Apuntes para una película invisible

En un momento en el que en Bruselas se considera “modélico y valiente” el plan del actual Gobierno de abaratar el despido y dejar en la calle a docenas de miles de ciudadanos víctimas de una crisis provocada por los especuladores sin escrúpulos del Casino Global y de sus omnímodas agencias de notación; en el que, como en pasadas épocas, un número creciente de españoles se ve forzado a buscar un trabajo digno en el extranjero (Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Suiza o Noruega, en donde se les llama cariñosamente “los refugiados del euro”); en el que las mujeres marroquíes contratadas para la recogida de la fresa de Huelva son sometidas a cláusulas bochornosas (ser madres de niños menores de edad para asegurar su regreso a Marruecos, jornadas laborales exhaustivas, salarios de rebaja), indignas de una sociedad democrática, etcétera, no está de más recordar lo acaecido hace seis décadas, cuando puesto en el brete de acumular una masa de parados potencialmente explosiva o de facilitar la emisión de pasaportes para quienes quisieran ganarse el pan fuera de España a falta de hacerlo dentro, el régimen franquista optó por abrir sus fronteras y más de dos millones de compatriotas nuestros se embarcaron en trenes con destino a París, Bruselas, Fráncfort o Ginebra. En esta última ciudad, José Ángel Valente fue testigo de algo que hoy nos parece increíble: recién llegados a la estación, los españoles eran separados de los demás pasajeros y desinfectados antes de pisar el limpio y honrado suelo suizo.

Pocos años después, mientras el flujo de emigrantes no cesaba, dos estudiantes de la Escuela de Arquitectura de la universidad ginebrina, el español Jacinto Esteva Grewe y el italiano Paolo Brunatto, decidieron rodar un documental sobre las causas de dicho éxodo con miras a facilitar la inserción de los recién llegados (acogida, derechos sociales, acceso a la vivienda) en el marco de la sociedad helvética. Jacinto Esteva era amigo mío y se puso en contacto conmigo para que le señalara algunas de las bolsas de pobreza de las que huían con la esperanza de hallar un trabajo digno y bien remunerado. Le presté un ejemplar de Campos de Níjar y de mi novela La resaca ambientada en las chabolas y barrios míseros de Barcelona. Con esas indicaciones y un buen olfato, Esteva y Brunatto emprendieron el rodaje de su película con una cámara de 16 milímetros y una buena dosis de valentía. Viajar con dicho material por La Chanca, La Torrassa y la aglomeración de barracas de La Barceloneta sin autorización previa de las autoridades era arriesgarse a ser detenido y juzgado por atentado al orden público. No era lo mismo circular a pie y a mano limpia como lo hice yo que con unos avíos comprometedores y susceptibles de acarrearles toda clase de contratiempos. La Guardia Civil en las zonas rurales del sur y los chivatos al servicio de la Brigada Político Social en los barrios conflictivos barceloneses no solían bajar la guardia y solo su buena estrella les permitió llevar a cabo su cometido.

Ver en 2012 Notes sur l’émigration. Espagne 1960 —tal es el título del documental— provoca en el espectador una mezcla de incredulidad y estupor. Como Las Hurdes de Luis Buñuel y las fotografías de La Chanca de Pérez Siquier, le sumergen en un mundo cruel de desolación y miseria, de harapos magnificados por el sol: carreteras polvorientas, alquerías ruinosas, cuevas habitadas por familias prolíficas, carros arrastrados por borricos, niños con andrajos… Las escenas de las barriadas barcelonesas parecen filmadas en los campos de refugiados de Gaza que recorrí en mis tres visitas por la Franja y que no parecen haber cambiado desde entonces: hileras e hileras de chabolas, ropa tendida en medio del arroyo que hace las veces de calle, niños jugueteando en el fango de las aguas residuales.

El reciente libro de Luis Parés sobre el documental de Jacinto Esteva y Paolo Brunatto, Notes sur l’émigration. Espagne 1960. Apuntes para una película invisible reúne el doble mérito de analizar el valioso contenido testimonial de ésta y de trazar su rocambolesca historia, que parece sacada de una novela de intriga.

En febrero de 1962, con motivo de la presentación de la edición italiana de La resaca, pedí a Jacinto Esteva una copia del filme que reproducía fielmente los barrios descritos en ella. El acto, organizado por el editor Feltrinelli el día 18 de dicho mes en el milanés Teatrino del Corso fue interrumpido bruscamente, antes de la proyección, por una bomba de humo y en la confusión que siguió al incidente la copia del documental desapareció. Para los organizadores de la presentación y la policía que se personó en el lugar, la autoría del suceso y del robo era clara: varios testigos habían identificado a un grupo de exparacaidistas vinculados con la extrema derecha local. Tampoco la complicidad de sus autores con las autoridades hispanas ofrecía dudas: cuatro días después, la totalidad de la prensa nacional ligaba lo sucedido en Milán a un reciente atentado contra el consulado de España en Ginebra y un mitin antifranquista celebrado en el teatro Barbizon de Nueva York bajo la presidencia de Waldo Frank y de Álvarez del Vayo como prueba de una “conspiración comunista contra España”. Por si ello no bastara, el filme robado fue transmitido en un programa de Televisión Española, con una banda sonora y comentarios distintos del original, en el que se me atribuía la autoría y me valía una respuesta contundente del locutor estrella José Antonio Torreblanca.

El libro de Luis Parés recoge las diferentes secuelas del hecho —mi posterior testimonio incluido en Los reinos de Taifa, una divertida floresta de artículos de prensa de la época, reseñas del filme en publicaciones universitarias suizas— en donde se establece la cronología de lo sucedido. Gracias a él y a las investigaciones en los Archivos estatales de Daria Esteva, hija del fallecido cineasta barcelonés, conocemos hoy con sus nombres y apellidos a quienes fueron cómplices e intermediarios de la desaparición del documental y de su envío por valija diplomática a España: desde el cónsul en Milán al embajador en Roma, cuya misiva del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Castiella, no tiene desperdicio.

Todo el dossier del asunto, con el debido homenaje al filme desaparecido y hoy felizmente recuperado, aparece en el número de marzo de la revista El Viejo Topo y constituye una elocuente muestra de los usos y abusos imputables no solo al franquismo sino a todas las dictaduras del mundo, cualquiera que sea su coartada religiosa, política o ideológica, contra quienes denuncian su poder opresivo fuera de sus fronteras, a falta de poder hacerlo dentro so pena de dar con los huesos en la cárcel o algo peor.

Por Juan Goytisolo es escritor. Le acaba de ser concedido Premio Formentor de las Letras 2012 por el conjunto de su obra.

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