Aristóteles advierte a Syriza

La política es un invento de la Grecia clásica. La polis, mal llamada «Ciudad-Estado», era la forma civilizada de la vida en común bajo el imperio de la ley frente al despotismo y la tiranía. Siempre dispersos y conflictivos, los griegos se reúnen para derrotar en las Guerras Médicas al formidable enemigo persa. Allí nacen el mito aristocrático (Maratón y los hoplitas) y más tarde su equivalente democrático (Salamina y la flota ateniense). Del mito al logos, a la Razón, origen de la Filosofía: cuna de nuestra civilización, la Hélade nos deja el mejor legado histórico y cultural, capaz de nutrir la cultura europea y, por tanto, universal. El historiador de las Ideas guarda muchos textos en la memoria. Mi favorito ha sido siempre El Archipiélago de Hölderlin, el loco egregio de Tubinga, un relato deslumbrante de la Atenas heroica. Para la Historia, el mejor es Tucídides: cuenta el esplendor en tiempos de Pericles, para caer después en una decadencia implacable, porque la polis democrática fue vencida por Esparta en la Guerra del Peloponeso. Pero la cultura es ajena a los avatares del poder y se prolonga desde Alejandro Magno en el mundo tardío del helenismo, otra hazaña primordial, para configurar la civilización menos injusta de la Historia.

El lector impaciente se pregunta ya por Syriza y por Tsipras, por el referéndum (más bien plebiscito) más insensato de nuestra época convulsa y hasta por las alternativas geopolíticas (o sea, Putin: Moscú como Tercera Roma) que acaso manejan los populistas griegos al margen de la Unión Europea. Un poco de paciencia. Seguimos en la Hélade, pero hace veinticinco siglos. Nuestro anfitrión es Aristóteles, discípulo pragmático del idealista Platón y del moralista Sócrates. En la polis, dice el Estagirita, el ser humano alcanza la plenitud de su naturaleza. Fuera de ella, sólo pueden vivir los seres inferiores (animales) o superiores (dioses). Olvidamos las páginas censurables sobre esclavos, bárbaros y mujeres, producto de tiempos felizmente superados. Sigue hablando nuestro autor. Hay formas de gobierno «puras», sujetas al imperio de la ley: monarquía, aristocracia y democracia constitucional o politeia, antecedente de nuestros modelos actuales de convivencia razonable en libertad e igualdad. Hay otras formas «impuras» o «degeneradas», sujetas a las pasiones desbocadas y a la arbitrariedad del poderoso: tiranía, oligarquía y «demagogia», una suerte de democracia radical cuya mejor traducción actual sería «populismo».

La Real Academia Española ofrece una definición muy precisa. Demagogia es «halago de la plebe para hacerla instrumento de la propia ambición política». Mezcla palabras respetables con propósitos infames y denuncia injusticias (a veces ciertas) para caer en otras peores. Es enemiga de la democracia constitucional (esto es, sujeta a límites y equilibrios), porque lleva las instituciones al límite de su resistencia y desvirtúa sus señas de identidad. Toda sociedad enferma de inmadurez es víctima potencial de un virus que arraiga con más facilidad de lo que parece. Por eso, la clave de la política reside en el triunfo de las opciones posibilistas sobre los extremismos antipolíticos. De nuevo Aristóteles: la demagogia es la peor forma de gobierno porque supone la corrupción de la democracia. Ya lo decían los romanos, hijos espirituales de los griegos: corruptio optimi pessima… Por cierto que la visión cíclica de la Historia nos enseña que hay un peligro cierto de caer en fórmulas inaceptables (incluido, cómo no, el autoritarismo) si se pierden la moderación y el buen sentido. Aunque no les gusta escucharlo, conviene recordar a los profetas de la extrema izquierda que el núcleo de su discurso es el mismo que inspira a Le Pen, al UKIP o a los «verdaderos» nacionales de tal o cual sitio.

Un sistema de equilibrio político, explica nuestro autor, tiene como fundamento social y económico la fortaleza de las clases medias. Escribe en la Política: lejos de la soberbia o de la codicia, son gentes que viven de su esfuerzo y practican la virtud de la moderación. Ni ellos desean lo ajeno, ni otros envidian lo suyo. No apetecen los cargos públicos, pero tampoco los rehuyen. Saben gobernar, pero también admiten ser gobernados. Los mejores legisladores, concluye, proceden de ese ámbito social, y pone como ejemplos al ateniense Solón y al espartano Licurgo. Como es sabido, Aristóteles era hombre de clase media, extranjero en Atenas, hijo de médico, sabio de profesión y maestro de gobernantes. Estamos en el origen de la Ciencia Política, más allá de ciudades ideales o idealizadas que no responden a la verdad, sino a la imaginación (incluso la más brillante: Platón, por supuesto). Hoy día domina en el mundo académico una interpretación «republicana» de Aristóteles elogiado curiosamente desde ámbitos progresistas tras muchos años de condena o ignorancia por causa de los excesos de la escolástica. El hombre, según su célebre expresión, es «animal político», es humano en tanto que vive políticamente. La convivencia se basa en el diálogo; es decir, en la discusión racional y libre de los asuntos públicos, aportando argumentos en el ágora con el objetivo de convencer o ser convencido. Democracia «participativa» o «deliberativa», la llaman ahora algunos epígonos tardíos.

Cuando fallan los valores morales, la polis se resiente. Las páginas de Tucídides sobre los efectos demoledores de la peste en Atenas por causa de la guerra que acabó con su hegemonía merecen una lectura con criterios contemporáneos. Por fortuna, no existe «guerra» hoy día, en sentido literal. Pero sí caos, incertidumbre, desconcierto… Las buenas gentes, esa inmensa mayoría social, no saben a qué atenerse. Escuchan discursos patrioteros y dogmas simplificados sobre la supuesta maldad intrínseca de los mercados y los políticos a su servicio. Apelan a su «dignidad», ignorando que la única vida digna es –según otra hermosa idea clásica– la eleutheria, la libertad bajo el imperio de la ley. Son, en efecto, rehenes de ciertas ambiciones inconfesables, disfrazadas de una retórica que imita sin talento a los sofistas de aquella época gloriosa. Nadie les explica que, si no hay política noble y decente, el estado de naturaleza hobbesiano, la guerra de todos contra todos, reaparece siempre en perjuicio de los más débiles. Los bárbaros están al acecho, diría el gran Constantino Kavafis, griego de Alejandría, otro talento excepcional aunque más platónico que aristotélico.

Tsipras y otros líderes populistas (incluidos sus socios de extrema derecha) deberían tomar buena nota del sabio consejo de sus antepasados. La política, espejo de la vida, exige adoptar las decisiones correctas en el momento oportuno. Recuerden como empieza El Castillo, de Kafka: «Cuando K. llegó, ya era tarde…». El sentido de la responsabilidad es la única forma posible de hacer bien las cosas en una democracia madura. Por el futuro de todos, contando con el «no» en el referéndum, deseamos lo mejor para nuestros amigos griegos.

Benigno Pendás, director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

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