Aquellos años bobos y este infierno de los vivos

Resulta ya casi proverbial la sagaz réplica que, en los 60, proporcionó el primer ministro británico MacMillan a una periodista. Cuando ésta le inquirió sobre lo que más temía, el gobernante conservador le respondió: «Los hechos, señorita, los hechos». No es el caso del doctor Sánchez, ¿supongo?, quien ha procedido a su olímpico desprecio a la hora de hacer frente a la pandemia del coronavirus, cuya manifiesta negligencia se ha traducido en que España sea el país del mundo con mayor porcentaje de víctimas en proporción a su población. Todo ello pese a gozar de uno de los mejores sistemas sanitarios mundiales y disponiendo de profesionales altamente cualificados que despliegan un esfuerzo titánico en estos días aciagos.

Como obra con cada inconveniente que le sale al paso desde que mora La Moncloa, al margen de cuál sea su naturaleza, Sánchez ha vuelto a recurrir a la política de apaciguamiento con la que Chamberlain, como primer ministro inglés, caviló frenar el expansionismo nazi, esa ensoñación que troca en pesadilla al alimentar la especie de que el tiempo lo resuelve todo –«Mañana, ya verás, todo estará bien»–, pero que, por lo general, engorda los problemas hasta convertirlos en insalvables.

Si Chamberlain justificó su desistimiento desentendiéndose de la invasión hitleriana de Checoslovaquia, creyendo favorecer así la paz de su tiempo, en base a que «se trata de un pueblo lejano con el que apenas tenemos relación», Sánchez quiso engañarse con que el Covid-19 no originaría mayor trastorno a esta España recluida hoy sine die y que confía no llegar a mayo para no remedar al prisionero del romance al que, «sin saber cuándo es de día ni cuándo las noches son», una avecilla le cantaba al albor hasta que un malhadado ballestero –«Déle Dios mal galardón»– mató su sonoro cantor.

Así como Chamberlain escogió el deshonor para evitar la guerra, cosechando la ignominia sin impedir la contienda, como le auguró Churchill, a Sánchez le cubre la misma deshonra al no haber sabido anticiparse y no haber acumulado, de paso, el prestigio necesario para librar un combate tan desigual con un enemigo tan invisible en sus movimientos como visible en sus efectos. Pero qué puede esperarse de un presidente que, tras reclamar como candidato la desaparición del Ejército –«Falta más presupuesto contra la pobreza, la violencia de género… y sobra el Ministerio de Defensa»–, lo descubre ahora, al igual que le ocurrió a su partido en 1982 con la Guardia Civil, como si fuera un alienígena.

Entre tanto, su vicepresidente Iglesias, después de asaltar los cielos para su exclusivo beneficio, contribuye a este infierno de los vivos. Es lo que ocurre cuando un pueblo se entrega a la demagogia como Atenas hace 2.600 años después de que Solón, uno de los siete sabios, restableciera la ley y el orden tras un periodo convulso. Cumplido el objetivo, se retiró de la vida pública instando a sus coterráneos a no olvidar la lección. Empero, al cabo de diez años, de vuelta del exilio voluntario que se impuso, se topó con que la turba se entregaba a la demagogia del tirano Pisístrato. «Os prendáis –les amonestó– de la lengua y las palabras de un hombre enlabiador y artificioso, mas no miráis, atentos, su conducta. Uno a uno sois una astuta zorra, pero juntos sois un tropel de bobos».

Viendo llegar el Covid-19 primero en China y luego en Italia, al no entender de otros cordones sanitarios que los ideológicos, el Gobierno abrió de par en par las puertas a la epidemia. Al tiempo, infligía a la opinión pública sesiones de hipnopedia televisiva para persuadirla de que estaba a salvo de una moribundia que, al parecer, era cosa de otros.

Al modo de Un mundo feliz, a quienes se resisten a tragarse la psicoactiva píldora dorada del Gran Ministerio de la Propaganda se les destierra simbólicamente a Malpaís, aquella reserva donde se recluía a los disidentes en la conocida distopía de Aldous Huxley. Al fin y al cabo, España no deja de ser ese país de viceversas del que hablaba Ortega y en el que se llama incendiario al que grita «¡Fuego!», si es que directamente no se les pone en la picota.

Después de consumir energías en alterar el pasado a su conveniencia e interés, tratando de ocultar su irresponsabilidad, ahora el Gobierno se empecina en contar los hechos, no como acaecieron, al no atender los idus de marzo, sino como deberían haber ocurrido. Así, la explosión de la epidemia, pese a avisos y alertas internacionales, la habría conocido el ministro Illa la noche del domingo 8-M cuando el desfile feminista concluyó –¡qué casualidad!–, pero lo cierto es que, a la mañana siguiente, en una entrevista en Herrera en COPE, se mostraba contemporizador como siempre y descartaba suspender festejos como las Fallas o cerrar colegios porque «no serían medidas eficaces».

No era verdad. La Organización Mundial de Salud ya había desaconsejado el 2 de marzo concentraciones urbanas. El filósofo Illa, al que solo le faltaba ser timadopor los chinos con los test rápidos, ejemplifica que el lenguaje político sirve para que las mentiras parezcan verdaderas y el crimen respetable.

Enajenado de la tozuda realidad de una plaga que se abría paso con su letal reguero de cadáveres, Sánchez ha acabado siendo atropellado por esos «hechos» de los que recelaba MacMillan y que se han mostrado irrebatibles. Pero también por «lo hecho» en «años bobos», recobrando el feliz hallazgo de Galdós, en los que no se ha dedicado a nada fecundo, sino a la propaganda más desconsiderada con la verdad.

