Armar al elefante / Arming the Indian elephant

Se está citando de forma generalizada el aumento de la venta de armas de los Estados Unidos a la India como prueba de que la relación en materia de defensa de esos dos países se está volviendo más estrecha, pero la sostenibilidad a largo plazo de dicha relación, en la que la India es más un cliente que un socio, sigue siendo un motivo de profunda preocupación para los indios. ¿Señala un punto de inflexión la recién publicada Declaración conjunta sobre la cooperación en materia de defensa, en la que se expresa el propósito de pasar de las ventas de armas a la coproducción de equipo militar, o es simplemente una estratagema para aplacar a la India?

Los factores que impulsan el desarrollo de la relación estratégica resultan evidentes. Desde 2006, el comercio bilateral se ha cuadruplicado hasta ascender a 100.000 millones de dólares, aproximadamente, al año y, en el último decenio, las exportaciones de material para la defensa han aumentado vertiginosamente, desde tan sólo 100 millones de dólares hasta miles de millones al año.

Como se ha desacelerado el gasto militar de los EE.UU. y otros mercados de exportación siguen flojos, las empresas americanas del sector de la defensa están deseosas de aumentar las ventas a la India, que ahora es el mayor importador de armas del mundo, y el ambiente político es propicio para sus planes: ahora la India lleva a cabo más ejercicios militares conjuntos con los EE.UU. que con ningún otro país.

Para los EE.UU., el desplazamiento de Rusia como principal proveedor de armas de la India fue un importante triunfo diplomático, semejante a la decisión de Egipto, durante la Guerra Fría, de cambiar su alianza con la Unión Soviética y sus compras de armas a ésta por las de los Estados Unidos. La diferencia estriba en que la India puede pagar efectivamente las armas que adquiere.

Y las facturas son substanciales. En los últimos años, la India ha encargado armas americanas por importe de unos 9.000 millones de dólares. Ahora va a adquirir otros sistemas de armas de los EE.UU. –22 helicópteros de ataque Apàche, seis aviones turbo de transporte militar C-130J, 15 helicópteros para carga pesada Chinook y 145 obuses ultraligeros M-777– por un importe de 5.000 millones de dólares. El valor de los contratos armamentísticos de la India con empresas de los EE.UU. excede el de la ayuda militar americana a cualquier otro país, exceptuado Israel.

Nirupama Rao, embajador de la India ante los EE.UU., ha llamado esas transacciones en materia de defensa “la nueva frontera” y “además, muy prometedora” en las relaciones EE.UU.-India, pero, si bien se trata de un gran avance para los EE.UU., para la India representa una nueva frontera de dependencia.

El problema estriba en que el sector de la defensa de la India apenas tiene nada que vender a los EE.UU. El país aún no ha desarrollado una base creíble de producción de armamento como la de –pongamos por caso– el Japón, que está codesarrollando sistemas armamentísticos avanzados con los EE.UU. En realidad, la India depende de las importaciones –no sólo de proveedores importantes como los EE.UU, sino también de Israel, que ocupa el sexto puesto entre .los exportadores de armas– para satisfacer hasta sus necesidades de defensa básicas.

Además, los dirigentes de la India no han ejercido en pro de sus intereses nacionales la capacidad de negociación brindada por sus enormes compras de armas. Podrían, por ejemplo, intentar persuadir a los EE.UU. para que dejaran de vender armas al Pakistán o lograr un mejor acceso al mercado americano para los muy competitivos sectores de tecnologías de la información y farmacéutico de la India, que afrontan nuevos obstáculos no arancelarios.

No será fácil aplicar la reciente declaración sobre la cooperación en materia de defensa. Por ejemplo, para determinar oportunidades concretas de proyectos de colaboración relacionados con las armas, se deben respetar “los procedimientos y las políticas nacionales”, pero la verdad es que las dos partes no pueden “situarse en el mismo nivel como socios mutuamente más próximos”, salvo que se modifiquen suficientemente dichos procedimientos y políticas nacionales, en particular en los EE.UU.

Asimismo, la declaración se limita a reiterar la posición de los Estados Unidos de apoyo a la “admisión plena” de la India en los cuatro regímenes de control de las tecnologías dirigidos por los EE.UU.: el Acuerdo de Wassenaar, el Grupo de proveedores nucleares, el Régimen de control de la tecnología de misiles y el Grupo de Australia. En vista de que la política de los EE.UU. consiste en denegar las tecnologías delicadas a quienes no pertenecen a dichos regímenes, la admisión brindaría a la India el aprovechamiento pleno de la tecnología, pero en la declaración no figura compromiso alguno por parte de los EE.UU. en el sentido de acelerar la admisión de este país.

Todo ello indica que los EE.UU. están accediendo en parte al deseo de la India de que la relación en materia de defensa sea más igualitaria. Están dispuestos a coproducir con la India algunos sistemas defensivos menores, como, por ejemplo, los misiles antitanques Javelin, a fin de preparar el terreno para más tratos sobre sistemas fabricados por los EE.UU. por importes de miles de millones de dólares. Los medios de comunicación de la India están contribuyendo a afianzar la impresión de que se han logrado avances, al insistir en la expresión “socios muy estrechos” en sus alabanzas del acuerdo.

Resulta irónico que,  mientras que la aplicación por parte de los Estados Unidos de una relación intensa con la India en materia de defensa va encaminada en gran medida a contrarrestar a una China cada vez más agresiva, el Presidente de los EE.UU., Barack Obama, haya adoptado una posición neutral respecto de las controversias chino-indias. Por ejemplo, los EE.UU. han declinado la realización de maniobras militares conjuntas en el estado norteño indio de Arunachal Pradesh, que China reivindica como “Tibet meridional” desde 2006.

