Argelia, las verdaderas causas de un rechazo

Por Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur (EL PAÍS, 28/04/06):

Con pacto de amistad o sin él, con el consentimiento o no de los presidentes Buteflika y Chirac, ya existe una realidad franco-argelina forjada, gracias o a pesar de la historia, por innumerables intercambios. De las poblaciones musulmanas y magrebíes de Francia, los argelinos son los más numerosos y los que mejor se han implantado. Viajan sin cesar y el Mediterráneo no los separa de su país más de lo que el Sena separa a los habitantes de sus dos orillas.

A pesar de la codicia de estadounidenses y chinos, todos los grandes grupos industriales franceses están presentes en Argelia. Exceptuando el sector de los hidrocarburos, Francia sigue siendo el principal proveedor y cliente de Argelia. Finalmente, el viaje a Francia sigue siendo el objetivo de gran parte de la juventud argelina. Además, a partir de ahora, ya no se trata únicamente de ir a Francia, sino de integrarse en las sociedades argelinas que ya existen allí. En cuanto a los franceses que van o vuelven de Argelia, se maravillan del trato que reciben.

Ante esta dinámica irresistible, en ocasiones aparecen crispaciones en Francia. A los conservadores de la «nación blanca, europea y cristiana» amada por De Gaulle -concepción que contribuyó a su decisión inicial de oponerse a la Argelia francesa- no les queda más que desear que no se reniegue del recuerdo de la antigua Francia: la anterior al famoso multiculturalismo. Posiblemente fuese un sentimiento como ése el que, entre otros, llevó al Gobierno francés a promulgar esta conflictiva ley que recomendaba a los profesores poner de relieve los «aspectos positivos» de la colonización. Los primeros en indignarse, antes incluso que los antillanos, fueron los profesores de historia. Se oponían al hecho de que el Estado pudiese otorgarse el poder de recomendar una forma de interpretar el pasado y de decretar que existieron «aspectos positivos» en la colonización.

Este proyecto de ley fue una de las razones principales esgrimidas por los argelinos para oponerse al pacto de amistad. ¿Había abrogado el presidente francés esta ley? Desde luego, pero el Parlamento, es decir el pueblo, la había votado. Por tanto, esperamos de nuestros diputados un gesto, como simple señal de arrepentimiento. ¿Desfachatez? Efectivamente, se podría mencionar que no se pidió ese arrepentimiento a los islamistas argelinos, que sin embargo eran genocidas de su propio pueblo.

De hecho, mis últimas conversaciones con el presidente Abdelaziz Buteflika me han hecho comprender otra cosa. El presidente argelino, superviviente de una enfermedad temible, resplandeciente en su convalecencia pero al que ha habido que disuadir de peregrinar a la Meca, ha decidido no abandonar la escena sin marcar históricamente el destino de su país. Con Moisés y Camus de su parte, me pareció más convencido que nunca de la validez del proyecto de reafirmación de la autonomía cultural e histórica de Argelia, de su pertenencia espiritual al Islam, de las dimensiones misericordiosas y proféticas del Corán y del respeto a la lengua en la que se expresó Alá a través de Mahoma. Eso explica la deplorable decisión de cerrar temporalmente unos cuarenta colegios privados y franceses, de introducir inesperadamente en televisión la llamada al rezo cinco veces al día, y el proyecto de construcción de una de las mayores mezquitas del mundo. ¿Cómo es posible que uno de los hombres de Estado argelinos más francófonos, más francófilos y más laicos haya sido llevado a tal punto de inflexión en su misión?

Las relaciones entre Francia y Argelia siempre han sido propias de enemigos complementarios o de amantes destrozados. Los argelinos nunca le han perdonado a Francia -y esto es algo que Buteflika recuerda con una vehemencia vindicativa- el haber decidido un buen día no crear en Argelia ese «Reino de Argel» deseado por Napoleón III sino tres departamentos franceses.

