Arrimadas, Ayuso, Casado: cómo arreglarlo

Tenía razón la siempre espontánea Begoña Villacís, el jueves, al dirigir a Pablo Casado una de sus generosas sonrisas, deslizando entre dientes, un inequívoco: “Nos habéis jodido”. Se refería a la disolución de la Asamblea de Madrid. Así escanciaban las damas florentinas sus más corrosivos venenos.

Pero si el líder del PP no fuera un muchacho formal de los que no dicen palabrotas, es obvio que le habría contestado, también con motivo: “Vosotros sí que nos estáis jodiendo en Murcia”.

Y, claro, Villacís, no se habría quedado callada, armando fundadamente la contrarréplica: “Antes nos jodisteis vosotros en Cataluña, fichando a Lorena Roldán, después de negaros a ir en coalición”.

A lo que Casado habría repuesto: “Donde de verdad nos quedamos jodidos es en el País Vasco, cuando al ir juntos perdimos tres escaños y os dimos dos a vosotros”.

Arrimadas, Ayuso, Casado: cómo arreglarloSin embargo, Villacís, buena es ella, aún habría tenido una antepenúltima palabra: “Mira… para jodidos nosotros en Galicia, cuando Feijóo no nos quiso meter ni en el puesto 42 de la lista”.

El toma y daca podría haberse extendido retrospectivamente hasta el infinito, incluyendo por supuesto el momento en que Rivera quiso joder al PP aprovechando el cambio de liderazgo para intentar el sorpasso y el momento en que Rajoy intentó joder a Ciudadanos, al incumplir todos sus compromisos de investidura en materia de regeneración.

Pero el círculo se habría cerrado al día siguiente cuando, tras la nueva voltereta en Murcia, el jodido en la región vuelve a ser Ciudadanos, que denuncia el transfuguismo, tras haberlo promovido, e intenta a la desesperada joder al PP, recurriendo in extremis nada menos que a tres tránsfugas de Vox.

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Los reduccionistas, obtusamente miopes o fanáticamente parciales, analizan por separado cada uno de estos episodios. Aunque parezca pretencioso recurrir a uno de los conceptos retóricos en boga, sólo una interpretación holística de esa larga cadena de acontecimientos permitirá entender su sentido profundo y extraer consecuencias constructivas.

Ya lo dijo Aristóteles hace veinticinco siglos, cuando no se habían inventado las circunscripciones electorales ni la regla D’Hondt: “El todo es más que la suma de las partes”. ¿Pero cuáles son los límites de ese todo? ¿Cómo acotamos la mirada para que pueda existir razonamiento lógico y conocimiento científico?

Es inevitable que esa visión sea subjetiva y, por supuesto, ideológica. Hegel atribuía al Estado la condición de “super persona” y yo llevo toda mi vida periodística identificando al centro derecha liberal como un espacio diferenciado tanto del conservadurismo como del socialismo; y como un proyecto en obligada confrontación tanto con la ultraderecha como con la extrema izquierda.

Quien avisa no es traidor. Esta es mi perspectiva: la reivindicación de la “super persona” centrista. España necesita al mismo tiempo una alternativa al actual gobierno de Sánchez, que no se contamine con el populismo de Vox y un sistema de pactos que neutralice la influencia que sobre el PSOE ejercen tanto el populismo de Podemos como el populismo de los separatistas.

Para ello es imprescindible reconstruir la relación entre las cúpulas del PP y lo que quede de Ciudadanos y hacerles comprender, a unos y otros, que deben restablecer su entente cordiale para actuar juntos, aunque no revueltos.

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Ante todo, desdramaticemos. No hace falta haber visto Borgen para percatarse de que nada de lo ocurrido esta semana se aparta de las prácticas y usos habituales del pluripartidismo. Otra cosa es su ejecución en clave de “versión poligonera de House of Cards”, como bien ha dicho el vicepresidente de Castilla y León, Francisco Igea.

Un cambio de alianza, a través de una moción de censura en una comunidad autónoma, no es una afrenta insoportable como vino a denunciar, tocado en el terruño, García Egea. Tampoco la convocatoria de elecciones anticipadas en otra comunidad merecía las pueriles descalificaciones que Aguado ha dedicado a Isabel Díaz Ayuso.

En ambos casos estamos ante mecanismos constitucionales intrínsecamente democráticos. Tanto en la política como en el mundo empresarial, las mayorías pueden mutar mediante un golpe de mano o un bandazo súbito, sin que por ello se hunda el universo. Fíjense con qué elegancia se produjo hace poco el cambio en el bloque de control de uno de nuestros principales grupos de comunicación.

El problema estriba en el torpe diseño y peor ejecución que ha convertido el viaje del vicesecretario de Ciudadanos, Carlos Cuadrado, a Murcia en el más notorio tiro en el pie que recuerdan nuestros anales.

Estoy convencido de que Inés Arrimadas pretendía restringir su viraje político a esa región. Las vejaciones sin cuento que viene sufriendo por parte de los palmeros mediáticos de Vox en los últimos días, presentándola como vendida al sanchismo, son falaces, amén de infames. Pero es evidente que ha cometido un garrafal error de cálculo.

¿Qué pasa en la cúpula de Ciudadanos para que personas tan inteligentes metan la pata tan reiteradamente cuando se trata de tomar decisiones estratégicas? A lo mejor desde Murcia se ven las cosas de manera diferente, pero ni las trampas en las vacunaciones de altos cargos, ni las difusas acusaciones de corrupción esgrimidas contra el gobierno de López Miras, generaban una situación límite como para desestabilizar el conjunto del tablero.

