Apología del corsé

"El marco jurídico vigente no es un corsé. En política no nos pueden poner un corsé, yo sé que los conservadores son muy de eso". J.L. Ábalos, ministro.

Los primeros pasos del Gobierno y, singularmente, los primeros desahogos de su Vicepresidente Cuarto, esbozan el perfil de la Legislatura. La designación de una Fiscal General calificada por Iglesias el año 1 adM (antes de Moncloa) como "alguien que se reúne de manera afable con un personaje de la basura" que debía "alejarse de la vida política porque hace daño a la mayoría parlamentaria", la asume ahora el Vicepresidente como decisión colegiada en la convicción de que Delgado "subordinará la ideología al Derecho".

Para un jinete tan avezado en "cabalgar contradicciones", pan comido. Montar una plataforma de extrema izquierda con la tutela de una teocracia que ahorca homosexuales, eso sí tenía mérito. ¿Tragarse lo de Delgado? Como guiar al paso un penco trotón después de participar en un rodeo de búfalos.

A fin de cuentas, Iglesias puede alegar reciprocidad. Si él asume la colegialidad de las decisiones del Consejo de Ministros, su Jefe no tiene ningún problema en asumir lo que en febrero de 2016 le pedía Podemos en aquél ensayo general frustrado de Coalición Progresista.

En el documento llamado Bases políticas para un gobierno estable y con garantías usado entonces como propuesta negociadora con el PSOE, se mencionaba una serie de cargos de "especial relevancia". En el apartado de Justicia, el documento citaba seis puestos: los magistrados del Tribunal Constitucional, los vocales del Consejo General del Poder Judicial, el fiscal general del Estado, el fiscal especial anticorrupción, el fiscal del Tribunal de Cuentas y la Abogacía General del Estado. "Estas personas deberán ser nombradas atendiendo a criterios de mérito, capacidad y compromiso con el proyecto de cambio que deberán liderar". La "subordinación al Derecho" no aparecía por ninguna parte porque de lo que se trataba, y se trata, es de la subordinación del Derecho.

Que un miembro del gobierno se refiera al ordenamiento jurídico como un "corsé" del que aspira poder liberarse es grave. Si además lo dice del brazo de Pablo Iglesias la cosa toma un cariz inquietante.

Porque ya en la sesión de investidura Iglesias señaló como "enemigos" del nuevo Gobierno a medios de comunicación críticos, funcionarios y "togados reaccionarios". Recuperaba desde la tribuna del Congreso su auténtica personalidad política, que hemos visto aflorar tantas veces. El Iglesias de repertorio, el que decía a sus círculos di combattimento: "Las instituciones son fundamentales cuando gobiernas, pero cuando no, la institución es un riesgo" (...) "Ser más o menos creíbles no se resuelve ni con el tono ni con el trabajo institucional, creo que eso tiene que ver con el trabajo militante" (...) (...) "Se pueden cambiar muchas cosas desde el Gobierno. En el Parlamento, no. En el Gobierno. Yo prefiero gobernar porque las instituciones no están pensadas para cambiar las cosas." (...) "Es mentira que la política sean los parlamentos".

La hemeroteca del Vicepresidente Cuarto no es como para defender la barra libre de gobiernos que le incluyan. Eso sí, ilumina la intención de las iniciativas anunciadas en el parlamento por la mayoría de la investidura, esa Grey mordaza.

En todo caso, estos primeros compases de la Gruesa Coalición y su rebosante Consejo de Ministros han tenido la virtud de poner en el centro del debate público la palabra "institucional". Bienvenido sea, porque los partidarios del corsé vemos en lo institucional una garantía de libertad en tiempos de Ejecutivos adiposos y despendolados.

En el repertorio cotidiano el término "institucional" es un convencionalismo mediocre; el adjetivo que busca adecentar cualquier tontería despeinada. Lo valioso habita en su sentido profundo, que la izquierda radical intuye bien cuando lo ataca.

