Aquella esfinge maragata

Aquella esfinge maragataConcha Espina es una de las grandes escritoras de la Generación del 98. Y es una nota común de todos los novelistas, poetas, dramaturgos y ensayistas de esta generación las visiones etnográficas de España e incluso de la América española, como vemos en el Tirano Banderas, de Valle Inclán. Castilla es la región más amorosamente estudiada por todos ellos. Ahí están la Segovia de Azorín, la Salamanca de Unamuno o la Soria de Antonio Machado. Baroja exploró como nadie las costumbres y cultura de Las Vascongadas y Navarra. Pues bien, la gran escritora santanderina –la mejor escritora española del siglo XX desde nuestro sentir– exploró en su magnífica novela, 'La esfinge maragata', todos los elementos étnicos de esa misteriosa comarca que es la Maragatería, cruce de culturas asturleonesa, castellana y hasta gallega si analizamos en profundidad el léxico de esta gran obra literaria. La sabiduría etnográfica con la que se equipa la autora para elaborar esta novela romántica, por su acendrado lirismo, pero también de un duro realismo social, por las descripciones de la pobreza, es impresionante, y sólo pueden ser las palabras maragatas, como una cáscara de naranja, las que guarden la pulpa de la cultura maragata. Centenares son los términos maragatos con que la gran escritora de Mazcuerras nos deja retenida de modo indeleble la cultura maragata en esta obra maestra, sin duda una de las grandes novelas del siglo XX, que es historia de amor, con un fondo muy dramático, pero en la que también hay realismo social, crítica política y acerbo combate contra el fariseísmo y la injusticia social. Todo un universo literario que, a su vez, es crónica de una etnia, una geografía literaria que esconde topónimos de verdad. Sólo se puede escribir de un pueblo o grupo humano conociendo el lenguaje o la jerigonza de ese pueblo o grupo humano. Principio básico para un escritor honesto. Por eso ya no se escriben novelas realistas, como los hombres de la Generación del 98, porque hay que informarse de la realidad previamente.

Palabras como hombrusco, linjavera, sentajo, búis, sonce, femias, tiva, gabia, priadica, secaño, rancear, zarabeto, dambos, vedijuela, alantre, comalecerse, haberoso, ramayo, amorenar, acerbar, calomón, acerandar, a modín, fortacán, cachapanda, planura, aconchegar, diañe, fagoril, ferrancho, fuyaco, trousa, atollecer, filandón, arrufadía, esgamiao, tastín, abesado, fuelga, adurente, cabañuca, escupina, enceso, feije, rongayo, chabarco, tenebregura, quebrantanza, llocida, estradín, tribulante, pan dondio, ringuilinera, escurificar, ceganitas, falaje, trufaldines, sofridero, empañecer, azomar, o bueyes moricos, son una mínima parte de los ladrillos terruñeros, «palabras regionales» llama la circunspecta Concha, maragaterismos, con que se levanta esta gran novela étnica con tema dramático y social. El asunto con que se construye el drama de esta novela es la obligación familiar de una joven de casarse con alguien que no quiere para evitar la completa ruina de su familia. Este tema que afecta a la moral antropocéntrica –lo de antropocéntrico hoy hay que decirlo cuando ya todas las éticas son biocéntricas o medioambientales– y que ha sido tratado muchas veces en la literatura universal, incluso en lugares tan lejanos como la India de Kalidasa, siendo de mucho interés narrativo, es en realidad un pretexto para la descripción étnica de la cultura maragata, presidida por el gran Teleno, y en segundo lugar el pico Fuencebadón, ídolos de la tribu. Hasta el padre de la protagonista, Mariflor, todo un símbolo de la dignidad femenina, tiene que suplicar a su hija que se case con quien no quiere para escapar la familia de la miseria.

Mientras los maragatos se pasan la vida fuera de la Maragatería, negociando telas y buscando riqueza en tierras verdes, las maragatas dan a luz sin sus maridos y labran la tierra, que parece carne de mujer anciana, regado apenas por el Duerna, que en verano a veces llega a desaparecer apabilado. Cuando los maridos vuelven, entran en el hogar si traen dinero. «Las maragatas se amontonan cuando los maridos vuelven sin dinero. Es el usaje del país», dice un personaje de la novela. Se trata de una lógica irrebatible. Si Concha Espina no hubiese llevado el más acendrado cristianismo en el alma y sí hubiese sido una patente 'roja', 'La esfinge maragata' hubiera sido el libro pionero de la novela social en España, y primera muestra de un espléndido feminismo combativo. Toda la novela es en sí apasionado homenaje a la mujer maragata que, entregada su belleza y juventud al trabajo esclavo incesante y desagradecido, conseguía convertir trozos de las tierras del páramo, en donde aún resuenan los cascos guerreros de la batalla terrible en que el godo Teodorico destruyó las tropas del rey suevo Rechiario, en pequeños edenes de centeno y flores, como este de Valdecruces, topónimo literario bajo el que quizás se esconda el corónimo actual de Castrillo de los Polvazares, aunque no siempre se puede identificar automáticamente la geografía de un universo literario con la realidad ésta por la que andamos. Es así que es necio buscar, por ejemplo, La Mancha universal de Don Quijote en la de Emiliano García-Page. 'La esfinge maragata' es la novela de la dignidad triunfante en medio de la desoladora pobreza y desgracias colaterales.

El párroco de Valdecruces, don Miguel, es el reverso santo del diabólico don Fermín de Pas, de Vetusta, siendo verdadero y humilde apóstol de Jesús y hermano mayor de la aldea. Por otro lado, su relación de amistad con Rogelio Terán, hidalgo montañés, el amor de Mariflor, lo hace elemento fundamental e imprescindible en la trama amorosa, lo mismo que el franciscano fray Lorenzo en 'Romeo y Julieta'. Don Miguel es ejemplo del cura que se arruina procurando que no se arruinen sus parroquianos. Concha Espina, a diferencia de Emilio Zola, es capaz de presentar la miseria con humanidad lírica, sin por ello no ser un fuerte aldabonazo a la conciencia social de España. Los más pobres aquí nunca pierden su esencial humanidad, envestidos de mucha más relevancia moral que los opulentos. La más profunda miseria en todo su esplendor desgraciado no logra «comalecer» el alma de las cinco desgraciadas que protagonizan esta obra maestra de la narrativa española. La llegada de una garnacha a la aldea miserable representando «La musa errante» descubre patéticamente la clave que explica el dolor de las aldeanas. Psicodrama maragato. Perfecta la construcción del nonagenario codicioso, el tío Cristóbal, con su voracidad diabólica para hacerse con el patrimonio de unas pobres mujeres, y que encima muere socorrido en sus brazos maternales y buenos. El diálogo entre don Miguel y el enamorado Rogelio es un diálogo que merecería la censura desde el histerismo gubernamental por no ser nada políticamente correcto, pero quizás la felicidad de la mujer buena esté más en el sacrificio por los suyos que en la satisfacción de su propio placer. Extraordinaria novela y primera novela feminista de nuestra Literatura que Gonzalo Santoja debería sugerir como lectura a los Departamentos de Literatura de Castilla y León.

Martín-Miguel Rubio Esteban

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