¿Aristóteles o la CUP?

Cuando Ortega, en mayo del año 1932, dijo en el Congreso que el problema catalán se debía «conllevar», venía a decir que no tenía solución. Ochenta y cinco años después vamos a ver, gracias a los independentistas catalanes, si eso era cierto y si ese callejón sin salida tiene la posibilidad de otro enfoque, más amistoso, que es el de «reconsiderar».

«Conllevar» al final supone llevarse mal y puede ser provocador para aquellos que gustan de solventar las cosas por «gravitas», sea el Gran Capitán o el Molt Honorable. Problemas tan seculares no son como los graffitis en un templo romano, que todos los días se arreglan, estos desacuerdos son de naturaleza compleja y exigen visión y paciencia.

La visión es el acierto con la tecla a pulsar, entre las distintas disponibles, que más eficacia produzca, y la paciencia es saber esperar cuando el paso del tiempo nos es favorable. Pero, aunque jugar con el paso del tiempo hasta ahora ha demostrado su eficacia, la visión del Gobierno no se puede reducir a paciencia, cuando el ladrón está en la puerta de casa con el camión de la mudanza. El Gobierno haría mejor lo que hace si admitiera sin complejos que hace lo que está haciendo, y lo que está haciendo es actuar como responsable subsidiario de la gobernación de Cataluña, y ha de proclamarlo, aunque solo sea porque constitucionalmente no puede dejar de hacerlo. La Generalitat catalana está dilapidando tiempo, dinero y esfuerzos, pero el Estado, que con la vicepresidenta ha tardado en abrir despacho en plaza, ofrece por fin tímidamente cotidianeidad, visibilidad y amparo, y acaso deba explotar más esa cabeza de puente.

Aristóteles, quizá el primer gran personaje de derechas de la historia, decía que lo que era prevalecía sobre lo que debía ser. De acuerdo con ese pensamiento ciertamente conservador, opuesto a la inadaptación sistemática propia de la filosofía de la CUP, bien podría haber afirmado que la nación tenía que ser defendida. Lo que ha cambiado desde entonces no es la obligación de defensa de la nación, sino la forma de protegerla. Donde antes las armas tenían un papel, ahora la legalidad, la proporcionalidad, la tutela e incluso la curatela han ocupado su sitio. Los independentistas dirán que se está judicializando la política o que se les trata como a pródigos e irresponsables. Y así es, pero en Cataluña hay un grupo en el poder que ha nacionalizado los sentimientos y que ni con la independencia encontraría encaje. Exigirían después la condonación de la deuda o indemnizaciones por los años en que pudiendo haber sido independientes no lo fueron. Todo antes que asumir las secuelas nefastas de su decisión. Pero ¿qué sentido de la proporción prevalecerá?, ¿el de Aristóteles o el de la CUP?

Los soberanistas catalanes, con su amenaza de nuevo referéndum, piden al Gobierno auxilio: «¡Por favor, cometan alguna torpeza que nos dé oxígeno!». Pero hay que tener claro que, aunque cambiara la Constitución y perdieran un referéndum legal de autodeterminación (algo probable, dada la relación estrecha con el resto de España, del exit traumático de la Unión Europea o del nulo crédito de su deuda pública), tampoco serviría de nada. Se invocaría que las empresas que anunciaron su salida de Cataluña condicionaron el procés, que Europa los tenía maniatados, que la televisión estatal no había sido neutral o que los votantes estaban amedrentados. El nacionalismo se activa antes por la pasión que por la reflexión. Nosotros, claro, no podemos eliminar las emociones, pero hemos de saber también utilizarlas. La pasión es un énfasis excesivo en lo que de verdad importa: futuro, sanidad, nacionalidad, trabajo, armonía familiar, liquidez, fútbol de calidad. Es bueno que dentro de la ley se permitan las pasiones, para que, una vez la cerilla se haya apagado, se acceda a una etapa de realidad abrasiva que obligue a «reconsiderar». El autoconvencimiento con los catalanes es la única solución.

Los vascos han superado hasta cierto punto la etapa de conllevar y están en la reconceptualización de su odisea. Han pasado del independentismo a la agenda vasca. ¿Y eso por qué? Porque probaron y los resultados no les convencieron. Fueron conscientes de los delirios del plan Ibarreche, de su serio problema demográfico, de la pequeña y extrema rugosidad de su territorio que obligaría a ocupar, con viviendas para emigrantes y atomizada industria, espacios necesarios para mantener su alta productividad; de la dependencia del resto de España para sufragar las pensiones más altas del país, del papel subalterno del Estado en materia energética para abastecer sus fábricas, del fracaso del terrorismo y del no de Europa. El caso es que un día que no recordarán –lo cual hay que entender– interiorizaron todo ello, lo explicitaron en voz baja, y les fue mucho mejor. Se centraron en explotar oportunidades más que en resolver problemas inexistentes y defendieron la calidad de su crédito.

Hará tres años, hablando en Madrid con un parlamentario del PNV, caí en la cuenta; le pregunte si, con toda la información de la que disponía, podía afirmar que en el plazo de treinta años Euskadi sería independiente. De forma honesta me confesó: «¡No, pero déjame soñarlo!». Pues bien: eso es «reconsiderar».

Cierto que las fronteras entre «conllevar» y «reconsiderar» no son diáfanas, y menos aún que se pueda decir que estamos cerca del objetivo de «integrar». Pero, pese a lo que vemos en los medios, transcurre el tiempo y parece como si un gran paraguas de intereses y realidades nos protegiera de las iniciativas secesionistas. ¿Cuál es la razón? Tal vez que nuestra visión sea la acertada: el «España nos favorece» en vez del «España nos roba» es una estrategia sencilla, pacífica y creíble que solo adolece de falta de una mayor implementación que la haga omnipresente ya, tanto social como mediáticamente.

En este curso 2017 el diálogo ofrecido por el Gobierno será de utilidad para cargarse de razón. Con los irreductibles servirá para suavizar algo la tensión o facilitará su renuncia en momentos de duda, que serán muchos, sin verse ni heridos ni humillados, como han hecho los vascos. Y con los convencidos, que son lo más y en ascenso, permitirá que expresen con mayor libertad que España es una mano amable y sensata que no los abandonará.

Imposible saber qué acontecerá alrededor del intento del referéndum o de otros comicios, cuando la legalidad se vea sometida durante unas horas al poder de la Generalitat. ¿Podremos ser proporcionales con esa violencia? Creo que sí, porque ellos desearán que no. Intuyo que la fuerza del «ser» de Aristóteles, y de la sociedad catalana, prevalecerá frente al caos, el indeterminismo y el «ciento volando» del «deber ser» de la CUP.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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