Aprender de observar de los demás

La gran mayoría de nosotros ha presenciado alguna vez una metedura de pata grosera o una salida airosa de una situación muy complicada. En cualquiera de las dos situaciones, lo probable es que la mayor parte de los presentes las haya contemplado sin prestarles apenas atención, tomándolas simplemente como dos momentos anodinos más de los muchos que depara la vida.

Habrá unos pocos, sin embargo, que repararán calladamente en los comportamientos llamativos de los terceros, los analizarán con atención, y extraerán enseñanzas de lo que se debe evitar por ser equivocado o de lo que convendría imitar por ser todo un acierto. Porque una observación atenta de las conductas ajenas sirve para mejorar el modo en que debemos comportarnos.

Aprender de observar de los demásLa idea de aprender de observar a los demás no es nueva; han escrito sobre ella autores de indiscutida maestría. Así, en una de sus «Migajas Sentenciosas» escribió Quevedo «Felizmente fuera sabio el hombre, si con atención estudiase en los casos ajenos; pero, llevado del amor propio, se persuade que los prósperos le pueden suceder, pero no los adversos. ¡Qué fácilmente se satisface el ánimo de lo que agrada a los ojos! El primer juicio de las cosas se forma con el tribunal de la vista, y casi siempre confirma el entendimiento y aprueba la voluntad de la sentencia que se da en él, principalmente la multitud, porque más por los accidentes que por la sustancia juzga el pueblo las cosas».

Es muy difícil concentrar en tan pocas líneas una reflexión tan atinada sobre las pautas que debemos seguir para aprender del comportamiento ajeno. Al igual que Quevedo, pienso que nos volveríamos más sabios si completáramos nuestra instrucción mediante el examen detenido de lo que él llama «los casos ajenos». En las líneas que siguen, me permitiré la osadía de intentar actualizar sus recomendaciones, añadiendo –en el colmo del atrevimiento– mis ideas particulares sobre este modo tan poco utilizado para completar nuestros saberes.

La reflexión de nuestro «mago de la lengua castellana» ( José Hierro dixit) se fundamenta en las cuatro aserciones siguientes. Lo primero que propone es que examinemos con atención lo que le sucede a otros. En segundo lugar, nos recomienda que no excluyamos ninguna hipótesis, tampoco las adversas. Seguidamente, nos avisa de que la vista no es el mejor de los sentidos para valorar las conductas ajenas. Y, finalmente, nos advierte de que al enjuiciar las conductas ajenas hay que dar más peso a la sustancia que a los accidentes.

«Examinar con atención» requiere, ante todo, determinar los sujetos de la acción. Como se trata de aprender de observar, a cada uno de nosotros le corresponde poner toda su atención en el comportamiento referencial ajeno. Y en cuanto al sujeto observado, es verdad que lo que más enseña es contemplar a otros, pero muchas veces recibimos una sabia enseñanza de lo bueno o malo que hacemos nosotros mismos. Por lo tanto, para aprender observando, si bien el objetivo esencial es fijarse en las conductas ajenas, no debemos prescindir de nuestras propias actuaciones.

Para aprender de los sucedidos ajenos, «no hay que excluir ninguna hipótesis». Se aprende mucho de las situaciones favorables, pero me atrevería a asegurar que todavía más de las adversas. Imitar las acciones ajenas que nos admiran y evitar las que nos causan rechazo, es el paradigma a seguir en la conformación de nuestro propio saber. Pero para mí tengo que en esto de aprender de la observación ajena lo de mayor provecho es tener en cuenta lo que nos avergüenza de otros para evitarlo.

Tal vez el punto en el que más insiste Quevedo es en que no nos dejemos engañar por el «sentido de la vista». Es verdad que el primer juicio que formamos de las cosas lo sentencia –como dice nuestro genial escritor– nuestro sentido de la vista. Pero me parece que la vista es hoy todavía más engañosa que entonces. Escribió Ortega y Gasset que «para contemplar son precisas frialdad y distancia entre nosotros y el objeto».

Ambas cosas son difíciles en nuestro tiempo. La globalidad que conforma el entorno del hombre actual y la aceleración vertiginosa en la que parece desarrollarse la vida moderna, han aumentado exageradamente los sujetos a observar y la rapidez con la que hemos de formar nuestro juicio. En la era audiovisual y de las nuevas tecnologías, pasan ante nosotros tantos comportamientos y se suceden unos a otros tan rápidamente que es difícil el simple hecho de fijar la atención visual en alguien. Y si somos nosotros mismos los que nos tomamos como ejemplo, las dos recomendaciones del filósofo, frialdad y distancia, son sencillamente imposibles: estamos complacidamente ensimismados y sumidos regocijadamente en nuestra propia intimidad.

Por si lo anterior no fuera poco, el sentido de la vista es engañado más que nunca por un señuelo moderno: el poder seductor de la cultura de la imagen. Hoy las cosas pasan más por lo que parecen que por lo que realmente son. Vivimos en un mundo, en cierto modo demoníaco, de incitaciones, tentaciones y trampas en el que lo aparente deslumbra y, por eso, corremos el riesgo de mirar para donde no debemos. Como dijo Antonio Machado en su Juan de Mairena hemos de perdonar al poeta, «atento a lo que vine y a lo que se va, que no vea casi nunca lo que pasa, las imágenes que le azotan los ojos y que nosotros quisiéramos coger con las manos». Por eso, actualmente es más fácil que nunca que el entendimiento confirme y la voluntad apruebe la sentencia borrosa y deformada que emite el engañado sentido de la vista. Ni que decir tiene que en estas circunstancias esperar del pueblo que sentencie más por la sustancia que por los accidentes resulta de todo punto improcedente.

Hoy es más conveniente que nunca aprender de observar a los demás, pero sin dejarse engañar por imágenes deformadas o por juegos de prestidigitación que hacen parecer real lo que es solo una ilusión. Se trata de afinar al máximo los sentidos, todos, y prestar a los comportamientos ajenos toda la atención posible para enriquecer sabiamente nuestro modo de ser.

José Manuel Moreno Lastres es catedrático y escritor.

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