¿Arde la Amazonía?

¿Produce la Amazonía el 20% de todo el oxígeno que se respira en el mundo, como han twitteado Cristiano Ronaldo y Macron? No, el 6%. ¿Es el pulmón del mundo, como han proclamado con escándalo, temor y temblor, los medios, con insistencia y casi unanimidad, en los diez o doce últimos días? No, porque consume aproximadamente lo mismo que produce o quizás algo más. ¿Está retrocediendo alarmantemente la masa foliar del mundo, de la que depende la fotosíntesis, que libera dos átomos de oxígeno del CO2, capta el carbono y transforma en energía química la energía aportada por los fotones, producidos por enormes explosiones nucleares a ciento cincuenta millones de kilómetros, en el sol? No, se está expandiendo. Según una investigación publicada por la muy seria revista científica Nature, desde 1982 hasta 2016 lo ha hecho en una superficie de 2.24 millones de kilómetros cuadrados, equivalente a casi cuatro Españas y media. Mientras el bosque retrocede en los trópicos, crecen en otras latitudes. Estos datos han trastocado lo que constituía la certeza científica hasta ese momento, como es normal en el proceso del desarrollo de la ciencia y cómo seguirá sucediendo en el futuro, destruyendo errores y enriqueciendo nuestros conocimientos y asentándolos sobre bases más sólidas.

La histeria mediática de los últimos días ha mezclado verdades con fantasías y ha avalado datos ambiguos o falsos, dudosos y contradictorios, no contrastados, difíciles de adquirir y difíciles, muchas veces imposibles, de discernir, en un clima de preocupaciones muy serias y muy legítimas por la salud del planeta y la preservación de patrimonios biológicos de alcance mundial, irreversibles, una vez que se han perdido, como lo es, por ejemplo, la fabulosa diversidad biológica de la Amazonía, todo ello envuelto en intereses, que pueden ser turbios o perfectamente razonables, y ortodoxias ideológicas que crean entusiásticas lealtades y hostiles recelos.

De esta baraúnda podemos llegar a algunas conclusiones matizadas y provisionales, basándonos en los consensos públicos entre los organismos científicos más fiables, de orientaciones incluso contrapuestas y los especialistas más acreditados. Este año ha aumentado el número de incendios sobre el del año pasado, hasta el 70 u 80% se ha dicho, pero sólo un 7% sobre la media de los diez últimos y muy por debajo de los peores años del siglo, cuya culpabilidad nunca fue atribuida a Lula y su gobierno, sino a la sequía, por entonces muy intensa y que este año ha vuelto a ser grave. En medios internacionales importantes se han publicado fotos falaces, que se han hecho virales en internet, que ni eran de la Amazonía ni de este año, ni siquiera de esta década. O declaraciones de una líder indígena que no tenía nada que ver con la región.

Los incendios son difíciles de contabilizar. Se utiliza la fotografía espacial, pero lo que se ve es el humo, mucho más difundido que los focos de ignición, y que los vientos pueden mezclar en una masa única sobre grandes extensiones. En los años «buenos» los incendios de la capa baja de vegetación quedan tapados por las altas copas, no se ven y no pueden ser contabilizados, lo que falsea las comparaciones.

La mayor parte de los incendios tienen lugar en la periferia de la selva, en terrenos desforestados hace ya más o menos tiempo, para destinarlos a pastos y agricultura. La quema se hace controladamente, para librase de las malas hierbas y plagas y dejar el campo abonado para la próxima temporada. Es una práctica generalizada por todo el mundo en las zonas tropicales. Los incendios en el interior de la gran masa arbórea no se pueden atribuir a esos intereses agropecuarios. En general no hay manera de saber cuándo son espontáneos y cuándo provocados. No se puede olvidar que los fuegos forestales son un hecho completamente natural y no siempre negativo. Con una razón imposible de calibrar, los ecologistas y defensores de los indígenas no dudan en atribuirles intenciones criminales: un amenazador aviso a las comunidades indígenas para que no obstaculicen los intereses económicos en juego.

Las pasiones políticas han ocupado el primer plano de la alarma y la polémica. Bolsonaro, que tiene la lengua muy suelta y parece querer emular a Trump, ya prometió en su campaña electoral promover el desarrollo por encima de la conservación y los interesas agropecuarios se sienten muy amparados por el nuevo gobierno, que ha desmantelado organismos y medios de protección de la Amazonía, que no habían sido hasta ahora muy eficaces, pero que representan una barrera potencial y una fuente de conocimiento de la a menudo opaca realidad. En las circunstancias actuales ha hecho declaraciones estridentes, de un nacionalismo del tipo «lo que a mí me dé la gana», sobre algo en lo que se sienten hondamente afectados grandes sectores del resto de la humanidad. Se ha visto acosado por la turbamulta de exageraciones y falsedades que se han vertido en estos días. El apolíneo Macron ha estado provocativo, incluso insultante, respecto al brasileño, saltándose todos los protocolos diplomáticos. En Brasil se sospecha aviesos intereses económicos galos: boicotear un acuerdo de la Unión Europea con Mercosur en el que el sector primario francés ve lesionados privilegios proteccionistas. Bolsonaro ha podido medir la intensidad de las reacciones internacionales que provoca la cuestión, la hostilidad que sus posiciones suscita y el costo de una actitud desdeñosa respecto a las inquietudes ajenas. Lula nunca fue tratado así. En Boliva, que aloja una parte de la Amazonia sometida a la misma plaga del fuego, Evo no ha sido ni mencionado. Los incendios de California también recibieron un trato muy diferente. El líder carioca parece estar tomando nota.

Manuel Coma, profesor de Mundo Actual (departamento de Historia Contemporánea en la UNED). Presidente del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES) y comentarista de política internacional en La Razón.

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