Así las cosas, los EE.UU. venden a la India principalmente sistemas armamentísticos defensivos, mientras que Rusia, por ejemplo, le ofrece armas ofensivas, incluidos bombarderos estratégicos, un portaviones y el arrendamiento de un submarino nuclear. ¿Estarían dispuestos los EE.UU. a vender a la India armas ofensivas –entre ellas, armas no nucleares de la mayor precisión, sistemas autisubmarinos y misiles de crucero y de largo alcance lanzados desde el aire y desde el mar– que pudieran contribuir a disuadir los ataques militares preventivos de China?

Al ampliarse la cooperación EE.UU-India en materia de defensa, esa cuestión va a plantearse cada vez más.

Brahma Chellaney, Professor of Strategic Studies at the New Delhi-based Center for Policy Research, is the author of Asian Juggernaut, Water: Asia’s New Battleground, and Water, Peace, and War: Confronting the Global Water Crisis.

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The rise in U.S. arms sales to India is being widely cited as evidence of the two countries’ deepening defense relationship.But the long-term sustainability of the relationship, in which India is more a client than a partner, remains a deep concern for Indians. Does the recently issued Joint Declaration on Defense Cooperation, which establishes intent to move beyond weapons sales to the co-production of military hardware, mark a turning point, or is it merely a contrivance to placate India?The factors driving the strategic relationship’s development are obvious. Since 2006, bilateral trade has quadrupled, reaching roughly $100 billion this year. And, over the last decade, U.S. defense exports to India have skyrocketed from just $100 million to billions of dollars annually.

With U.S. military spending slowing and other export markets remaining tight, American defense firms are eager to expand sales to India, which is now the world’s largest arms importer. And the political environment is amenable to their plans: India now conducts more joint military exercises with the United States than with any other country.

For the U.S., displacing Russia as India’s leading arms supplier was a major diplomatic triumph, akin to Egypt’s decision during the Cold War to shift its allegiance — and its arms supplier — from the Soviet Union to America. The difference is that India can actually pay for the weapons that it acquires.

And the bills are substantial. In recent years, India has ordered American arms worth roughly $9 billion. It is now purchasing additional U.S. weapons systems — 22 Apache attack helicopters, six C-130J turbo military transport aircraft, 15 Chinook heavy-lift helicopters, and 145 M-777 ultra-light howitzers — worth $5 billion. The value of India’s arms contracts with U.S. firms exceeds that of American military aid to any country except Israel.

Nirupama Rao, India’s ambassador to the U.S., has called such defense transactions “the new frontier” in U.S.-India relations and “a very promising one at that.” But, while it is certainly a positive development for the U.S., for India, it represents a new frontier of dependency.

The problem is that India’s defense sector has virtually nothing that it can sell to the U.S. The country has yet to develop a credible armament-production base like that of, say, Japan, which is co-developing advanced weapons systems with the U.S. In fact, India depends on imports — not only from major suppliers like the U.S. and Russia, but also from Israel, the world’s sixth-largest arms exporter — to meet even basic defense needs.

Moreover, India’s leaders have not leveraged the bargaining power afforded by its massive arms purchases to advance national interests.

They could, for example, try to persuade the U.S. to stop selling arms to Pakistan, or secure better access to the American market for India’s highly competitive IT and pharmaceutical sectors, which are facing new U.S. nontariff barriers.

Applying the recent declaration on defense cooperation will not be easy. For example, efforts to identify specific opportunities for collaborative weapons-related projects are to be pursued in accordance with “national policies and procedures.” But the two sides cannot truly “place each other at the same level as their closest partners” unless national policies and procedures — especially in the U.S. — evolve sufficiently.

Similarly the declaration merely reiterates America’s position that it supports India’s “full membership” in the four U.S.-led technology-control regimes: the Wassenaar Arrangement, the Nuclear Suppliers Group, the Missile Technology Control Regime, and the Australia Group.

Given that U.S. policy is to deny sensitive technologies to those outside these regimes, India’s admission would make all the difference in facilitating technology sharing. But the declaration does not include any commitment from the U.S. to expedite India’s admission.

All of this suggests that the U.S. is pandering to India’s desire for a more equal defense relationship. It is willing to co-produce with India some smaller defensive systems, such as Javelin anti-tank missiles, in order to pave the way for more multibillion-dollar deals for U.S.-made systems. The Indian media are doing their part to strengthen the illusion of progress, latching onto the phrase “closest partners” in their acclaim for the agreement.

The irony is that, while America’s pursuit of a stronger defense relationship with India is aimed largely at offsetting an increasingly assertive China, U.S. President Barack Obama has charted a neutral course in Sino-Indian disputes. For example, the U.S. has declined to hold joint military exercises in the northeastern Indian state of Arunachal Pradesh, which China has claimed as “South Tibet” since 2006.

As it stands, the U.S. sells mainly defensive weapons systems to India, while Russia, for example, offers India offensive weapons, including strategic bombers, an aircraft carrier, and a lease on a nuclear submarine. Would the U.S. be willing to sell India offensive weapons — including high-precision conventional arms, anti-submarine systems, and long-range air- and sea-launched cruise missiles — that could help to deter Chinese military preemption?

As U.S.-India defense cooperation broadens, this question will loom ever larger.

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