Nacido en Ujda, en la frontera, pero del lado marroquí, el joven Abdelaziz Buteflika estuvo atento a todo lo que el estatuto del protectorado le otorgaba a Marruecos y a Túnez en lo relativo al respeto, al Estado y a la identidad. «Mientras, nuestra identidad argelina fue alienada, pisoteada, abofeteada y, de hecho, víctima de genocidio». De ahí surge la necesidad de luchar violentamente contra esta expropiación infamante.De acuerdo. Pero Argelia es independiente desde hace medio siglo. Su extensión es cinco veces superior a la de Francia. Su población ha pasado de 10 a 34 millones de habitantes. Es un país financieramente rico gracias a sus recursos de hidrocarburos. Es una potencia militar que acaba de firmar contratos de armamento gigantescos con los rusos. Es respetada en todo el mundo. ¿Y Argelia no ha tenido el tiempo, el espacio y el poder necesarios para superar la humillación? ¿Hasta cuándo va a servir de coartada la colonización? ¿No sería más bien a la incuria de los sucesivos gobiernos, al despotismo del partido único, a las opciones industriales y militares elegidas y a su conservadurismo social a los que habría que imputar la responsabilidad de los ataques a la identidad? Esto parece ser lo que piensa una nueva generación. Buteflika no lo ignora. Pero da la impresión de que prefiere intentar que esa juventud se acerque a él, más que acercarse él a ella.

Sobre todo, hay que dejar muy claro que son las 200.000 víctimas de la atroz y fratricida guerra civil, de 1992 a 1999, las que han contaminado -por lo menos en la misma medida que la colonización- la identidad argelina. De hecho, el presidente Buteflika está convencido de ello. Por eso se ha identificado con la lucha a favor de la «reconciliación nacional». Esta guerra ha sido una de las heridas más graves que ha sufrido el honor argelino desde la conquista. Los argelinos que volvieron a su patria después de haber sido indoctrinados en el extranjero hicieron que se matasen entre sí los hermanos de una misma familia. Una mancha indeleble. Era necesario hacer todo lo posible por borrarla. La nación fue consciente de ello. Se resignó a la política de reconciliación nacional.

Claro que era necesario que fuese precedida principalmente por una Carta más explícita y que proclamase que los enemigos se reconciliaban en torno a principios intangibles y solemnes. Estos principios llevaban sin duda a condenar el rumbo de la represión, pero aún más los destrozos causados por el fanatismo. Sin embargo, una coincidencia, desafortunada en mi opinión, hizo que en nombre de esta reconciliación fuesen puestos en libertad 2.000 islamistas no arrepentidos, justo en el momento en que Buteflika creía indispensable reinyectar más Islam en la identidad argelina. Con el resultado de que el discurso oficial pareció más indulgente con los «desviados» del islamismo que con sus víctimas.

Existe hoy en día, ya lo hemos dicho, una nueva realidad franco-argelina. Y quedaría preguntarse si la identidad, la singularidad nacional y, en resumen, la argelinidad de Argelia, pueden ser definidas nada más que por la religión islámica y el árabe. Después de una conversación con el escritor Yacine Kateb, resumimos nuestros intercambios de la siguiente manera: «Deseo ser», decía Kateb, «un argelino enriquecido por todas las diversidades y que no se parece a nadie, antes que ser un árabe forzosamente unitario y que se parece a todos los demás». Elegir el idioma del antiguo colonizador puede ser una experiencia de humillante expropiación, casi un exilio. Salvo si, cambiándola y usándola, uno consigue integrarla en su universo.

Lo digo con pena, inquietud y fidelidad: no creo que esté justificado pedir arrepentimiento cuando esta exigencia se hace en nombre de lo que habría sido un genocidio. Este término se emplea en el caso de que exista una voluntad de exterminio como la que se manifestó durante el nazismo y, más recientemente, en Ruanda. He denunciado suficientemente la colonización francesa como para poder observar que, incluso en los peores momentos, no existió jamás voluntad de exterminio. Una ofensa a un pueblo no puede compararse con la voluntad de hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. Por otra parte, se corre el riesgo de que esta operación de salvaguarda y de resurrección de la identidad nacional exclusivamente a través del retorno a la lengua y a la religión se lleve a cabo en detrimento de la especificidad argelina, tal como fue descrita magníficamente en los discursos de apertura y de universalidad pronunciados por el presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, tras su llegada al poder. Deseo por encima de todo mantener la esperanza en que Buteflika, al recordar su pasado reciente, se dé cuenta de ello.