Aquí yace la vergüenza de un país

El plástico con las leyendas de duelo que los madrileños escribieron tras los atentados permanece caído en el suelo de la estación de Atocha. Julien AFP
El plástico con las leyendas de duelo que los madrileños escribieron tras los atentados permanece caído en el suelo de la estación de Atocha. Julien AFP

El 11 de marzo de 2004 a las 7.40 de la mañana, mientras se calentaba la leche del desayuno, varias bombas mataron a 64 personas e hirieron a casi 200 en varios vagones de cercanías justo detrás de mi casa. Téllez es una calle de Madrid donde vive mucha gente, pero desde ese día es también, en el lenguaje policial y judicial, uno de los cuatro focos de las explosiones del 11-M. El foco de Téllez. Casi 12 años después de aquello, el escenario de la tragedia ha cambiado mucho, los niños han crecido, hay vecinos que vendieron sus pisos y en el muro que separa las vías de la urbanización casi siempre hay flores y algunas placas mortuorias como las de los panteones de los cementerios. En una de ellas hay una foto de una chica joven que fue asesinada en el foco de Téllez a los 28 años. «Livia Bogdan. 28-X-1976. 11-M-2004. O lacrima si o floare». «Un desgarro y una flor», traducido del rumano. Livia interpela desde este muro cada día a las personas que pasan por allí. Como nos interpelan a todos los españoles las 192 víctimas del atentado más sangriento de nuestra Historia.

Todas y cada una de las personas que perdieron a sus padres, hijos, mujeres, maridos o amigos en los trenes del 11-M han revivido la pesadilla esta semana. La noche del pasado viernes, cuando en París iba creciendo por horas el recuento de los muertos y heridos, los madrileños recordamos aquella mañana de marzo de la que pronto se cumplirán 12 años. Y cuando días después los terroristas de París se atrincheraron en un piso de Saint Denis no pudimos apartar de la mente el recuerdo del piso de Leganés. Nadie como los madrileños puede entender las lágrimas de los parisinos, el duelo en las calles, las flores tapando la puerta de los locales señalados por el terror, las velas encendidas, los mensajes de solidaridad, la impotencia y el miedo a que vuelvan otra vez. Los niños de la urbanización preguntaban después del 11-M con una lógica que desarmaba: «Si los malos vinieron una vez, ¿por qué no van a volver?». Los malos han vuelto en estos 12 años a muchos lugares para sembrar el mismo terror. A Londres, a Bombay, a Estambul, a Bagdad… La lista de ciudades atacadas por el terror yihadista es interminable.

La extensión del terrorismo a todo el planeta en los últimos 12 años deja en evidencia la lectura pequeña y miserable que España hizo de la masacre durante aquellos atroces tres días de marzo. Lo resolvimos de un plumazo. El Gobierno –ciego a lo que no fuera su propia desgracia– echó la culpa a ETA y millones de españoles creyeron que nos lo teníamos merecido por haber ido a la Guerra de Irak.

Livia Bogdan y las otras 191 víctimas nos han vuelto a interpelar esta semana dejando al descubierto nuestras vergüenzas como nación. La noticia de que el monumento a las víctimas del 11-M permanece abandonado, hundido y oxidado sin que nadie se haya dado cuenta hasta los atentados de París es lacerante, dolorosa y golpea el corazón de todos nosotros. Sin embargo, el corazón de las autoridades parece de hierro porque nadie se ha conmovido. Escuchamos La Marsellesa con la emoción en los ojos, escribimos que nos da envidia el patriotismo de los franceses, reactivamos el pacto contra el yihadismo, lanzamos soberbias proclamas de defensa de la civilización occidental frente al terror. Pero despreciamos a nuestras víctimas del 11-M y no honramos a los muertos como se merecen. La vergüenza de un país yace en ese plástico tirado en el suelo de una dependencia del intercambiador de Atocha con las palabras que los madrileños dejaron escritas para sus muertos. «No hay palabras». «Todos íbamos en ese tren». El monumento abandonado nos deshonra como país. España ha sido capaz de honrar a las víctimas del terrorismo de ETA. Pero de las víctimas del 11-M nos hemos olvidado. Como si fueran de peor condición.

Hemos enterrado el 11-M, nuestra estación de terror islamista, con total indiferencia. Los actos de homenaje de los 11 años transcurridos han sido deslucidos, con las asociaciones de víctimas cada una por su lado y sin la representación institucional que se merecían los muertos. El 11 de septiembre de todos y cada uno de los años que han pasado desde 2001, los presidentes americanos han recordado a las víctimas en Nueva York. Aquí, sin embargo, el actual presidente del Gobierno –que ya era candidato del PP a las elecciones de 2004– nunca ha participado en los actos de recuerdo del 11-M. Únicamente en marzo de 2007, los Reyes de entonces, Juan Carlos y Sofía, inauguraron el monumento ahora abandonado. Una instalación que nació muerta con un frío cilindro exterior en una glorieta llena de coches que nadie sabe lo que es y una sala interior dentro de la estación por donde pasan miles de personas sin percatarse de que están atravesando un lugar sagrado porque nadie se lo advierte.

Hubo un momento de aquella mañana en el que los muertos del foco de Téllez se quedaron solos en los trenes reventados. Los heridos habían sido evacuados y sólo quedaban los cadáveres tapados con mantas o con plásticos. Los muertos del 11-M siguen así de solos 12 años después porque el atentado yihadista se produjo tres días antes de unas elecciones. No nos preguntemos más por qué no puede sonar nuestro himno. La respuesta está tirada en la estación de Atocha.

Lucía Méndez, periodista.

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