Arabia Saudita y la Primavera árabe

Arabia Saudita se percibe ampliamente como el país que encabeza la contrarrevolución frente a los levantamientos de la primavera árabe. En realidad, la respuesta del Reino se centra, como su política exterior e interior lo ha hecho durante mucho tiempo, en la “estabilidad”. Los saudíes no quieren que las fuerzas antisaudíes, como sus enemigos de Irán y Al Qaeda, aumenten su influencia en Oriente Próximo.

Algunos de los viejos líderes saudíes han vivido antes esta situación. Las revoluciones nacionalistas de los años 50 y 60, inspiradas y representadas por el egipcio Gamal Nasser de Egipto, casi derribaron la Casa de Saud. Sin embargo, los príncipes saudíes de hoy parecen reconocer que algo realmente ha cambiado en Oriente Próximo: la generación más joven de árabes ya no está dispuesta a aceptar gobiernos irresponsables, corruptos y brutales.

Arabia Saudita, que se ha autoproclamado baluarte del conservadurismo islámico, donde la democracia popular nunca se ha considerado una forma legítima de gobierno, ha pasado a la ofensiva en algunas áreas más que en otras. En el plano interno, la familia real golpeó rápidamente, prohibiendo las manifestaciones públicas y los actos de desobediencia civil. La interpretación tradicional que del Islam hace el Reino deriva la legitimidad política de la correcta aplicación de la ley islámica por parte de los gobernantes. A cambio, sus súbditos le deben obediencia dentro del marco de la ley religiosa islámica.

En caso de haberlo, el disenso siempre debe adoptar la forma de consejos bien intencionados que se dan al gobernante en privado. Las manifestaciones públicas de disenso se consideran como contrarias al Islam, porque fomentan la división y conducen a la guerra civil. El más alto consejo de eruditos religiosos saudíes declaró hace poco que las manifestaciones son categóricamente no-islámicas. Frente a la posibilidad de manifestaciones masivas el 11 de marzo -el llamado Día de la Ira en una página de Facebook- los gobernantes saudíes cumplieron ese fallo mediante el despliegue masivo de fuerzas de seguridad en las calles.

También jugaron la carta chií, eficaz baza en Arabia Saudita, que posee una mayoría suní. Los gobernantes sostuvieron que las protestas públicas en toda la región estaban siendo orquestadas por el Irán chií, y que eran sectarias y anti-suníes. La amenaza del caos, evidente ahora en Libia, Siria y Yemen, también ha jugado a favor de la familia real. La Casa de Saud ha gobernado por largo tiempo en Arabia, y su promesa de estabilidad sigue siendo clave para su permanencia.

Un gran paquete de subsidios del gobierno también ayudó a la calma interna. De repente, se añadieron $ 130 mil millones a las proyecciones de gastos para los próximos cinco años. Se elevaron los sueldos de todos los funcionarios públicos, que conforman la mayoría de la fuerza de trabajo nacional, al igual que el número total de empleos del sector público. El rey Abdulá prometió un gran número de nuevas viviendas, gesto importante en un país donde los jóvenes, especialmente las parejas recién casadas, no pueden acceder fácilmente al mercado de la vivienda.

En el vecino Bahréin, los sauditas también fomentaron rápidas medidas para reforzar el régimen de minoría suní frente a una creciente ola de protesta encabezada por la mayoría chií del reino isla. Tropas saudíes entraron al país bajo la bandera del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) y los gobernantes saudíes dieron instrucciones precisas de adoptar una política de mano dura con los manifestantes, una vez más con el argumento de que la mano infame de Irán agitaba la subversión del país.

Sin duda, los saudíes creen que un Bahréin chií crearía una avanzada de predominio iraní a sus mismas puertas. Aquí también el Reino empleó su política de dádivas a través del CCG, con la promesa de $10 mil millones de dólares durante la próxima década. Hizo otros grandes compromisos financieros  con Omán y Jordania, aliados de Arabia Saudita que han logrado silenciar los rumores iniciales de protestas masivas.

Más lejos, en Libia y Siria, los saudíes han dicho poco, tal vez para evitar ponerse del lado perdedor en circunstancias inciertas. El Reino no tiene en gran estima al gobernante libio Muammar Gadafi, que trató de asesinar al Rey Abdulá y ha emprendido una campaña de propaganda concertada contra Arabia Saudí por al menos una década. Sin duda, a los saudíes les gustaría su derrocamiento, pero no tienen reales intereses en juego en el resultado del levantamiento libio.

Más cerca de casa el Reino detesta al presidente sirio Bashar al-Assad por su alianza con Irán y su duplicidad en el Líbano, pero posible caída presenta a los saudíes el riesgo de un país gobernado por los Hermanos Musulmanes. Aún peor es la posibilidad de que Siria caiga en el caos y termine por arrastrar a El Líbano y tal vez a una región más amplia.

Sin embargo, el excesivo de la fuerza por parte del régimen de Assad (especialmente el asesinato deliberado de miles de civiles, en su mayoría suníes) ha dado pie hace poco a una postura más dura. El rey Abdulá manifestó que se trata de un hecho inaceptable y retiró a su embajador en Damasco. En todo caso, aún están por verse las implicaciones políticas reales.

El vecino Yemen es una amenaza mucho más inmediata. La oposición está muy dividida, y los líderes tribales y militares se encuentran comprometidos con uno u otro bando. A los saudíes les resulta inquietante el que el sur esté siendo tomado por islamistas de línea dura, algunos de ellos aliados de Al Qaeda. Lanzar dinero no es una estrategia que funcione en Yemen, que es demasiado grande y complejo para ser pacificado. En los hechos, el país está al borde del colapso total.

Hoy en día, los saudíes ven que 24 millones de yemeníes -hambrientos, fuertemente armados y envidiosos de la riqueza saudí- los contemplan desde el otro lado de la frontera. Si estalla la guerra civil, los saudíes no será capaces de detener las oleadas de refugiados. Sin embargo, el Reino sigue paralizado, aún vacilante sobre la conveniencia de permitir que el presidente Ali Abdulá Saleh, que está convaleciente en Riad de las heridas sufridas en un ataque con bomba, vuelva a Sana para retomar las riendas de su régimen.

A pesar de su riqueza y planificación, los saudíes siguen vulnerables a las turbulencias que les rodean. En casa, el legado del régimen de la familia saudí, el temor al caos, el aumento del gasto público y las abundantes fuerzas de seguridad han logrado mantener la calma. Sin embargo, se ha optado por sacrificar una modesta apertura política y la diversificación económica más allá de la industria estatal. En Bahréin, ahora la situación también se ha tranquilizado, pero han aumentado las posibilidades de una mayor radicalización de la mayoría chií del país, posiblemente en beneficio de Irán en el largo plazo.

Se acerca un gran cambio en Oriente Próximo y no está claro que una política saudí de estabilidad a toda costa logre afianzar el régimen.

Por Bernard Haykel, profesor de Estudios sobre Oriente Próximo en la Universidad de Princeton. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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