Arabia Saudí, el reino de las maravillas

Hace apenas una semana, el ministro de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí, Adel al Jubeir, tuvo un encuentro con un reducido grupo de periodistas españoles con motivo de su visita a Madrid. Durante el mismo, el mandatario pronunció unas duras acusaciones contra Qatar. Con el objetivo de no tergiversar en ningún momento las declaraciones del ministro saudí, me permito reproducir literalmente sus palabras: «La gente ve en Qatar el Mundial de fútbol de 2022. Ve bellos edificios y modernas explotaciones energéticas y cree que es una nación normal. Nosotros vemos el mal».

Tal vez el ministro Al Jubeir vea maldad en un país que se ha convertido en plataforma de libertades, que apuesta por la educación de los jóvenes y que alberga seminarios y conferencias de carácter regional e internacional, como WISE o Doha Forum. Quizá el Gobierno saudí considere que el mal se esconde en alguna de las once universidades internacionales con sede en territorio catarí, en la organización de un Mundial de fútbol que pretende tender puentes entre culturas y dar a conocer nuestra región o en el fondo de inversiones «Silatech», creado para apoyar a la juventud árabe en su formación académica. O acaso piense que la maldad vive encerrada en Al Jazeera, canal al que acusa de «emponzoñar» la mente de los musulmanes y de «expandir el odio». Quizá olvide el señor Al Jubeir que a través de esta cadena, la más vista del mundo árabe, millones de personas acceden diariamente a la realidad y esquivan la censura reinante en muchos puntos del Golfo. Incluso los propios jóvenes saudíes acuden a Al Jazeera para escapar del control informativo que impera dentro de sus fronteras y ven en Doha un espacio en el que poder disfrutar de actividades culturales y deportivas de manera libre y abierta.

Durante su encuentro con la prensa española, el mandatario saudí se afanó también por aclarar que su país no está ejerciendo un «bloqueo» contra el Estado de Qatar, sino un «boicot». Queda lejos de mi intención entrar en polémicas innecesarias o poner etiquetas a la difícil coyuntura que vive nuestra región. En cualquier caso, es una evidencia que Arabia Saudí ha cerrado las fronteras terrestres, marítimas y aéreas con Qatar en un claro intento por aislar y ahogar a nuestro país e impedir la entrada de productos de primera necesidad, como alimentos, medicinas o leche de bebés. La terminología empleada para definir esta realidad es, llegados a este punto, de carácter meramente anecdótico.

Las razones que subyacen en el conflicto que vive el Golfo son mucho más profundas y complejas de lo que intentan vender nuestros vecinos. Nada tienen que ver con la supuesta financiación del terrorismo islámico por parte de Qatar, algo a todas luces infundado y rotundamente falso. Para llegar a comprender la realidad hay que ser muy consciente de que en el mundo árabe existen dos posturas antagónicas. Por un lado, algunos Estados apuestan por el inmovilismo y la perpetuación de un sistema basado en principios arcaicos. Muchos de ellos cuentan con dirigentes cerrados e incapaces que aspiran a mantenerse en el poder a toda costa. En el extremo contrario se sitúan aquellos que sostienen que el progreso debe estar basado en una visión moderna y claramente tolerante, en una actitud abierta, en la diplomacia y en la creación de nuevas oportunidades. Qatar se encuadra en este segundo grupo. Como es natural, nuestro posicionamiento puede resultar incómodo para aquellos que pretenden conservar el statu quo a cualquier precio.

Arabia Saudí ha creado una crisis repentina en nuestra región con la clara intención de lograr objetivos políticos. Unos días antes de su estallido, el propio ministro Al Jubeir participó en una conferencia de embajadores celebrada en nuestro país y destacó las excelentes relaciones existentes entre Doha y Riad. ¿Cómo se explica que apenas una semana después su Gobierno decidiera desencadenar un conflicto que ha puesto al mundo al borde del abismo? Por fortuna, la intervención del emir de Kuwait ha evitado que se llevaran a cabo medidas más dañinas, como habría sido la invasión militar de Qatar.

Si Arabia Saudí pretende convencer a la comunidad internacional de su decisión de implementar reformas y llevar a cabo cambios estructurales, debería tomar como base el diálogo y la concordia, olvidando el uso de la fuerza o la utilización interesada de la religión y las tribus. Quizá la actitud que mantiene actualmente no sea sino una muestra de los recelos hacia un país como Qatar, que ha logrado crear un modelo en la región y es reconocido internacionalmente por su apuesta por la innovación, la educación y el deporte. Tal vez todo sea fruto del miedo a que se tambalee el reino de las maravillas que tanto se han afanado en crear.

Mohamed al Kuwari es embajador de Qatar en España.

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