Aquiles y la tortuga

¿Por qué los pobres lo siguen siendo? La economía es una ciencia ingrata ya que, en teoría, sabemos cómo pasar de la miseria a la prosperidad gracias a la combinación adecuada de capital y de trabajo. También sabemos que esta alquimia es más eficaz cuando la crea un empresario privado y la vigila un Estado legítimo, árbitro del juego. Cuando, tras la caída del pseudomodelo soviético, el mundo entero se sumó a esta receta liberal, a la mayoría de los economistas les pareció evidente que todos los países, al aplicar estas reglas, convergirían hacia una prosperidad común. Esta teoría de la convergencia parecía confirmada inicialmente por la práctica. Así, entre 2000 y 2009, según el Banco Mundial, los países pobres avanzaron un 7,6 por ciento, y los países ricos un 3 por ciento. A ese ritmo, en treinta años, la renta personal del 80 por ciento de los habitantes más pobres se habría equiparado más o menos a la renta personal de los europeos occidentales y de los estadounidenses. Aquí hacemos referencia a la riqueza personal, no a la producción nacional, que se calcula en función del número de habitantes y que no nos informa sobre la vida real en los países concernidos. China es la segunda economía mundial por su población, pero es la 93ª en renta por habitante. Para vivir bien, más vale ser estadounidense o europeo que chino, aunque algunos ideólogos manipulan las estadísticas para convencernos de lo contrario.

Esta convergencia de las rentas personales recuerda al precedente occidental. A principios del siglo XIX, los británicos contaban con una renta que superaba al menos en un tercio a la de los europeos del continente; justo antes de la Segunda Guerra Mundial, todos los europeos disponían de unas rentas comparables, tras haber aplicado en sus países los métodos británicos.

Por desgracia, esta teoría de la convergencia se derrumba ante nuestros ojos para dar paso a una alternativa intelectualmente menos satisfactoria: la de la divergencia. Como la economía occidental, especialmente en Estados Unidos, ha recuperado su impulso mientras que los países llamados emergentes son, de repente, «inmergentes», los pobres del mundo, lejos de equipararse a los países ricos, se alejan de ellos. El Banco Mundial calcula ahora que el tiempo de equiparación será de un siglo, en lugar de treinta años años, y el Fondo Monetario Internacional (cuyas estadísticas son más fiables porque está menos politizado), de cerca de tres siglos. Evidentemente, solo se trata de previsiones que parten de la base de que nada cambiará en la configuración de los estados nacionales, en su deseo de crecimiento (una idea relativamente nueva en nuestra historia), en las herramientas técnicas y en las políticas disponibles. Lo que se pretende con estas hipótesis no es tanto adivinar si un indio vivirá tan cómodamente como un europeo dentro de treinta años años o dentro de tres siglos, sino entender por qué el mundo pobre acaba de pasar repentinamente de la convergencia a la divergencia.

La explicación más probable es que el periodo de emergencia rápida, 2000-2009, fue una feliz excepción, pero no una norma histórica de larga duración. Al renunciar al socialismo, China, India y Brasil han liberado el espíritu de empresa, han importado técnicas de producción y capital occidental, han desplazado a millones de campesinos hacia las fábricas, y se han beneficiado de la repentina apertura del comercio internacional y de la rapidez de las comunicaciones por internet y de los transportes por contenedores. Nunca en la historia económica se han dado tantos elementos favorables a los países emergentes. Pero esta euforia ha terminado porque estos países emergentes no han sabido crear las condiciones duraderas para una prosperidad que no dependiese sobre todo de la innovación científica y del consumo concentrados en el mundo ya desarrollado. Los países emergentes creyeron que les bastaría con explotar indefinidamente su mano de obra barata y sus recursos naturales, pero no se prepararon para la revolución tecnológica que permite la reindustrialización de los países ricos.

Podemos ilustrar este error de los países emergentes con un antiguo enigma matemático, el de la carrera de Aquiles y la tortuga. Si la tortuga sale primero, Aquiles no la alcanzará jamás: para alcanzarla, tendría que cruzar la línea mediana que le separa de la tortuga. Cuanto más avanza Aquiles, más disminuye la línea mediana, pero no desaparece nunca.

Dejo al lector sumido en la perplejidad y vuelvo a la economía. La línea mediana que separa a los emergentes «inmergentes» de los que ya han emergido se llama innovación, ciencia, propiedad intelectual y Estado de Derecho. Los dragones de Asia –Japón, Corea del Sur, Taiwán y Singapur– han recuperado el retraso con el mundo occidental en una generación o dos por haberlo entendido y por no haberse dejado intoxicar por los beneficios inmediatos de la globalización. Estos países, los dragones asiáticos, invirtieron sus beneficios en las infraestructuras políticas y educativas de un desarrollo duradero. Comprendemos entonces por qué, hoy en día, algunos países divergen en vez de converger. Por ejemplo, Argentina destruye el Estado de Derecho; China cierra su mercado interior y copia más de lo que innova; India se niega a exponer a sus agricultores a la competencia; en África, los estados se disgregan; y en Egipto el Gobierno vuelve a nacionalizar la economía.

La economía es realmente una ciencia ingrata porque la mayoría de las veces favorece a la tortuga por el simple hecho de haber salido la primera y de que casi nunca se desvía de su camino.

Guy Sorman.

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