Arriba parias de la Unión Soviética

Hace hoy 20 años, el 19 de agosto de 1991, Mijaíl Gorbachov veraneaba, tras un año intenso, en la península de Crimea cuando recibió la visita de unos enviados del autoconstituido Comité para el Estado de Excepción. Le conminaban a presentar su dimisión. Se invocaba, con gran catastrofismo, una situación de desgobierno, una pésima economía, una descomposición del Estado y un enorme deterioro del sistema.

El hombre que seis años antes había asumido la Secretaría General del PCUS pretendió introducir reformas importantes en una estructura de poder político y económico anquilosado. El edificio comunista, petrificado, presentaba grietas profundas. La tragedia de Chernóbil un año después era una metáfora de cómo las grietas del reactor nuclear (obsoleto como casi toda la industria soviética) eran las grietas de un sistema arcaico y basado en retóricas propagandísticas carentes de verdad y libertad.

Gorbachov no se había propuesto democratizar el país sino sólo -pero nada menos- introducir reformas de apertura y modernización que permitiesen mantener el edificio comunista. Fue valiente al impulsar la perestroika y la glásnost. Liberó a represaliados (entre ellos el físico Sajarov) y fue comprensivo con los movimientos nacionalistas. En el caso de los satélites, dos años antes fue decisiva su posición de sustituir la doctrina Breznev (de intervención en los países socialistas que pretendiesen evolucionar por sí mismos) por la doctrina Sinatra (por la canción My Way que permitiese que cada país fuese autónomo para decidir su futuro). Su no intervención desde el Kremlin, unida al papel fundamental de Juan Pablo II, hicieron posible que el muro cayese. Era un dique menos.

En la URSS, sin embargo, la fuerte oposición interna hizo que el Gorby reformista pactase en 1990 con los sectores más ortodoxos del comunismo. Se rodeó de personajes que meses después protagonizarían el golpe de Estado. Entre los siete miembros de ese comité estaban personajes promovidos por él como el vicepresidente de la URSS, el primer ministro, el ministro de Defensa, el de Interior y el director de la KGB.

Pero, a pesar de estar involucrados todos estos sectores, el golpe adoleció de graves errores. Entre otros, no impedir que los medios pudiesen retransmitir en directo cómo los tanques rodeaban el Parlamento y cómo se formaba un escudo humano cada vez más numeroso. La orden dada a los cuerpos de elite para la toma violenta del edificio fue desobedecida. Allí, a diferencia de Tiannanmén, había televisiones y la masacre en directo hubiera sido de miles de personas. El ejército, además, se sentía humillado tras su retirada dos años antes del avispero de Afganistán.

Otro de los errores fue no impedir que los opositores a los golpistas encabezasen una revolución. Boris Yeltsin, entonces presidente de la república de Rusia, emergería como nuevo líder. La imagen del hombre de pelo plateado subido a uno de los tanques arengando al pueblo queda en la iconografía de la historia. Su oposición a los golpistas tenía bases tanto liberales como nacionalistas genuinamente rusas. El momento fue aprovechado por otras Repúblicas como las bálticas, Estonia, Lituania y Letonia, para declarar la recuperación de su soberanía. Ucrania, Moldavia y Bielorrusia también declararían su independencia inmediatamente. No puede dejar de advertirse que en un intento de mantener unida a la URSS con ciertas reformas, estaba pendiente de firmar -precisamente al día siguiente del golpe- un nuevo Tratado de la Unión.

La intentona se fue deshinchando y Gorbachov volvería tres días después a «un país que ya no era el mismo», según declararía en Moscú. Su regreso no se produjo en el avión presidencial (utilizado por los golpistas en un último vuelo a Crimea) sino en uno enviado por Rusia. Gorbachov dejaba de ser prisionero de los golpistas pero se convertía en rehén político del hombre que abortó el golpe, Yeltsin.

El presidente de la URSS reconocería sus errores pero frente a la firmeza del nuevo líder, él, que había sido víctima de los sectores más ortodoxos, se opuso a las medidas de prohibición del Partido Comunista, confiscación de los bienes y depuración de los actores más inmovilistas. El mundo había cambiado vertiginosamente. Él ya empezaba a ser historia. El golpe de Estado contra él no tuvo éxito pero arrastraría a su víctima. Además, se produjo algo inaudito: el golpe fracasó pero el resultado es que el propio Estado se acabaría desintegrando. El que había sido el mayor imperio del siglo XX se desmoronó en cuatro meses. El 25 de diciembre de 1991 se firmó el acta de defunción.

Boris Yeltsin, como heredero de Rusia, intentó impulsar medidas reformistas pero el país vivía instalado en el caos y el desorden, con una economía muy débil, con desabastecimiento de bienes, una altísima inflación y en suspensión de pagos. Los intentos liberalizadores chocaban con los recelos de los sectores comunistas todavía instalados en el Parlamento. El desgobierno era grande y el día 31 de diciembre de 1999, Yeltsin convocaría inesperadamente una rueda de prensa para anunciar que dimitía y designaba su sucesor en Vladimir Putin, promovido meses antes como primer ministro.

Putin aprendió bien de los errores de sus antecesores. Supo recuperar la nostalgia del orgullo perdido. Un pueblo que había sido una potencia y se sentía humillado. Para ello, recuperó incluso símbolos del pasado soviético cercano. Y, sobre todo, ofreció seguridades, algo que los ciudadanos soviéticos tenían antes (no pagaban calefacción o gas y todo estaba ordenado) y que empezaron a perder con Gorbachov y Yeltsin. A ello hay que unir una prosperidad económica notable por el precio de los crudos y una inteligente política de alianzas y enfrentamientos energéticos, sustituyéndose el poder ideológico por el poder económico.

Junto a ellos, en las sombras actuales está el adormecimiento de la sociedad civil, la generalización de la corrupción, la limitación de libertades y el funcionamiento de la vertical del poder donde numerosos cargos territoriales, judiciales… dependen del ejecutivo. Los rusos, poco acostumbrados a la libertad (antes del represor sistema soviético vivían en la dictadura feudal del zarismo), prefieren sacrificar libertades que para los occidentales son básicas en aras a conseguir seguridades y orden.

En diciembre habrá elecciones para la Duma y en marzo las esperadas presidenciales donde aún algunos mantienen la duda sobre si el candidato será el actual Medvedev o Putin. Este ha mantenido, como primer ministro, gran poder pero ¿por qué no recuperar todo? Mientras un país emergente como Rusia mira más hacia Asia que hacia Europa, nos encontramos, 20 años después, que junto a la recuperación de la madre Rusia, otros de los 14 estados surgidos viven suertes diferentes, con democracias consolidadas como las bálticas, a situaciones de estancamiento (las cinco repúblicas de Asia Central) o incluso regresión (Bielorrusia), o turbulencias como las de Ucrania que representó una decepcionante revolución naranja que se quedó pronto sin vitaminas.

Dos décadas después, Europa, en una gran crisis económica y de valores, contempla cómo algunos de los estados ex soviéticos surgidos hace 20 años (como Kazajistán y Azerbaiyán), mantienen regímenes insuficientemente democráticos pero con economías potentísimas al máximo nivel en el mundo. Paradojas.

Jesús López-Medel, abogado del Estado y autor de Gorbachov, Ocaso y Caída del Imperio Rojo (Ed. Estudio, 2011) , junto a Rafael Mañueco y con prólogo de Mijaíl Gorbachov.

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