Árboles y paisajes: su valoración estética

A los historiadores que nos interesamos por los cambios en la valoración de la naturaleza, nos duele el retroceso progresivo sufrido en toda España, y muy gravemente en la zona galaico-cantábrica, durante los últimos cincuenta años, a medida que ha aumentado el bienestar general y el nivel de vida, sin que se sientan los daños causados a la naturaleza y al paisaje. No fue siempre así. Como muestra de las actitudes positivas ante las bellezas naturales, compatibles con los afanes utilitarios, pasaré a dar unos ejemplos.

La valoración de los árboles por su leña, su madera y los frutos que ofrecían, era compartida por todos. La emoción al contemplar bosques, praderas, ríos y arroyos, cascadas, montañas, parece que quizá solo la sentían quienes cultivaban su espíritu hasta ser capaces de gozar de «los puntos de vista» que se podían contemplar desde determinados lugares. Hoy denominamos paisaje, en la acepción estética, al conjunto que presentan montañas o llanuras, poblados o desiertos, masas arbóreas o arbustivas. Nos quedan interesantes testimonios de lo sentido por algunos espíritus sensibles a la belleza y a la poesía.

Uno de los hombres más preclaros del siglo de las luces, Jovellanos, dejó testimonio de sus emociones ante las bellezas de bosques, riscos, masas de montañas, ríos y arroyos. A finales del siglo XVIII, se admiraba al contemplar el monte de Valgrande, en los confines del concejo de Lena, poblado por hayas, robles y otros árboles. Veía, desde la orilla del río San Antolín, los «verdes y bellísimos alisos», y robles viejísimos en la rápida vertiente, algunos abatidos por su peso y otros nacidos de las raíces de los caídos, y que, con el tiempo, habían llegado a ser «altísimos, levantados hasta el cielo». Hayas «derechísimas y muy frondosas y abedules gigantescos» completaban la masa arbórea de aquellas vertientes, en las que el afán de talar no había producido aún sus efectos desertizadores. En día de gran calor, en el mes de junio de 1792, Jovellanos describía las cercanías de San Andrés de Trubia, a orillas de un caudaloso arroyo, como «sitio delicioso», sentado él al borde «de las sonoras aguas y a la sombra de un hermoso avellano». Todo allí le resultaba poético y apropiado para la inspiración, aunque pensaba, con cuarenta y ocho años, que ya le había pasado la edad «de tener aquella especie de ilusiones». No obstante, expresó así su emoción y sus sentimientos: «¡Oh naturaleza! ¡Qué desdichados son los que no pueden –los que no saben– disfrutarte en estas augustísimas escenas, donde despliegas tan magníficamente tus bellezas y ostentas toda tu majestad!».

Los árboles frutales de hoja caduca, y los que se plantaban para talar y valerse de su leña y madera, daban al paisaje unos coloridos y matices que cambiaban con las estaciones. El mayor atractivo paisajístico de la vegetación arbórea se alcanzaba en el otoño, al amarillear o enrojecer las hojas antes de su caída. Jovellanos dejó en sus Diarios un testimonio, valiosísimo hoy, porque une a la fidelidad en las descripciones del paisaje la expresión de las emociones que suscitaba en él la contemplación de la naturaleza. Así, cuando se refiere al concejo de Piloña, en julio de 1792, califica el paisaje de «ameno y delicioso», con «anchas y fecundas vegas», en las que las praderas, «siempre verdes», tenían setos formados por arbustos, y en ellas «frutales de gran variedad». Al contemplar las colinas circundantes, vestidas de verde, aludió a sitios «sombríos y agradables», al pie de «gruesos y encumbrados castaños», en cañadas y valles amenizados por avellanos, nogales y cerezos.

