Aquel día

Por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 14/06/07):

Mañana se cumplirán treinta años de las primeras elecciones democráticas. Parece que fue ayer, el tiempo pasa volando. El 15 de junio de 1977 fue un gran día, un día espléndido.

A las ocho en punto de la mañana estaba en un colegio electoral, no recuerdo exactamente dónde. Era interventor del PSUC, mi partido, entonces el Partido, el partido por antonomasia. Me dirijo a la mesa que me correspondía. Casualmente su presidente era un amigo, Fortunato Frías, un liberal, demócrata y antifranquista, secretario entonces del Círculo de Economía al que había conocido, precisamente, porque era uno de los pocos interlocutores del PSUC en el ámbito empresarial y cada dos o tres meses nos encontrábamos para comentar la situación política: él me exponía su punto de vista, yo el mío o, mejor dicho, el de mi partido. Se sorprende al verme. Lo noto incómodo: «Que no se note mucho que somos amigos», me dice. Una reacción natural y comprensible: no sólo quería ser un presidente neutral sino también parecerlo. Lo de la mujer del césar. Empezamos bien: unas elecciones limpias, todos queríamos unas elecciones limpias. Empezamos bien.

A las nueve todos los componentes de la mesa estábamos ya en nuestros puestos: el presidente, los vocales, los interventores de los partidos. Comienzan a entrar los votantes. Se forma una larga fila ente la mesa y comienza el gran espectáculo democrático: enseñar el carnet de identidad, comprobar que está en la lista de electores, depositar la papeleta en la urna. Todo un ritual desconocido hasta entonces, un éxito de concurrencia, una emoción contenida, la sensación de que estamos en una nueva era, en un nuevo país, en un país distinto. Todo con gran naturalidad, con un aire rutinario: «Su nombre, por favor… el carnet… ha votado». Una cruz al lado de cada nombre en la lista del censo. La democracia.

Así va transcurriendo el día. Mayores, jóvenes, ancianos, hombres, mujeres, curas y monjas. Algún amigo que se sorprende al verte, le enseñas la chapa del partido, aún se sorprende más. Todos serios, algo tensos, disciplinados: entran y salen. Algunas reclamaciones por no estar en el censo: quieren votar, han recorrido varios colegios, se les recomienda que vayan a la junta electoral, pero de ahí vienen, no hay nada que hacer, caras de disgusto, quieren votar. Nos sirven la comida, lo que ahora llaman catering. En la mesa electoral, buen ambiente: la reconciliación nacional, por fin.

Los últimos meses habían sido de vértigo. Mucha resistencia acumulada que al final se aceleró, entre tragedias y alegrías. La ley para la Reforma Política que los demócratas no supimos comprender, la matanza de Atocha, ETA que ya asesinaba y estorbaba, la Asamblea de Catalunya y la Junta Democrática de España, la oposición pactando las leyes que darían paso a la democracia, la legalización del PCE y el PSUC, los rumores y los riesgos de golpe de Estado, el Rey y Suárez, la UCD. Las dificultades de la transición, ahora tan incomprendida. El primer mitin en La Bisbal, con la asombrada familia en las primeras filas. Nen, que hi fas aquí!

A las ocho de la tarde, cierre y recuento. Un recuento minucioso, la mirada fija en las papeletas, el miedo a la falsificación del sufragio, un miedo inútil, recuerdo del pasado, un pasado que se estaba dejando atrás, nadie quería hacer trampas, empezaba el futuro, la España de hoy.

Tras el recuento y el papeleo, al local del partido, a la calle Ciutat. Lleno a rebosar. Lentamente, te ibas abriendo paso por la amplia escalera hasta el primer piso. Los amigos, los camaradas. Comienzan a llegar los resultados, muy lentamente. Euforia primero, sensación agridulce después. Siete diputados para el PSUC, pero muchos más para el PSC. PSC-PSOE, claro. Los comunistas no eran el partido hegemónico de la izquierda en Catalunya. El sueño del PCI catalán se desvanecía.

Mucho peor fue el resultado en España. El PCE sólo había obtenido cuatro diputados en Madrid. E incluso el cuarto diputado, el escaño de Ramón Tamames, fue dudoso hasta el recuento final. Recuerdo un despacho apartado del bullicio general en el que estaba la plana mayor, con Gregorio y el Guti a la cabeza. Un dirigente de Comisiones Obreras dando nerviosas zancadas de arriba abajo, sin acabar de creerse los resultados de Madrid: «Vallecas, Getafe, Villaverde, el cinturón industrial de Madrid, ¡todos son rojos, todos son nuestros, imposible que allá hayamos perdido!». La realidad se imponía. Injusticia histórica, quizás. Pero así es la historia. Felipe había ganado a Carrillo.

Pero, al final, el optimismo: España entraba en una nueva era. La democracia había ganado. UCD arrasaba a la Alianza Popular de Fraga y los siete magníficos, los siete magníficos franquistas. Los resultados hicieron posible que las nuevas Cortes, el primer Parlamento democrático desde 1936, fueran un parlamento constituyente, la cámara que aprobaría una Constitución democrática. España entraba en Europa, tras el franquismo la democracia. Unas semanas después, ya en julio, en la primera sesión de estas primeras Cortes democráticas, el rey Juan Carlos abrazaría a Dolores Ibárruri, la Pasionaria, ante la atenta mirada gaditana de Rafael Alberti.

Lo que pasó aquel día, aquel 15 de junio, fue sencillamente que los españoles no quisieron echar la vista atrás: arrinconaron la Guerra Civil y mediante el voto quisieron reconciliarse con el futuro.