Arabia Saudita, año 1443: una imagen diferente

Desde la Hégira (emigración) del profeta Mahoma de la Meca a Medina en el año 622 de nuestra era, la religión musulmana ha marcado la impronta de Arabia Saudí, remozada a partir del siglo XVIII con la labor purificadora e iconoclasta del renovador Abdul Wahab. Han pasado 1400 años, pero como los musulmanes contabilizan en años lunares en la contabilidad islámica estamos en el 1443.

En 1933, hace casi 100 años, se produjo el descubrimiento del petróleo y desde entonces, este país ha girado en torno al oro negro. El petróleo ha hecho posible la transformación económica del país. Islam y petróleo, dos señales de identidad en la historia de Arabia.

El nombre de Arabia Saudita se debe al fundador Abdulaziz o Ibn Saúd (se decía que había participado en 100 batallas y que tenía 43 cicatrices en su cuerpo) que tras la Primera Guerra Mundial acaba desplazando al sharif hachemita Hussein y unifica las regiones de Hedjaz, Nejd, El Hasa y el Asir. La impronta de Ibn Saúd ha continuado con una estirpe de más de diez mil príncipes y princesas de su descendencia, y los seis reyes que se han sucedido en el poder desde 1953, alguno de ellos asiduos visitantes de nuestro país.

España no tiene una historia común con Arabia, pero desde la llegada del general Tariq y sus huestes a la Península Ibérica en el 711 no se la puede entender sin los ocho siglos de presencia islámica, que ha dejado honda huella en muchos aspectos de la vida diaria: costumbres, léxico, gastronomía y (hasta cierto punto) en su genética.

La tradicional amistad de España con los países árabes de la época del franquismo (en los años cincuenta tuvieron gran repercusión las visitas oficiales del presidente Nasser de Egipto, el Rey Saúd de Arabia o el Rey Hussein de Jordania) ha tenido continuidad en la estrecha relación del Rey emérito Juan Carlos con la dinastía saudita, y más recientemente en iniciativas como la «Alianza de Civilizaciones» preconizada por el tándem Zapatero-Moratinos.

Como guardián de los Santos Lugares, el Rey de Arabia Saudita es señor de la Meca con gran autoridad sobre la «umma» o comunidad de creyentes del islam. Peregrinos de todo el mundo (muchos de ellos instalados hoy en Europa) acuden todos los años a cumplir con uno de los pilares que obliga a peregrinar a la Meca al menos una vez en la vida. Como viajero, acabo de visitar, en este mes de marzo de 2022, una de las ciudades santas, Medina, ahora abierta a los no creyentes, que me pareció una extraordinaria fusión de tradición y modernidad.

Arabia Saudita se ha movido siempre en la dualidad del conservadurismo religioso y el respeto a la «sharia» (ley islámica) por una parte, y una alianza duradera con los Estados Unidos, por otra. Es consciente del tremendo poderío que le han proporcionado sus inmensas reservas de petróleo, pero también de que estas reservas algún día acabarán.

Arabia aspira hoy a elevar su estatura internacional y participa activamente en el Consejo de Cooperación del Golfo, ha organizado el pasado año una reunión (virtual) del G20, es muy activa en eventos deportivos como la F1 de automovilismo, o se ofrece como organizadora en la Copa América de vela. En estos días, el príncipe heredero Mohamed bin Salman ha ofrecido sus buenos oficios como mediador en la guerra de Ucrania.

Para ello debe mejorar su imagen exterior, y alinearse con otros países del Golfo en la atracción del turismo extranjero (aspiraría a llevarse la sede de la Organización Mundial del Turismo, ahora en España). La Autoridad de Turismo cuyo presidente es un miembro de la familia real, está promocionando una campaña desde 2019 que quiere convertir Arabia Saudí en un país amable y abierto al visitante extranjero «un país seguro, bien comunicado y orgulloso de su historia» ha declarado el príncipe saudí.

Y es que Arabia ofrece mucho más que sus vecinos con la atracción cultural derivada de ser origen del Islam, y el paso de muchas civilizaciones como los nabateos (impresionantes los monumentos funerarios de Herga, también presentes en Palmira y Petra). Arabia, austera y violenta, pródiga y acogedora, inestable y emotiva. La religión islámica ha nacido en el desierto y ese vacío te acerca a Dios «Dios sin color, sin cara, sin forma palpable». Y como decía T. E. Lawrence, el hombre que apoyó la rebelión árabe contra el turco, «el beduino posee el aire, los vientos, el sol, la luz, los espacios descubiertos y un inmenso vacío».

Gonzalo Ortiz es embajador de España.

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