Jovellanos nos dejó también un testimonio de interés para fechar el comienzo de la exaltación de los valores del paisaje en la Europa del siglo de las luces: sintió gran admiración al contemplar las peñas del Escobio desde la parte de Belmonte. Le parecieron ser de cuarzo. Las vistas que contempló al subir por el camino que conducía a Pajares las calificó de «sublimes», y de «augustas» aquellas montañas, que veía como «enormes trozos desmembrados de las más altas». En noviembre de 1783 contemplaba la ladera, que veía hermosísima, «cortada en muchedumbre de caminos y sendas para la comunicación de hombres y animales». Estaba entonces «llena de hermosos prados», «con muchos y bellos árboles». «Innumerables ganados» pastaban por toda la ladera. A la vista de Posadorio, describió la «enorme tongada de peñas» dirigidas perpendicularmente de una y otra parte hacia abajo, casi unidas. En aquellas laderas, vio arboledas que formaban «grande y frondosa espesura». No dejó de considerar que allí todo era «bello a una y otra parte» y que, de hacerse las obras de la carretera de Pajares, el recorrido habría de ser «el encanto de los viajeros», especialmente de aquellos que fuesen «dados a la contemplación de la Naturaleza».

A mediados del siglo XIX, el colaborador asturiano que proporcionó información para la «voz» Oviedo, en su epígrafe «territorio», que habría de publicarse en el Diccionario Geográfico histórico de España y sus posesiones de ultramar, al referirse a la cadena de montañas que separan Asturias de las provincias de Palencia y de León, aludió a sus crestas coronadas de nieve durante algunos meses, a sus formas piramidales, «de ancha y dilatada base», y a los cordales cuya altura disminuye a medida que se apartan de su origen, que era, para él, «la cordillera madre». No dejó de referirse a los declives que estaban entonces –mediados del siglo XIX– «cubiertos de montes de castaños y robles». En el espacio comprendido entre las vertientes meridionales de la «línea de montañas» y los cordales, desde Grado hasta Cabrales, en panorama «ancho y abierto», de superficie poco quebrada, contenía valles que eran, para él, «los más risueños y deliciosos de Asturias».

Con la corriente literaria y artística que conocemos como romanticismo, la descripción de los paisajes tuvo presencia creciente en novelas y poemas. Las alusiones y la interpretación paisajísticas alcanzaron nuevas dimensiones con Giner de los Ríos, según los principios que inspiraba la Institución Libre de Enseñanza en los últimos decenios del siglo XIX y en los primeros del XX. Las excursiones de Giner por las montañas de la sierra del Guadarrama, a la que veía como un poema escrito en piedra, las excursiones a Toledo, al Pardo y a otros lugares de las cercanías de Madrid, organizadas por los profesores de la Institución, contribuyeron a difundir entre los alumnos el amor a la naturaleza y a las actitudes conducentes a respetarla y a conservarla. La Sociedad de Amigos del Guadarrama, fundada en 1886, y el Club Alpino Español tuvieron su origen en esas actitudes difundidas por la Institución Libre de Enseñanza. Pintores como Haes, Beruete, Zuloaga y Regoyos respondieron con sus lienzos paisajísticos a la nueva corriente. De los hombres de letras que formaron la llamada «generación de 1898», quizá fuese Azorín el que más contribuyó a difundir el interés por el paisaje. La contemplación apasionada de las tierras y pueblos de Castilla le provocaba distintas sensaciones, según la luz, en diferentes horas del día. Al amanecer, veía «la naturaleza» distinta, al contemplar calles, edificios y árboles, por reflejarse la luz «con claridades de color y de líneas» diferentes a las de otras horas del día, por lo que el horizonte cobraba para él «resplandores inusitados» y hasta el aire que se respiraba le parecía «más fino, más puro, más diáfano, más vivificador, más tónico».

Para valorar el paisaje era necesaria una sensibilidad que, ni en el pasado ni en el presente, tiene el común de las gentes. A medida que aumentó el número de lectores de poesías y de novelas, se difundió el sentimiento admirativo de las formas y colores de las arboledas, de las montañas y cordilleras, de los acantilados y de las ensenadas a las orillas del mar.

Las plantaciones degradantes de la naturaleza y del paisaje es de esperar que se contengan en el presente por los efectos negativos que tienen sobre el turismo y la economía.

Gonzalo Anes, director de la Real Academia de la Historia.

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