Apropiación indebida

La regeneración democrática es una idea atractiva que en muy poco tiempo ha perdido su sentido. Un deseo y una necesidad resumida en dos palabras que ya no significan nada. Porque antes de que tomara cuerpo como anhelo ciudadano y como concepción política, los partidos se han apresurado a encerrarla entre las cuatro paredes de sus cálculos y de sus diatribas de menor alcance. Nunca antes habían llegado tan tarde a reconocer un problema y, a la vez, tan pronto a apropiarse del cuadro de sus posibles soluciones para manejarlo a su antojo. Ello demuestra una vez más que la realidad partidaria tiende a privatizar la democracia y las instituciones, que dejan de ser un asunto público para convertirse en coto particular de las formaciones políticas. El impulso partidario tiende a manipular las demandas expresas o latentes en la sociedad hasta hacer de ellas meros artilugios de oportunidad. El ejemplo más palmario, hasta obsceno, ha sido la identificación por parte del PP de la regeneración democrática con la designación como alcalde de aquel que encabece la lista más votada en detrimento de la representatividad institucional.

El descontento, la distancia y el escepticismo con que los ciudadanos contemplan el funcionamiento de las instituciones se debe, fundamentalmente, a tres causas: el uso ilícito del poder, la opacidad e impermeabilidad de la política y la manifiesta incapacidad de la misma frente a las cuitas que afectan a la gente y al mundo. Es por lo que los partidos y las instituciones han pasado a ocupar los primeros lugares en el ranking de los problemas que los encuestados dicen ver en la actualidad. Pero si bien el concepto mismo de regeneración evoca la necesidad moral de un cambio de actitudes, el debate partidario lo ha reconducido hasta arrinconarlo entre los aperos que emplea para mantener el pulso entre siglas. Las medidas que se proponen a cuenta de la regeneración democrática carecen de credibilidad o son de dudosa eficacia porque su formulación no parte de una autocrítica pormenorizada, de una revisión de los comportamientos, sino que a lo sumo menciona indirectamente algunos males del sistema sin enumerar los abusos cometidos en primera persona hasta un minuto antes.

Los actuales dirigentes políticos simulan estar de nuevas para apropiarse de la regeneración democrática y conjugarla a conveniencia. Empezando por ordenar los asuntos a los que meter mano de manera caprichosa, sin atender qué es lo que demanda realmente la gente o cuáles son los males más escandalosos que padece la cosa pública. Dudo mucho que las prioridades del personal tengan que ver con la celebración de primarias abiertas para la elección de los cargos internos o públicos de los partidos, o con la gobernabilidad de los ayuntamientos ahora que el metro cuadrado vuelve a apreciarse. No son esos los déficits democráticos que indignan o inquietan a los ciudadanos ni las propuestas de cambio que aseguran una democracia de más calidad.

Mediante ese doble mecanismo de apropiación y privatización hacia el que se desliza el sistema de partidos, la regeneración democrática ha sido vaciada de sentido. Sencillamente porque no hay manera alguna de que los actuales propietarios de la política aseguren que se acabará con la corrupción cuando se muestran tan remisos a admitir sus propias culpas a la consabida espera de una sentencia firme. De poco sirve promulgar leyes de transparencia cuando se niegan las explicaciones requeridas y se practica la política de evasivas. Tampoco la elección directa de secretarios generales y candidatos institucionales por parte de afiliados y simpatizantes garantiza una respuesta más idónea a los problemas que han de resolverse. Ni siquiera la atomización del arco parlamentario presupone una mayor participación ciudadana en los asuntos públicos. No hay más que ver las dificultades que presenta UPyD para explicarse y explicar su negativa al entendimiento con Ciutadans, o los inquietantes esfuerzos que están realizando los promotores de Podemos para organizarse “de abajo hacia arriba”, mientras tratan de evitar que entre sus filas se les cuelen personas que se muevan “por propio interés”. Porque no sólo se echa en falta la autocrítica sobre un pasado deficiente y trufado de escándalos. Es que hasta el adanismo del que parecen hacer gala los nuevos propietarios de la política presenta más sombras que luces en su afán regenerador.

Kepa Aulestia

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