Aprobar el Estatut

Por Xavier Bru de Sala (LA VANGUARDIA, 02/07/05):

Veamos qué posibilidades tiene CiU de no aprobar el Estatut. De entrada, recordemos que sin CiU no hay tal, que todo se va al garete, porque es necesaria una mayoría de dos tercios. Si no es mucho suponer, pongamos que el tripartito alcanza un acuerdo. Convendría entonces evaluar de qué margen disponen Artur Mas y Duran Lleida para lanzar un soberano no a la arena política. Las consecuencias tendrían un calado político y social incalculables. Un no final de CiU, más allá de una sucesión de amagos a fin de presionar, supondría que los catalanes nos quedamos sin nuevo Estatut durante bastante años. La sociedad se dividiría entre partidarios y detractores de una tal decisión, pero ya estaría hecho.

Además de dejar a los socialistas en situación nada fácil, la propia CiU se pondría en apuros, pero no serían menos los colores que haría subir a ERC, la cual quedaría entonces como un simple comparsa de un sumiso PSC que lo sacrifica todo, incluidos sus principios, en aras de la estabilidad gubernamental. Una situación inédita, poco menos que kafkiana, pero de un significado muy claro, “o Catalunya avanza hacia un Estatuto jurídico de autogobierno pleno y de suficiencia financiara, con disponibilidad de los recursos propios en manos de la autonomía, o se queda donde está, porque CiU no está dispuesta a admitir nuevas medias tintas”.

En tal supuesto, muchos se lanzarían contra la federación nacionalista, acusándola de cálculo partidista, de haber abandonado su tradición pragmática y posibilista, pero una vez proclamado el no, entraríamos en otra etapa, de planteamientos claros y contundentes, en la que CiU volvería a ser el centro de la vida política catalana, si bien de modo muy distinto al que conocemos, a partir de un enroque que sustituiría varios decenios de consensos. Desde un punto de vista electoral, es arriesgado predecir si saldría ganando o perdiendo, pero si saliera perdiendo las acusaciones de partidismo no se sostendrían.

Hasta el momento han resultado poco creíbles, o por lo menos no han asustado a nadie, las advertencias por parte de sus dirigentes, sobra la disponibilidad de CiU para apoyar lo que desde sus filas se ve como una suerte de contubernio entre las fuerzas gubernamentales, aquí y en Madrid. La secuencia es de sobras conocida: presión de Zapatero, la cúpula del PSOE, el presidente Chaves, sobre el ministro Montilla, al mismo tiempo primer secretario del PSC; presión de Montilla sobre sus diputados, y de éstos sobre los consellers socialistas del Govern y sobre el mismo Maragall, que acabaría cediendo lo suyo, o sea lo imprescindible, después de ir bordeando límites por fuera y por dentro; presión simultánea sobre Esquerra, en especial Carod y Puigcercós, que sí tendrían dos ventajas en acabar aceptando lo que al fin hubiere. Una sin par demostración de seny y, al mismot iempo, un renovado empuje para empezar a trabajar en la superación del nuevo techo del autogobierno catalán que, según su mensaje, sólo se conseguiría el día en que los independentistas consiguieran vencer unas elecciones autonómicas.

Volvamos ahora a CiU. Si al final de este viaje o viraje, diera el plácet, como el Estatut no presentaría especiales dificultades en el Congreso, salvo algún que otro retoque sin mayor importancia, se verían muy mermadas las posibilidades de incidir en un supuesto malestar o desencuentro entre PSOE y PSC, que de producirse proporcionaría no poco oxígeno a los sucesores de Pujol. Pero en el caso que manejamos, el supuesto ya no tendría lugar, con lo que CiU se vería alejada de la centralidad política y el tripartito confirmado para una o dos legislaturas más. La trencadissa no va con su tradición, pero no resulta cómodo seguir una estela que denunciarían comod escafeinada mientras se abstienen de marcar un rumbo propio.

Desde el poder y desde la oposición, las cosas se ven de muy distinto modo. Bien calibrada, la posibilidad de que CiU se aplique el dicho de perdidos al río no es baladí. Por eso, sopesando pros y contras con balanza en vez de fiarse de la primera impresión, resultan bastante más creíbles las advertencias de Duran sobre el no de CiU. A medida que se va desbrozando el panorama, parece claro que el PSOE, secundado por la mayoría del PSC, está en disposición de superar el escollo de las demandas catalanas sin grandes complicaciones, y conseguir así que el tripartito catalán adecúe el texto final a la Constitución, al Constitucional y a sus propias posibilidades de acabar aceptándolo sin recortes significativos.

La solución, como casi siempre, está en el ni tú ni yo. Que los socialistas catalanes, empujados por Maragall, ERC y Saura, incluyan algunas de las exigencias que CiU presenta como de mínimos, y ya veremos qué ocurre luego en Madrid. Desde luego, para Catalunya eso es preferible a un no de CiU. En cualquier caso, tengan por bastante probable, que un sí incondicional no lo van a dar, porque equivaldría a ponerse la soga en el cuello.