¿Arreglar aceras o invertir en conocimiento?

Es hora de enterrar definitivamente el espíritu de ‘que inventen ellos’. No nos lo podemos permitir, porque no hace justicia al trabajo que llevan a cabo universidades, organismos públicos de investigación y empresas». Con esas palabras tomaba posesión de su cargo de ministra de Ciencia e Innovación, la señora Garmendia, el 14 de abril de 2008.

Hemos sabido estos días que el Gobierno español, año y medio después, se propone reducir en un 15% el presupuesto destinado a Ciencia e Innovación para el año 2010. La crisis se esgrime como argumento definitivo del recorte. Se trata, quizás, del apartado que más se reduce, en términos porcentuales, en el conjunto del proyecto de presupuestos. El reportaje publicado en este periódico el pasado jueves (‘La ministra menguante’, EL CORREO, 1-10-2009) es suficientemente ilustrativo del estado de la cuestión y del triste itinerario de la responsable ministerial. Una vez más, la Ciencia se concibe en España como un lujo que sólo nos podemos permitir en años de bonanza.

Durante más de una década hemos crecido de forma intensa a lomos, sobre todo, del sector de la construcción, que cabalgaba desbocado. Los años de fuerte crecimiento económico han servido para tener unas cuentas públicas saneadas -no así las privadas-, y hasta para alcanzar balances positivos. Sin embargo, esa bonanza nunca se utilizó para fortalecer la estructura productiva española, porque el esfuerzo realizado en investigación y conocimiento ha seguido siendo muy insuficiente, a pesar incluso de la mejora que representó el cambio de gobierno en 2004.

Pues bien, en esas estábamos cuando estalló la crisis, y parece que la crisis y, sobre todo, la gestión de la misma por el Gobierno socialista, va a barrer de golpe la limitada mejora que habíamos experimentado en los últimos años. Atrás queda el discurso de la renovación de nuestra estructura productiva para sacar al país de la recesión, la pretendida apuesta por la sociedad del conocimiento, por una economía sostenible. Atrás quedan las pretensiones de similitud en los discursos de los señores Obama y Rodríguez Zapatero. El discurso, el del señor Rodríguez Zapatero, se deshace cuando de trasladarlo a la práctica se trata. La conjunción astral de líderes continentales que anunció en su día la señora Pajín para 2010, en lo que a ciencia, conocimiento y economía sostenible se refiere, va a ser una conjunción muy desequilibrada.

Es cierto, sufrimos una crisis sin precedentes. Pero lo cierto es que el Gobierno socialista ha optado por el populismo y trata de venderlo mediante un discurso supuestamente izquierdista. Todo se justifica por un pretendido mantenimiento del gasto social: subidas de impuestos, endeudamiento, recortes en apartados estratégicos. Es difícil oponerse al discurso del gasto social. Algún sindicato, sin ir más lejos, ya ha manifiestado su adhesión a las políticas socialistas.

Y sin embargo, una actitud acrítica en relación con ese discurso puede ser suicida, puede acabar obligándonos a sobrevivir en una economía reptiliana, en una economía que sólo se mueve cuando calienta el sol, pero que se congela a la menor adversidad. Durante los últimos años el gasto público no ha dejado de crecer y lo ha hecho a gran ritmo. La crisis, de hecho, podría haber sido el estímulo ideal para redimensionar el sector público, pero lo que se va a redimensionar es sobre todo el sector de la I+D. ¿No existen posibilidades reales de realizar recortes en el gasto público sin afectar de forma dramática a los capítulos más sensibles del gasto social? ¿Por qué no se ha decidido congelar el sueldo de los funcionarios? No es de recibo que se reduzca la renta de los trabajadores del sector privado (y no sólo debido al aumento del paro) y a los funcionarios sólo se les pida ‘contención’, máxime en una situación de ‘inflación 0’ o, incluso, deflación. ¿Cuánto de lo que se llama gasto social no es más que burocracia o propaganda? ¿Todo el llamado gasto social cumple tal función? En último extremo, ¿qué ocurrirá cuando no alcance para mantener el gasto social? ¿Nos endeudaremos para pagar subsidios? ¿Estarán nuestros hijos condenados a hacerse cargo de nuestras miserias?

Vivimos bajo la tiranía del cortoplacismo. Todas las decisiones importantes, también las relativas a la política económica, se toman mirando a las próximas elecciones, cuidando de no dañar los intereses de grupos y sectores afines. Y sin embargo, ésa es la peor manera de resolver los problemas a largo plazo. Las economías europeas van a salir antes de la crisis que la española y, además, han atravesado la crisis sin que el empleo se haya resentido, ni de lejos, como en España. Eso tiene unas causas y entre ellas la menor no es que en Europa existan potentes sistemas de investigación científica y tecnológica, porque son esos sistemas los que permiten fortalecer y modernizar las estructuras productivas.

Lo que denota el proyecto de presupuestos presentado por el Gobierno socialista es que este Ejecutivo ha decidido que es mejor para sus posibilidades electorales futuras arreglar aceras que invertir en conocimiento. Pero claro, ésa es también la mejor manera de no contar nunca con esa economía sostenible que hace tan poco tiempo nos prometía. Hoy somos más pobres que hace un año. Y el año que viene lo seremos aún más. Si se sigue optando por las aceras, frente al conocimiento y la investigación, ¿tendrán nuestros hijos con qué pagar la deuda que les dejaremos en herencia?

Juan Ignacio Pérez Iglesias