Si Arrimadas hubiera estado mejor rodeada, se habría dado cuenta de que lo que le proponía su asesor áulico -perdón por la broma fácil- era un círculo cuadrado. Era imposible que el seísmo de Murcia no tuviera una réplica morrocotuda en Madrid.

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¿Cuándo ha sido la última vez que Arrimadas ha hablado con Ayuso? Si lo hubiera hecho recientemente, se habría dado cuenta de que lo que le preocupaba a la presidenta de Madrid no era que su mala relación crónica con el vicepresidente Aguado pudiera desembocar en una operación como la de Murcia, sino el riesgo latente en la aritmética de la asamblea ahora disuelta.

El propio martes al mediodía, cuando nada se sabía de lo que iba a ocurrir a la mañana siguiente en Murcia, Ayuso se lo explicaba, en el reservado de Lhardy, sentada entre el retrato de “Paco Natillas” y la foto dedicada de “La Chata”, a dos viejos amigos con muchos tiros a la espalda.

Algunos parecen haber olvidado lo agónico del escrutinio de 2019 en Madrid. Si la izquierda sumaba 64 escaños y la mayoría absoluta son 67, nada tan lógico como temer que, en un escenario de convulsión en Ciudadanos, tres de sus 26 diputados pudieran pasarse al Grupo Mixto y secundar una moción de censura que hubiera tumbado al gobierno de centro derecha, desbaratando la prosperidad de aldea gala de Madrid.

Ayuso no disolvió ni porque se lo pidiera Vox, ni porque recelara de Aguado, sino por miedo a un tamayazo inverso, es decir a la compra, con una u otra moneda, de un pequeño puñado de diputados que, ante el riesgo cierto de no volver a serlo, prefirieran darle la vuelta a la tortilla, rompiendo con Ciudadanos. Si el PP acaba de captar a tres de los seis diputados naranjas en Murcia, el peligro de que el PSOE hubiera pescado a otros tantos entre los 26 de la Asamblea de Madrid era ocho veces mayor.

Lo peor de la conducta de Aguado y su equipo no fue su furiosa acometida contra Ayuso, sino su patético respaldo a la maniobra fulera de la izquierda, presentando mociones de censura, cuando ya se había anunciado la disolución de la Cámara. El propio Gabilondo reconoció, en unas declaraciones recogidas por TVE, que se trataba de una “reacción” al movimiento de Ayuso.

Si la convocatoria electoral sólo dependiera de la publicación en el Boletín, todo derivaría en un infantil juego del escondite en torno a su edición electrónica, que desvirtuaría la capacidad de iniciativa que el Estatuto de Madrid otorga a quien preside su gobierno. Es inconcebible que un partido como Ciudadanos, paladín del juego limpio, se haya prestado a semejante trapacería.

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La suma del resbalón en el área en Murcia y el fuera de juego en Madrid no puede dejar de tener consecuencias. Si Arrimadas quiere mantener su liderazgo y salvar a su partido no le queda otra que sacrificar a sus atolondrados arietes, reforzar su Ejecutiva, comprometerse a introducir mecanismos reales de democracia interna y diseñar una estrategia de supervivencia que necesariamente implica buscar un nuevo candidato para Madrid.

Ignacio Aguado es mucho mejor que la caricatura que la ultraderecha hace de él, pero esta traca final de su áspera confrontación con Ayuso contaminaría la campaña y supondría una grave dificultad añadida, si hubiera que reeditar los pactos entre un PP recrecido y un Ciudadanos que lograra salvar los muebles.

Ayuso va a salir a por la mayoría absoluta. Pero, aunque su liderazgo no deja de crecer en consistencia y transversalidad -quienes desde la izquierda se la toman a broma, me recuerdan a los que siguen minusvalorando a Sánchez- y pueda generar una dinámica de voto útil de imprevisible dimensión, la presencia de Vox hará casi imposible que llegue por sí sola ese objetivo.

Sobre Madrid penderán entonces dos calamidades. Una muy grande que se cebaría en los madrileños: que un tripartito de izquierdas, con el PSOE, Podemos y el partido de Errejón conquiste la Puerta del Sol. Y otra, aún peor para el conjunto de los españoles: que Ayuso sólo pudiera mantenerse dando entrada a Vox en su ejecutivo y destruyendo así, de rebote involuntario, la credibilidad centrista de Casado y su proyecto.

No me cabe duda de que este segundo escenario es el preferido por Sánchez y por eso ha mantenido a Gabilondo como candidato, en vez de buscar a alguien con mayor carisma electoral. Pero es obvio que tampoco dejaría de descorchar botellas si se apoderara del principal feudo de la derecha. Lo único que impediría que la Moncloa se alzara con el santo o con una suculenta limosna, sería un pacto renovado entre un PP fuerte y un Ciudadanos capaz de franquear el listón del 5% en la Comunidad.

Ese es el primer match ball que debe superar Arrimadas en el escenario de muerte súbita en el que prematuramente le han encerrado sus errores. Seguro que al enterarse de la deserción de la mitad de su grupo en Murcia, pensó en el pasaje de la Biblia que inspiró la película Magnolia y hoy recrea en su ilustración Javier Muñoz: “Cuando parece que ya no puede pasar nada más, llueven ranas”. Pero la cuestión de Murcia se ha convertido en algo secundario, en relación a lo que ocurra en Madrid, y todo buen centrista tiene que tener siempre a mano un paraguas de repuesto.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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