Arabicus Christianus

Así se autodefinía Ramón Llull cuya vida y obra es aún poco conocida en nuestro país. Según algunos –hay dudas sobre la fecha exacta y el lugar tanto de su nacimiento como de su muerte– se cumple en este mes, en concreto el día 29, el setecientos aniversario de la desaparición de un personaje histórico, atractivo y fascinante desde muchos puntos de vista. Su vida –una larga vida de alrededor de 80 años– fue ciertamente intensa, comprometida, arriesgada, valerosa y también repleta de misterios, contradicciones y, sobre todo, de polémicas sorprendentes sobre sus logros y sus objetivos, que intento resumir a continuación.

Ramón Llull, durante su juventud, tuvo, al parecer, una vida poco edificante, una vida licenciosa, que afectó gravemente a su vida matrimonial y social hasta que como consecuencia, según él mismo, de unas visiones reiteradas de Cristo crucificado y el impacto de un sermón religioso se produjo, a la edad de 30 años, una conversión mística que le llevó a abandonar a su mujer y sus hijos. Se concentró plenamente y durante largo tiempo en su formación teológica, una decisión que criticó, con cierta lógica, su familia y que algunos atribuyen a su carácter propicio a cambios profundos de estado de ánimo y, sobre todo, a una mente especialmente activa y creativa que le impedía permanecer con sosiego en ningún lugar o situación y en ninguna idea.

Arabicus Christianus

Ramón Llull fue todo menos un hombre unidimensional. Entre sus muchos oficios figuran el de matemático, filósofo, poeta, novelista, científico, inventor, teólogo, músico, cabalista, e, incluso ¡alquimista!, y desde luego un viajero empedernido lleno de curiosidad por todo lo distinto y por todo lo nuevo. En ese sentido se le compara –quizás cometiendo algún exceso– con el propio Leonardo da Vinci, el «homo universalis», que dominó y transformó el saber de su tiempo en todos los ámbitos del conocimiento humano.

Se ha dicho –aquí también puede haber algo de exageración– que para la cultura y la lengua catalanas la aportación de Ramón Llull puede y debe compararse con la de Cervantes en la española o la de Dante, la de Shakespeare y la de Goethe en sus respectivos países. Es Ramón Llull, en efecto, el que populariza y divulga la lengua catalana y la dota de un léxico riguroso y culto no solo en el orden literario, sino prácticamente en todos los órdenes y en especial en el científico y en el filosófico. «Blanquerna», «Libro de Maravillas», «Libro de Contemplación», son las obras más importantes y las más representativas de la utilización de una lengua que a partir de Llull se ha ido enriqueciendo de forma admirable y se ha convertido en el dato básico de la identidad de la comunidad catalana.

Ramón Llull escribió en latín –la «lingua franca» de aquella época– y también en árabe –fundamentalmente la traducción de sus libros–, aunque por razones que no se conocen y que merecería la pena investigar, no existe ninguna versión impresa de sus obras en este idioma que llegó a conocer con fluidez, un conocimiento que le permitió penetrar directamente en la filosofía musulmana y en la religión islámica. Fue, en este aspecto, una auténtica excepción en su época. Ramón Llull intentó –sin el menor éxito– convencer a sus colegas árabes y españoles de que aprendieran la otra lengua como vía indispensable para un mejor conocimiento de sus culturas y de sus actitudes vitales e intelectuales.

En relación con lo anterior, la polémica más interesante sobre Ramón Llull –aunque hay otras varias y no menores– guarda relación con la realidad y la sinceridad de sus intentos de acercar las tres religiones monoteístas: la cristiana, la judía y la árabe, a través del conocimiento recíproco y del diálogo y sobre la base de que «los infieles son gente como nosotros». Él vivió a fondo en Mallorca la convivencia entre las tres culturas y las tres religiones en distintas épocas, y tuvo incluso a los nueve años un esclavo árabe –los árabes llegaron a alcanzar el 40% de la población de la isla y un porcentaje significativo eran esclavos–, que le inició en esta lengua. Conocía pues los datos del problema y entra por ello dentro de lo probable que su mente trabajara en la idea de una sola fe y una sola religión. El profesor Fernando Domínguez, un experto en lo que él denomina la «selva luliana», no descarta por completo esta idea pero su opinión contraria es muy firme: «Como procuratorinfidelium (abogado de infieles), Llull se pone de parte de aquella masa de población autóctona cuyo único pecado era no haber sido cristiana». Pero añade que «su acción, que implicaba un obsesivo afán de unidad, buscaba, sin embargo, la destrucción de lo musulmán y la integración total del sustrato árabe en la cristiandad. El aprendizaje del árabe era un medio para conseguir un fin que implicaba, de hecho, la destrucción de todo lo árabe». Algo similar opina, otro experto en Llull, el profesor Víctor Callejá, que afirma que «la creación de un Ramón Llull dialogante entre civilizaciones es una ficción bien intencionada, hija del ecumenismo de los años 60 y 70». La profesora alemana Anne Marie C. Mayer, y otros muchos autores, defienden sin embargo, con vigor y rigor, la voluntad integradora de Ramón Llull y su lucha para intentar alcanzar ese objetivo a través del diálogo constante y paciente. Según ella, «esta visión luliana no establece ninguna competencia entre las diversas ideologías y religiones, no conoce guerra ni contrarios, sino la acción conjunta de la veneración común a Dios».

En todo caso, el proceso de canonización del beato Ramón Llull está ya en marcha y entre sus méritos figura de forma destacada su pionerismo en el diálogo intercultural e interreligioso, un mérito que el actual Papa Francisco tiene que valorar con positividad. Podemos dar por seguro que este es un tema que el nuevo Pontífice acometerá, en algún momento próximo, con la fuerza y la grandeza de espíritu y de miras que le caracterizan. Por de pronto ya ha sido el primer Papa que ha visitado una Iglesia evangelista protestante. En el conflicto entre el islam y el mundo de occidente la religión es un factor decisivo y merecería la pena encontrar vías de entendimiento. Parece ciertamente una tarea imposible, y a corto y medio plazo lo es, pero es la única vía que tenemos a nuestro alcance y esa es la vía que puso en marcha Ramón Llull, asumiendo riesgos reales, en circunstancias y condiciones tan difíciles como la actual. La relación respetuosa y civilizada entre religiones sigue siendo una asignatura tristemente pendiente y el problema reside, en esencia, en la pretensión de todas ellas, no solo de ser verdaderas, lo cual es sin duda cierto, sino de ser la única verdadera, con lo cual se taja de raíz cualquier posibilidad de diálogo racional.

En todo caso, en este setecientos aniversario de su muerte, merece la pena, además de recordarle, lograr que su vida y su obra sean más conocidas. Es incomprensible, a estos efectos, que muchos de sus escritos, la gran mayoría, no tengan aun una versión castellana. Empecemos por poner remedio a esta situación absurda. Sería bueno que el propio mundo cultural catalán asumiera esta tarea. A Ramón Llull le preocupaba especialmente la difusión masiva de su obra.

Antonio Garrigues Walker, jurista.

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