¿Aquí no ha pasado nada?

A pesar de las fiestas, estos días las embajadas trabajan arduamente. Las de todos los países. Como siempre, envían notas confidenciales con las informaciones que obtienen y reciben órdenes sobre lo que han de lograr. La tarea de trámite. Pero no seamos ingenuos: además de eso, ahora cruzan mensajes con sus gobiernos y con las otras embajadas sobre la manera de asentar la tesis de que Aquí no ha pasado nada a resultas de los documentos desvelados por Wikileaks.

Tendremos que esperar a que alguien consiga y filtre los detalles de lo que hacen y dicen las embajadas en esta nueva fase del caso, pero es evidente que se ha producido un cambio de estrategia. Tras la pretensión inicial de que considerásemos las revelaciones como un gravísimo ataque contra todos nosotros, de que tenían un trasfondo criminal porque multiplicaban el riesgo terrorista y la inseguridad, los afectados han pasado a desarrollar un ninguneo puro y duro de los contenidos. Entre las actuaciones para rebajar la dimensión de lo ocurrido destaca la ingeniosa maniobra de presentarlo todo como la obra de un desequilibrado que, prueba del nueve de su maldad, para mas inri es un delincuente sexual. Pero sobre todo ha predominado el silencio oficial, mirar hacia otro lado, demorar las explicaciones públicas que pedía la gente, e inducir la idea de que las embajadas se limitan a hacer su trabajo, que a veces es feo. Y lo cierto es que en la vorágine de la sobreinformación, en la que cada día aparecen nuevos temas y versiones de los viejos temas, Wikileaks va perdiendo gas. Cada vez está menos presente en las portadas de los periódicos, aparece con menos relieve en los noticiarios televisados y radiados, y se diluye en el laberinto infinito de las comunicaciones por internet.

Tienen que ser muy interesantes los documentos que emiten el Departamento de Estado norteamericano y las cancillerías de los países afectados intercambiando consignas y estrategias para que los ciudadanos restemos trascendencia a las revelaciones. Y las más que probables listas negras de periodistas resistentes sobre quienes se tomarán medidas en cuanto escampe. Tienen que ser muy interesantes porque los elaboran políticos en estado de nervios, analistas que definen lo que le conviene al llamado interés de Estado, psicólogos sociales que se nutren de estadísticas, y todos los éticamente mediocres que trabajan al servicio de la prioridad de que los actuales gobernantes sigan el mayor tiempo posible en sus puestos.

Las ideas -magistrales o no- de todos esos profesionales primero circulan desde los telegramas que entran y salen de las embajadas, y luego acaban concretándose en los grandes mensajes que recibimos los ciudadanos, en una especie de diván virtual, mientras nos dan terapia a través de la radio, la prensa, la televisión e internet, que son los instrumentos que paradójicamente se utilizan tanto para la ida como para la vuelta de este problema. Descartada la eficacia de la propuesta inicial, la de decirnos desde Washington que su incapacidad de guardar secretos era nuestro problema, ahora nos inoculan cosas más sutiles. Y los contenidos que nos proponen son estos: que el poder es el poder y tiene la obligación de hacer su trabajo; que para los gobernantes el fin justifica los medios; que en la política hay alcantarillas imprescindibles; que deberíamos entender que muchos objetivos lícitos únicamente se consiguen presionando sin límites o vulnerando leyes; que si no queremos guerras abiertas con tiros y bombas tendremos que aceptar forcejeos con armas diplomáticas (incluyendo la mentira, el soborno y el chantaje) para evitarlas.

Están ganando.Wikileaks era la demostración de la deslealtad, del doble lenguaje y la vulneración de las leyes que comete en ocasiones la clase política, pero le han dado la vuelta: ahora ya no es una cuestión suya, sino nuestra. Por eso, la verdadera lección de Wikileaks no es que los gobiernos a veces son hipócritas y ejercen el poder como en tiempos del despotismo ilustrado, porque eso ya lo sospechábamos, sino que ahora nosotros, que tenemos las pruebas, hemos de decidir personal y colectivamente si aceptamos que continúe este estado de cosas o no. Personalmente, en los casos que afectan a nuestros representantes, a través de nuestro voto. Colectivamente, a través de impulsos sociales en una dirección u otra, hacia la regeneración de la política internacional (en paralelo a la regeneración de las prácticas financieras mundiales) o hacia la aceptación de las podredumbres por considerarlas inevitables.

Wikileaks resalta la baja calidad de la democracia actual y la necesidad de que la información continúe pudiendo ejercer la función de contrapeso de los poderes. Con la falta de transparencia de las instancias oficiales, si no hay periodistas y medios de comunicación que difundan las noticias que puedan obtener gracias a filtraciones o investigaciones, el mundo de las apariencias acabará imponiéndose al mundo de las realidades.

Antonio Franco, periodista.

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