Apuntes de un buscador descreído

Una lúcida amiga mía, profesora de Psicología en una universidad norteamericana, me comentaba hace algún tiempo, con la brillante ironía que la caracteriza, que la mujer (no se soliviante nadie: el aserto podría seguramente aplicarse también a muchos hombres) es la única criatura capaz de creerse algo que le halague, aunque sepa que es mentira. En un remedo, casi me atrevería a afirmar -por supuesto, con el cariño que me caracteriza- que muchos esotéricos son seres capaces de creerse cualquier cosa que les estimule la fantasía, aún a costa de despreciar su imposibilidad racional. Al fin y al cabo, ¿a quién le importan las escasas, cortas, aburridas y desestimulantes certezas de la razón? A mí, por ejemplo. Pero no se engañen, no soy un racionalista a ultranza. Sólo un buscador con los pies en la tierra, cansado ya de los estériles vuelos de la imaginación y resignado a aceptar que el taller de trabajo es esta tierra sólida; y la mejor herramienta, por pobre que resulte, la razón humana. “La lógica, y no la fe, es el instrumento fundamental para entender la existencia”, nos decía Bertrand Russell.

apuntes-de-un-buscador-descreidoLa fe no es sino el kindergarten de la auténtica espiritualidad. La vida ya le ha enseñado a uno que no se cree en las cosas, sino en las personas y que cuando se acepta como cierto algo que no se sabe -en eso consiste la fe-, se está aceptando, en el fondo, la palabra de quien lo dice. Por eso el sacerdote, el gurú, el profeta, el predicador o el chamán tienen tanta importancia en la transmisión de la fe: representan la garantía personal. Y por eso también todas las religiones necesitan una figura mítica, incuestionable, situada por encima del bien y del mal, que encarne la garantía suprema cuando los pecados, debilidades y miserias del predicador de turno pongan en peligro el sustento de la fe.

Mientras el hombre no acepte la responsabilidad de la búsqueda personal, mientras necesite la tutela de una institución, mientras se halle dispuesto a aceptar lo que no sabe, no puede hablarse de un hombre libre, sino de un feligrés, un seguidor, alguien refugiado en la confortable seguridad de la masa, fortalecido por la compañía de muchos, limitado a aceptar lo que le digan, y a conformar su conducta según le impongan. Pero el gregarismo no es una virtud, sino una condición que viene propiciada por la inseguridad, la ignorancia y el miedo. De hecho, casi todos los grandes profetas, los místicos, los santos con enjundia, fueron heterodoxos implacables, grandes trasgresores que no dudaron en enfrentarse abiertamente a la jerarquía religiosa de su tiempo.

No se discute aquí que las religiones sean necesarias y respetables. Cualquiera con sentido común y experiencia en psicología de masas está obligado a admitirlo. Se trata de aclarar algo que el inmenso poder de las instituciones religiosas ha logrado ocultar durante siglos: la religión no representa todo el camino hacia la verdad o la sabiduría. Sólo constituye la tutela de los primeros pasos balbucientes de las almas por la senda espiritual. Igual que la fruta madura se desprende del árbol, ha de llegar un momento en el que la persona evolucionada rompa la fina tela del capullo, asuma el reto de su búsqueda individual y aprenda a traducir las metáforas de la fe en conceptos metafísicos.

Cualesquiera que sean los propósitos de la Inteligencia Suprema, está claro que su lenguaje es el de las leyes universales (mi viejo amigo Rupert Sheldrake diría hábitos) y nada ocurre en este mundo que no esté sometido a la ley suprema de causa y efecto. Ciertamente, se dan muchos fenómenos inexplicables desde el conocimiento actual, pero eso no quiere decir que no dependan de leyes o circunstancias aún desconocidas. Los milagros no existen para el sabio. Son sólo un producto más para excitar el fervor religioso y acrecentar la fe. Algo, por lo demás, difícil de mantener a largo plazo sin desdeñar el pensamiento lógico y racional.

Los caminos del corazón y el discernimiento no son vías antagónicas, como algunos pretenden. Se trata de etapas distintas del crecimiento humano. Lo que permitió al hombre desprenderse de su animalidad fue el desarrollo de las emociones, la capacidad de amar, sentir y fantasear, lo que podríamos llamar el camino del corazón, que, paradójicamente, no se asienta en la víscera cardíaca, sino en el sistema límbico. Pero lo que nos adentra en el conocimiento, aún al precio de acabar con las atractivas fantasías de la infancia, es el recto uso de la razón, la capacidad de discernir, la más moderna herramienta de la evolución humana, que propician las neuronas del córtex, las inquilinas más recientes del cerebro.

Volviendo a las religiones, su gran peligro es que se concentran en el manejo de las emociones, y éstas, cuando no están sometidas al imperio de la razón, pueden convertir al hombre en un fanático peligroso, capaz de matar y destruir. La historia está plagada de ejemplos. Quizá el más obvio e inmediato nos lo ofrezca el espantoso brote de terrorismo religioso que está padeciendo nuestra generación, pero no olvidemos los martirios, las cruzadas, la Inquisición y las infinitas guerras religiosas que han cimentado la historia. La fe puede ser buena para adherir al hombre a una causa, pero resulta nefasta para estimular la discriminación y las facultades superiores del intelecto. Cegados por la fe, muchos confunden sus fantasías con la intuición, como Don Quijote confundía los molinos con gigantes, y se recrean en un juego monstruoso, donde el mayor pecado es la lucidez.

Espiritual es quien bucea en las profundidades, quien vive sin tutela en las esencias, quien tiene hambre de conocimiento, quien se complace en desterrar falsas creencias, porque eso le acerca a la verdad. Emocional es quien imagina realidades, concibe fantasías y vive en ellas; quien cree en milagros, habla de lo que no sabe, y desprecia la razón porque destroza sus sueños. Son muchos, ya lo sé, tal vez la inmensa mayoría, y constituyen la prueba de que la humanidad aún está en sus albores.

A uno le tildan a veces de descreído, pero creer y no creer son sólo dos formas de conjugar el mismo verbo. Un verbo que, uno piensa, debiera ser abolido en nombre del buen sentido.

Francisco López-Seivane es escritor y viajero.

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