No por casualidad, la vicepresidenta Calvo, como titular de la cartera de Memoria Democrática y presidenta de la comisión creada por si llegaba un Covid-19 cuya venida se negaba contra toda evidencia, pero con la visceralidad que acompaña a todo doctrinarismo, fue una de las más enérgicas en reclamar que había que echarse a la calle porque a las mujeres «les iba la vida» en ello, lo que no sabía hasta qué punto, como constató a los pocos días en su propia salud. Minusvaloró la transmisión del virus aseverando que más mataba el machismo. Como si un mal hiciera bueno al otro o la ideología de género actuara –cual nueva religión– de escudo protector.

No conviene circunscribir el disparate a Calvo, obviamente, sino que abarca a todo un Consejo de Ministros que se enajenó de la realidad creando un universo virtual hasta fabricar una colosal burbuja que ha reventado explosivamente tras no tener otro móvil que su particular provecho siguiendo el lenguaje caprichoso de los bobos que, según el personaje de Galdós, llaman «paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento». Años bobos, en definitiva, en el que toda estupidez parecía tener asiento y cobrar cuerpo de ley.

Lo hecho en la dirección equivocada y lo que se ha dejado de hacer en el sentido debido son dos caras de un gabinete afanado en reconfigurar el pasado y en elaborar sus planes de ingeniería social, mientras orillaba aspectos sustanciales de un Estado del Bienestar cuya preservación va más allá de su vociferación. Encenagados en remover los restos de los caídos del ayer y en rescatar las dos Españas machadianas por medio de una sectaria ley de Memoria Histórica para hacer bandera de la momia de Franco y reescribir el último parte de guerra de la contienda civil de 1936, se ha facilitado neciamente la hórrida pandemia de hoy.

Entretenidos, además, en otra adoctrinadora ley de género –el sandio proyecto de libertad sexual– de la que se hizo emblema en una marcha del Día de la Mujer que no debía haberse permitido un 8 de marzo en el que el coronavirus se propagaba irrefrenable y las concentraciones solo podían extenderlo de la manera en que lo han hecho sin que nadie haya tenido la probidad de pedir perdón. Al contrario, se empecinan tercamente en sostenella y no enmendalla hasta cavar el hoyo que puede acabar siendo su tumba política.

Si a esto se une la circunstancia agravante de un Gobierno de cohabitación en crisis, con dos proyectos difícilmente amalgamables, y que disimula su apreciable distanciamiento con la excusa de que se debe al protocolo que impone el coronavirus, todo presagia lo peor. En una hora crítica, España está en manos de un Gobierno de oposición que carece, con excepciones, de las bases para afrontar la gestión que cabe exigir a quien tiene encomendada la gobernación de un país.

Un Consejo de Ministros fraccionado, en el que su presidente desconfía abiertamente de uno de esos vicepresidentes, como es su socio y líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, no puede afrontar una crisis en marcha de las dimensiones colosales del Covid-19. Con un presidente, pendiente de sostenerse de pie como un tentetieso y un vicepresidente que avizora en esta crisis un atajo para finiquitar el régimen constitucional evocando el tic tac chavista: prohíbase, exprópiese… Venezuela, en suma, mediante falsos remedios que son peores que la enfermedad.

En ese brete, cada socio parece más empeñado en preparar un relato para esta postguerra que le permita salir bien librado cuando la pandemia cese y el aire se haga más respirable, si bien los sucesivos intentos del presidente por sobreponerse a la situación tratando de labrarse una imagen de estadista han resultado, por ahora, fallidos: primero derivó en un estadístico limitándose a contar muertos, y luego, haciendo de La Moncloa una gran plató merced a la experiencia televisiva de su portavoz, Miguel Ángel Oliver, en un mediocre presentador de televisión.

Lo acreditó en sus intervenciones del sábado y el domingo de la semana pasada en las que produjo un apreciable hastío y hartazgo hablando en bucle. Ayer anduvo más contenido al anunciar, a rastras de los acontecimientos, la paralización de actividades no esenciales sin renunciar, de paso, a trasladar sus reproches a los países de la UE más críticos con la gestión que ha hecho España de su presupuesto en la época de vacas gordas.

En la actual encrucijada, con una doble crisis de salud y económica, no cabe mejor salida que la anticipada en esta misma página hace 15 días: un Gobierno de emergencia nacional con PP y Cs que tiene difícil capitanear Sánchez, claramente sobrepasado como Zapatero en 2008, y unas posteriores elecciones en las que los españoles tomen la palabra con el riesgo claro que pudiera retornar a la política España a la casilla de salida con los mismos socios y aliados del presente.

Si Susana Díaz se desembarazó de Izquierda Unida con la que gobernaba Andalucía aprovechando que apoyó una ocupación de viviendas, Sánchez está más cargado de argumentos para dar un giro de ese fuste, pero no parece que vaya a desembarazarse de Podemos y de los nacionalistas. «Los días cambian, el tiempo cambia... la gente no cambia», le dice el personaje del detective alcohólico que interpreta Bruce Willis en 16 calles al delincuente que conduce ante un gran jurado para que testifique contra un policía corrupto y que le expone sus planes para rehacer su vida. Con ese escepticismo, hay que contemplar que Sánchez vaya hacerlo, pues árbol que crece torcido nunca su tronco endereza.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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