha sentado bien a Madrid y el estado autonómico la ha fortalecido. El problema de los opinadores negativos por principio es que no conocen Madrid más que a través de esos estereotipos e imágenes románticas. Sobre esa base crearon el mito del Madrid-vampiro. Ciertamente, la capital de España representa muy bien en 2015 la «modernidad líquida», pues lleva en su ADN la flexibilidad y arrogancia de las cortes barrocas respecto a las identidades concretas y obligatorias, la desgracia que está expulsando a Europa del tren de la historia y reduciéndola a parque temático del resentimiento.

A sus vecinos, que proceden de todas partes, les da igual si es de origen romano, visigodo o árabe, porque de partida no asumen conflictos esencialistas, étnicos ni lingüísticos. Madrid representa el mundo mental de los Austrias españoles, con su corte itinerante y milagrera. No se pregunta a nadie por su pasado. Por si acaso. Todo el mundo tiene algo que ocultar en una corte. Tiene una entrada difícil y en ella es preciso ir con calma, pero de aquellos siglos cortesanos procede la potente sociedad civil que la caracteriza. En otra paradoja extraordinaria, la difícil y cambiante relación con los poderosos forzó que quienes no lo eran, la inmensa mayoría, tejieran para defenderse y tener un pasar lo que hoy llamamos redes sociales; cofradías, parroquias, congregaciones, más tarde sociedades, clubes y tertulias. Por supuesto que es un mito pensar que la capitalidad de Madrid fue artificial en su origen. Fruto de la decisión política de Felipe II, constituyó también una opción lógica para construir una monarquía que devino en nación española mucho antes de que las naciones se fabricaran como mandó el siglo XIX, como opción de fanáticos adscritos a la religión política del nacionalismo. Capital de los españoles, en un entorno modesto pero sensato de centralidad geográfica, Madrid ha sido capaz de constituir polo de atracción en las últimas décadas para gentes, capitales y empresas venidos de toda la península primero, de todo el mundo después. La perjudicó en algún momento el llamado «madrileñismo», una forma ostentosa de ejercer una posición relevante que el gran cineasta Luis García Berlanga, un valenciano que conoció y quiso la capital de España, retrató en sus obras maestras, abundantes en provincianos pícaros especializados en negocios corruptos. Hoy el esfuerzo de Madrid debería dirigirse, como corresponde al tiempo de globalización que vivimos, hacia la organización de un entorno de fiabilidad, predecible y ajeno a la incertidumbre. En su última reencarnación, convertirse en un nodo global sostenible es lo que le corresponde.

Manuel Lucena Giraldo, historiador e investigador del CSIC.

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