Aprender a perder

Y en el minuto 116, Mario Götze enmudeció al Maracaná, sepultando las esperanzas argentinas de una tercera Copa Mundial. Rápido le siguieron risas cariocas, festejos germanos y silbidos a una FIFA que hizo todo para merecerlos. Después, la palpable desilusión de una selección albiceleste que dejó todo en Brasil. Y no hubo nada más triste —incluso más que aquel gol— que la expresión de Lionel Messi al hacerse con un Balón de Oro cuando la prensa esbozaba ya reproches ilógicos.

En territorio brasilero, los argentinos aprendimos a perder una vez más, tal como hizo durante una década la Alemania de Joachim Löw y los discípulos de Vicente del Bosque, luego de años de esfuerzos que finalmente culminaron en la gloria de 2010.

Pero la honra del plantel argentino en el campo de juego y fuera de él no está en armonía con las reacciones políticas en casa. El contraste entre la selección de Alejandro Sabella y el Gobierno de Buenos Aires hace desear que la Casa Rosada aprendiese a perder, con el fin de encarar el trabajo necesario para sembrar victorias futuras.

Sin embargo, en la Argentina de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el Gobierno se aferra a la derrota como símbolo de una ideología vacía y vencida.

La misma noche de domingo, las calles de Buenos Aires se llenaron de argentinos. Pero los festejos rápidamente se tornaron violentos, con ataques a comercios y medios de transporte. La policía respondió tarde y mal. Los responsables de seguridad del Gobierno, mientras tanto, sólo encontraron energías para culpar a enemigos invisibles “desestabilizadores”, tal como lo hacen diariamente con la inseguridad que niegan a pesar de las estadísticas.

Horas después, de madrugada, fue vergonzoso presenciar personalmente cómo el único vuelo de Aerolíneas Argentinas que volvió a Buenos Aires a tiempo fue aquel en el que viajaba su consejero delegado, Mariano Recalde, y sus amigos políticos de La Cámpora, la organización ultrakirchnerista. El resto de los vuelos de la aerolínea nacionalizada por Kirchner en 2008 tuvieron un destino afín con la tortura diaria de Aerolíneas: hasta ocho horas tarde, sin información fiable, y sin representantes para hacer frente a las reclamaciones.

Quizá por eso Recalde se movió rápido y a escondidas por el aeropuerto carioca. Al parecer la ideología “nacional y popular” de la “aerolínea de bandera” impide a sus ejecutivos presentar balances transparentes o explicar las denuncias de coimas y sobreprecios que humillan a la empresa.

De vuelta en Buenos Aires, los futbolistas tuvieron que someterse a un recibimiento televisado con la presidenta, quien rápidamente intentó obtener rédito político del esfuerzo deportivo que admitió no haber siquiera visto. En los dominios de la Asociación de Fútbol Argentino, una asociación de tendencia kirchnerista, cuestionada por corrupción y reventa de entradas, Kirchner presentó a los jugadores mundialistas con el trasfondo de Fútbol Para Todos (FPT).

FPT es el carísimo programa que nacionalizó las transmisiones deportivas en 2009. Desde ese momento, e incluyendo el Mundial, todas las transmisiones deportivas se han convertido de un hervidero de ideología, plagadas de propaganda de tal sutileza que hubieran avergonzado a los miembros del politburó soviético. A pesar de ello, nadie en el Gobierno puede confirmar cómo se gastan y cuánto de los gigantescos presupuestos de FPT, útil políticamente, pero denigrante en un país donde abunda la malnutrición infantil.

Horas después de la presentación, Kirchner voló a Brasil a la cumbre de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Su viaje dejó como presidente en ejercicio al cuestionado vicepresidente, Amado Boudou, procesado durante el Mundial en el caso Ciccone, la quiebra de la empresa privada que imprime los pesos argentinos (un gran negocio en tiempos de alta inflación). Las causas por corrupción se multiplican y siempre lo salpican. A pesar de ello, Boudou no se decide a dimitir y Kirchner lo protege, a pesar que incluso a su gabinete le causa vergüenza ser vistos con el vice. Ni siquiera La Cámpora lo defiende.

Mal que le pese a la ideología oficial, la economía argentina continúa cayendo en picado, con una inflación que sólo es inferior a la de Venezuela y con índices de pobreza que suben al mismo ritmo que el desempleo. De esto no hay Mundial que distraiga. Y gracias al conflicto legal con los fondos extranjeros en Nueva York, que este Gobierno se negó durante tanto tiempo a solucionar, es plausible que Argentina caiga en un nuevo default antes de fin de año.

Desde su política de seguridad pasando por las nacionalizaciones irregulares como la de Aerolíneas, y llegando a sus cuestionados funcionarios, la presidenta argentina no quiere aprender a perder. Sin admitir la derrota, la ideología queda sola, desnuda ante una realidad innegable. Hoy sólo sirve para esconder escándalos y proteger a funcionarios corruptos. El poder nunca es eterno y sin la redención de un triunfo mundialista, el de Kirchner se agota.

Para que una nueva Argentina empiece a construirse, hay que aprender a perder. Antes de que Messi y sus compañeros busquen merecida revancha en Rusia, los argentinos tendremos la oportunidad de cambiar en las elecciones presidenciales de octubre de 2015. Aprendamos a perder, para así pensar en ganar.

Pierpaolo Barbieri es asesor del Consejo sobre el Futuro de Europa de Instituto Berggruen para la Gobernanza.

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