Sí, toda institución es un corsé. Con lo molesto y limitativo de todo corsé. Incomoda sobre todo a los que detestan lo 'dado' en una determinada sociedad, todo lo que refrena su propósito de demoler para partir de cero; todo lo que da forma singular a una sociedad escapando a la cuadrícula del ingeniero social.

En fórmula de Ilse Schwidetzki, las instituciones son corsés antropológicos: "De la multiplicidad de posibles modos de conducta humanos cada cultura extrae ciertas variables y las erige en modelos conductuales aprobados por la sociedad y obligatorios para todos los individuos que la componen. Esos modelos conductuales civilizados o instituciones, liberan al individuo de un exceso de decisiones, constituyen una guía para las innumerables impresiones y excitaciones que inundan al ser humano abierto al mundo".

En fórmula de Maurice Hauriou la institución es un corsé socio-jurídico: "Todo elemento de la sociedad cuya duración no depende de la voluntad subjetiva de individuos determinados", una "cosa social objetiva". Lo mismo una regla de derecho consuetudinario que una organización corporativa que comprenda una universalidad indeterminada de miembros. La Corona, el Estado, la Familia, la Propiedad.

Podemos formular una ley: toda contrariedad aireada por un Gobierno hacia el corsé institucional que limita su poder es directamente proporcional a su afán por ejercerlo arbitrariamente.

Creo firmemente que esta ley es de aplicación universal. ¿También referida a gobiernos-progresistas-que-empoderan-a-la-mayoría-social? Sobre todo, en tal caso. Sobre todo, en el caso de gobiernos que se sienten virtuosos. En ellos pensaba Montesquieu cuando formuló su famoso principio: "Es una experiencia eterna que todo hombre que tiene poder tiende a abusar del mismo, y no se detiene mientras no encuentre una barrera. ¿Quién lo diría? Incluso la virtud tiene necesidad de límites". Si esto es válido para Calvino, Savonarola o Saint-Just, lo será también para Carmen Calvo.

La legitimación democrática del poder no disminuye la necesidad de su limitación constitucional. Los totalitarios de todo pelaje creyeron siempre, por el contrario, que el problema de la limitación del Poder no se planteaba sino por la viciosa solución dada en otro tiempo al problema de su formación. Siempre han repetido: "Si el Gobierno emana de una fuente pura, no es ya su debilidad sino su fuerza la que garantiza la libertad; lo antisocial no sería su extensión sino cualquier limitación a su acción".

Desaparecidos los corsés institucionales, cuando no se ve otra cosa que el Estado, se acostumbra a esperarlo y temerlo todo de él. Entonces no faltan motivos para el desarrollo de ese "deseo universal e inmoderado de las funciones públicas" que, según Tocqueville, da a la política las proporciones de una industria, aunque "improductiva y que agita al país sin fecundarlo". Qué anticipación de los spin-doctors... Capítulo inédito de la Democracia: "Los vendedores de crecepelo en el Oeste"

Benjamin Constant, gran aficionado a los corsés y agudo glosador del "corsé constitucional", hablando del despotismo de la Convención, advertía: "Cuando no se imponen límites a la autoridad, los representantes del pueblo no son ya defensores de la libertad sino candidatos a la tiranía. Ahora bien, una vez constituida la tiranía, ésta puede ser tanto más espantosa cuanto más numerosos son los tiranos (...) Se precipita en excesos que, a primera vista, parecerían inconcebibles. Una alocada agitación sobre todo; una multiplicidad de leyes sin medida; el deseo de agradar a la parte más apasionada del pueblo cediendo a su presión e incluso tomándole la delantera; el despecho que le inspira la resistencia que encuentra o la censura que sospecha; la mofa del sentimiento nacional y la obstinación en el error; la alternancia de temeridad e indecisión, de violencia y debilidad, el favoritismo hacia uno y la desconfianza hacia todos; la ausencia de toda responsabilidad moral, y la certeza de escapar por el número al reproche de cobardía o al peligro de la audacia".

Son admoniciones que conviene atender cada vez que se invite al gobierno a ponerse cómodo y (dado que "la democracia precede a la Ley") quitarse el corsé...

Vicente de la Quintana Díez es analista político.

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