¿Arabia Saudí, vulnerable?

En Oriente Medio tiene lugar una revolución. Los jóvenes se envalentonan y cobran confianza como nunca lo habían hecho. Lo que hemos visto en Túnez, Egipto, Yemen, Bahréin y por supuesto Libia podría todavía prender en otros países de la región.

Sin embargo, si la revolución se ha de detener en algún lugar, resulta probable que lo haga a las mismas puertas de la casa de Saud.

En Arabia Saudí, los jóvenes comparten las mismas aspiraciones y deseos que han impulsado los otros acontecimientos registrados en el mundo árabe. Quieren, también, mayores libertades, transparencia política y nivel similar de capacidad de consumo al de los tunecinos, los egipcios y los libios.

Sin embargo, Arabia Saudí es también diferente del resto de la región y no resulta probable que la poderosa ola de cambio inunde el desierto arábigo.

A diferencia de la asombrosa pobreza observable en Túnez, Egipto y otros lugares, los saudíes conocen un grado relativo de prosperidad. Aunque el país no está exento de pobreza, el Gobierno ha invertido enormes cantidades de dinero, millardos de dólares, en ayuda y asistencia social de la que depende la propia población. No es de extrañar que el regreso del rey Abdulah al reino el miércoles coincidiera con el anuncio de que el Gobierno va a inyectar una suma adicional por valor de 36 millardos de dólares en proyectos de iniciativa pública incluyendo salarios de funcionarios de la Administración. Indudablemente, ello obedece al clima de nerviosismo, pero traduce también un método comprobado de mantener a raya la discrepancia.

La estructura social del reino saudí atenúa también su grado de vulnerabilidad. Los principales instituciones del Estado y del Gobierno y el estamento suní ultraconservador son una sola cosa. Entre ambas instancias en liza funciona un contrato social en beneficio de ambas. Las élites respectivas han reforzado tal contrato social en tiempos de inestabilidad. El rey Abdulah – considerado un reformador-se ha ganado la confianza de los conservadores al negarse a proceder a cambios radicales en el seno de la sociedad saudí a cambio de que el liderazgo religioso escape a las garras del extremismo del tipo Al Qaeda.

Esto no significa que dejen de acechar peligros contra el establishment.La revuelta árabe ha resultado posible en gran medida gracias al llamado efecto Al Yazira por el cual ciudadanos de a pie han cobrado conciencia de la corrupción e injusticia rampantes en sus propias sociedades gracias a diversos aparatos técnicos frente a cuyo peso e influencia no goza de inmunidad la casa real saudí.

Por otra parte, la sociedad saudí no se halla libre de tensiones, y aún menos en el caso de la minoría chií. El rey Abdulah ha hecho diversas concesiones de menor rango a la población chií, pero debe ir más allá si quiere asegurar la estabilidad del país. Su Administración habrá tenido sin duda ocasión estos días de aprender del vecino Bahréin, que ha casi sofocado la revuelta chií mediante el ofrecimiento de concesiones a los sectores moderados y la liberación de presos políticos, si bien la crisis de Bahréin dista de haber finalizado.

Tal vez la mayor amenaza proviene de la frontera sur con Yemen, país que lidia también con su propia revuelta y parece mucho menos seguro. Yemen corre peligro de caer en una guerra civil, que a su vez podría dar paso a un vacío susceptible de ser explotado por la disidencia tribal y el islamismo militante: buena parte de los grupos tribales ya disponen de puntos de apoyo en las zonas desérticas de escasa densidad de población y podrían aprovechar de buena gana la ocasión para trasladar su lucha al otro lado de la frontera.

El resto del mundo también debería prestar una atenta mirada a la situación. Los precios del petróleo suben ante un mero indicio de propagación de la inestabilidad y la ostentación del gasto público anterior se refleja con hiriente contraste en el grado de preocupación imperante en los niveles más altos del gobierno de Riad.

En el caso de que cayera Arabia Saudí – panorama improbable-un terremoto económico sacudiría a la economía mundial. Los dos principales picos de la inflación occidental de que se guarda memoria reciente se debieron a la limitación del suministro por parte de los países de la OPEP en el año 1973, en protesta por la postura estadounidense de armar a Israel y, posteriormente, a la revolución islamista en Irán. Arabia Saudí es una economía de gran dimensión que engrasa las ruedas del resto del mundo.

No sólo sufriría Occidente las consecuencias, sino también las economías emergentes, incluidos China, India y Brasil, que han alcanzado su crecimiento económico gracias en no poca medida al petróleo económico, abundante y disponible de Arabia Saudí.

La mayoría de nosotros juzga que el reino saudí es demasiado grande y robusto como para caer bajo el peso de las protestas reformistas y revolucionarias. Si estamos equivocados, el efecto sobre el resto del mundo será devastador.

Por Fawaz A. Gerges, director Centro de Oriente Medio en la London School of Economics, Universidad de Londres.

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