Ariel Scheinerman

Por Pablo Salvador Coderch, catedrático de Derecho Civil en la Universidad Pompeu Fabra (EL PAIS, 06/09/05):

Ingresó imberbe en el Hagana (‘Defensa’, brazo militar del Yishuv, la comunidad judía en la Palestina bajo dominio británico) hace más de 60 años. Pero como los hombres que consiguen cristalizar en algo lo hacen sólo una vez, este anciano soldado, más conocido por su nombre hebreo de Ariel -o Arik- Sharon, sigue siendo, a sus 75 años de edad, lo que ha sido desde su adolescencia: un capitán de comandos con mejores cualidades tácticas que estratégicas, dotado de una determinación brutal y que arrostra, impávido, el fracaso. Y es que somos lo que vivimos, atónitos, entre nuestra infancia temprana y la primera juventud.

El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas aprobó una resolución para partir Palestina en dos Estados independientes, uno judío, árabe el otro, con Jerusalén bajo un régimen internacional. Pocos meses después, el 14 de mayo de 1948, se proclamó el Estado de Israel. Al día siguiente, ejércitos de Egipto, Siria, Transjordania, Líbano e Irak invadían el país. Desde el inicio de las hostilidades, se puso de manifiesto la asimetría fundamental entre las posiciones del Yishuv y sus adversarios árabes, asimetría que persiste y que explica bien tanto las guerras sucesivas entre israelíes y árabes como la psicología de Sharon: los israelíes, pocos en número y ocupantes de un territorio muy pequeño, no podían permitirse una sola derrota estratégica, mientras que los árabes podían absorber docenas de ellas sin perder la fe en la victoria final; esto es, la constitución de un Estado palestino tras haber arrojado a los judíos al mar. Desde aquella primera guerra de 1948, los 60 kilómetros de carretera que separan Tel-Aviv de Jerusalén han marcado con sangre las relaciones entre ambos pueblos. En esa carretera se encontraba el fuerte de Latrun, construido por los británicos junto a un monasterio trapense y ocupado por la Legión Jordana, una fuerza árabe de élite: en Latrun, el Hagana se estrelló y Ariel Sharon, oficial jefe de una sección, comprobó por primera vez que el arrojo no prevalece sobre el error de atacar posiciones enemigas bien defendidas: herido gravemente, salvó la vida por muy poco.

En las tres guerras que siguieron -las de 1956, 1967 y 1973- Sharon volvió una y otra vez al Sinaí, y su forma de pelear respondió a un patrón: coraje táctico e independencia de criterio a costa de miopía estratégica.

Sharon era ministro de Defensa en junio de 1982 cuando su país invadió el Líbano, pero fue destituido en septiembre, tras las matanzas, cometidas por milicias aliadas de Israel, en los campos de refugiados de Sabra y Chatila. Rehabilitado, siguió su carrera política en el Likud y, desde 2001, es primer ministro. En nuestras latitudes, Sharon ha desencadenado siempre muchas más críticas que su némesis, Yasser Arafat (1928-2004), algo que se me antoja asombroso. De hecho, en Cataluña y entre los comentaristas de opinión que cuentan, sólo Joan B. Culla (La tierra más disputada: el sionismo, Israel y el conflicto de Palestina, Madrid, 2005) ha osado traspasar la incorrección política y superar la estólida esquizofrenia de tantos que se manifiestan projudíos y antiisraelíes al mismo tiempo.

Sharon ha sido acusado de haber provocado, en el año 2000, la Intifada (‘Levantamiento’), y como poco antes Arafat había rechazado en Camp David la oferta del entonces primer ministro Barak de entregar el 97% de Cisjordania a cambio de paz, muchos han creído que nada es posi-ble en Oriente Próximo sin la desaparición de ambos líderes.

Muerto Arafat en 2004, Sharon parecía, de acuerdo con esta tesis, quedar como el último obstáculo en el camino de la negociación.

Tal vez: la crítica constante de los enemigos del viejo general, quienes apuntan a su obsesión táctica y a su pobreza de miras estratégica, tiene un fondo de verdad, pero también manifiesta la objetiva limitación geográfica de un país que carece de profundidad, de espacio para poder retroceder y reagruparse renunciando a propinar el primer golpe. Así, para Israel, la única estrategia posible seguiría siendo la ofensiva.

Vistas así las cosas, la decisión, unilateral y típicamente audaz de Sharon de retirarse de la Franja de Gaza, ocupada desde 1967, sin pedir nada a cambio tendría una explicación estratégica clara: Israel limitaría sus frentes, concentrándolos al Este, en Cisjordania.

Aun así, la pieza ha sido bien jugada y Sharon podrá ahora dedicar el tiempo que le resta a perseguir su objetivo juvenil: garantizar la máxima presencia posible israelí en Jerusalén. Mas para conseguirlo casi debería negarse a sí mismo y ampliar el campo de su visión, pues ni Cisjordania es económicamente viable al margen de Jordania, ni Israel tendrá seguridad sin la aquiescencia de países como Irán, que están a punto de conseguir armas nucleares. No basta con cerrar un frente si queda otro abierto. El mejor legado que Ariel Sharon puede dejar a sus compatriotas es la conciencia de sus propias limitaciones: Israel, un poco como Cisjordania, tampoco resulta estratégicamente viable sin el apoyo norteamericano y la tolerancia del mundo árabe y musulmán. Ariel Sharon encarna gran parte de la historia de su país, pero su visión de Israel pertenece al pasado. Quizá sea cierto que el primero se ha de retirar para que el segundo pueda cambiar.